CÓMO FUE LA REVOLUCIÓN MEXICANA (PRIMERA PARTE)

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Agotado por sí mismo y ya sin el visto bueno de los Estados Unidos, termina el Porfiriato [1]. Más por el exilio de su líder que por la superación de sus vicios. El ideal maderista y la revolución de 1910, fueron los factores internos que provocaron el fin de esta dictadura. Sin embargo, por su paso apresurado e improvisado desde el punto de vista filosófico; al final dejan sin realizar el cambio radical esperado para bien de la vida nacional y se logra sólo una acción reformadora, necesaria en el aspecto jurídico y una efímera participación democrática de los mexicanos, pero a un enorme costo social y humano.

El lema del Plan de San Luis postulado por el movimiento maderista fue: “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Lema que al término de la revolución se usaba, sin sentido alguno en toda la correspondencia oficial y que, por otro lado, entrañaba una contradicción, porque si el sufragio fuera realmente efectivo, luego entonces ¿por qué la no reelección? Durante mucho tiempo esta divisa [2] sólo se logró por derecho en cuanto a la no reelección, toda vez que en la práctica y de hecho nunca respondió al espíritu de la ley. Si bien es cierto que legalmente estaba impedida la reelección de las personas, esto no impidió que un mismo grupo, un mismo partido, cambiando sólo de nombre y sistemáticamente de personas haya sido el que se perpetuase en el poder ejecutivo federal hasta llegar a constituir lo que Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta” precisamente por ser nulo el sufragio efectivo que ellos prometieron. En cierta forma y de hecho la dictadura continuó, convertida ahora en un verdadero neoporfirismo.

La misma actitud tímida y medrosa que se dio en la época de la Independencia, al plantear la posibilidad de que gobernara en México alguien de la casa de Fernando VII, o él mismo, cuando se luchaba en contra de la Corona española,. Ahora se volvía a dar; Francisco I. Madero, en su libro “La sucesión presidencial de 1910”, sugiere que podría continuar gobernando don Porfirio y que sólo se eligiera al Vicepresidente. Actitud ingenua esta, que presagiaba ya las consecuencias que al final se dieron. Al igual que en el inicio del movimiento insurgente de independencia, en la revolución maderista los hechos de guerra exitosos se sucedieron si no con facilidad, sí con relativa rapidez. En escasos 6 meses ya se había logrado la renuncia del dictador. Indudablemente la participación de líderes guerreros como Pascual Orozco, Francisco Villa en el norte, y Emiliano Zapata en el sur, animados por un ímpetu reivindicatorio más que de cambio social, fueron el factor decisivo. Sin embargo lo fue también la acción del gobierno de los EU., financiando y apoyando la rebelión; dándole la espalda al dictador, quien ya no era una “garantía” para sus muy particulares intereses y por lo tanto ya no les servía.

Al triunfo de la causa, Madero fue demasiado clemente y magnánimo con el enemigo, y exageradamente escrupuloso en cuanto a la legalidad de los actos. No se daba cuenta, o no quiso comprender que él mismo había iniciado un proceso revolucionario que debería llevar a cambios radicales, y que él podía y debía fijar las condiciones, las nuevas reglas. Llegó al grado de “dejar al lobo a cargo del rebaño” al permitir que un porfirista recalcitrante se hiciera cargo, en forma interina, de la Presidencia de la República, cuando aceptó que; habiendo renunciado el presidente Porfirio Díaz, “por ministerio de ley le correspondía el cargo al Secretario de Relaciones Exteriores” un porfirista recalcitrante. Y no quiso hacer uso del derecho que le daba el haber ganado la revolución y “tener la sartén por el mango”. En esas condiciones, de acuerdo a lo aceptado en el tratado de C. Juárez, Francisco León de la Barra, quien tenía como uno de sus lugartenientes a Victoriano Huerta, asume la primera magistratura de la Nación con todas las prerrogativas que el cargo implicaba y únicamente con las limitaciones del interinato para convocar a elecciones democráticas, por primera vez en muchos años.

Madero acepta, en forma inexplicable, que; quienes él había derrotado tengan ahora el control del poder y del ejército. Y a sus generales que lo habían llevado al triunfo de la causa; les ordena desarticular, licenciar y despachar a su casa a las fuerzas revolucionarias vencedoras. La sorpresa y descontento fueron mayúsculos, ya no tanto de los jefes revolucionarios que se sentían traicionados, sino del pueblo en general que creía haber derrotado a su opresor y ahora lo veía de nuevo en el poder con nuevos bríos. Madero, con estas acciones aberrantes, le confiaba la seguridad nacional y la suya propia, nada menos que al ejército federal que había derrotado. ¡Algo letal e increíble!

El 7 de Junio de 1911, Francisco I Madero hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México. En ese mismo año se realizaron las elecciones, resultando electo él como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Ni pudo, ni quiso consolidar un gobierno fuerte y absolutamente leal, como le aconsejaban sus colaboradores más cercanos y preclaros, como su propio hermano Gustavo Madero, Luís Cabrera y Serapio Rendón. No es posible hacer gran cosa, ni mucho menos realizar los cambios estructurales necesarios, sí cuando se gana el poder se mantiene intacto el aparato burocrático viciado y corrupto y, aún más, se conservan a los pillos y asesinos que lo han manejado. Y por un acto de fe, de confianza exagerada, por no decir de estúpida ingenuidad, atendiendo a una justicia que nadie reclamaba; se les confiere el poder, el mando, y se les vuelve a dar autoridad a los vencidos. Esto naturalmente resulta suicida. El trabajo de León de la Barra fue de sabotaje, centrando su acción no solo en el distanciamiento de Zapata y Madero, sino tratando de provocar su enfrentamiento, utilizando a Victoriano Huerta y al general Blanquet con tal efectividad que a escasos 20 días de haber asumido Madero la Presidencia, Zapata, apoyado intelectualmente por Antonio Díaz Soto y Gama, proclama el Plan de Ayala. Éste establece que se levantaran en armas contra el “supremo gobierno” y solo las dejaran cuando los pueblos despojados, recuperen sus tierras (lo cual nunca se dio).

El resto de los grupos revolucionarios que vieron licenciadas sus tropas y se sentían traicionados, marginados, también mantenían latente el descontento y la sensación de haber fracasado porque “una revolución que transa, sin imponer sus condiciones; es una revolución que pierde”. Algunos de ellos, como Pascual Orozco, se sublevaron en el norte, además porque no les pareció suficiente el botín logrado por su “sacrificio”. Incluso los del bando contrario, como Bernardo Reyes, también se levantó en Nuevo León porque sentía ser “el verdadero heredero de don Porfirio, quien contaba con amplia experiencia como gobernante y no como los nuevos que acababan de llegar y eran unos improvisados”. También Félix Díaz se levantó en Veracruz. Aunque ambos fueron momentáneamente dominados y apresados. Bernardo Reyes acabaría acribillado en el zocalo.

Toda esta efervescencia y malestar aparente en contra de Madero, era aprovechado por quienes habían venido socavando la solidez del nuevo régimen, como los hacendados, los ricos empresarios ligados a la explotación petrolera y los militares porfiristas apoyados y orquestados por el embajador de los EE. UU., Henry Lane Wilson, quien consideraba inconveniente las reformas que pretendía Madero sobre la explotación petrolera para los intereses de las compañías estadounidenses. Todos estos conspiradores se veían ampliamente ayudados por la misma actitud del Presidente, que no alcanzaba a vislumbrar la realidad nacional. Ésta estaba plagada de verdaderos peligros a tal grado que era comparable al tránsito del presidente por un campo minado, teniendo por guía, mal intencionado, a quien plantó los explosivos.

Sin preocuparse por consolidar su posición y terminar el proceso del movimiento militar que lo llevó al triunfo, Madero inició su tarea más grata y la que más ocupaba su tiempo y atención; las reformas que él como Presidente de México se había propuesto realizar en varios de los campos de la vida nacional, en donde muchas de ellas acababan con las prebendas y privilegios de los diferentes grupos económicos, la oligarquía de siempre, que asociada con el poder político se habían convertido a lo largo de las diferentes épocas, en los dueños en turno del país. Sin embargo, estas reformas también eran la principal causa para desear su eliminación por parte de los intereses ilegítimos de nacionales y extranjeros.

Durante el proceso revolucionario, el gobierno de los Estados Unidos, influido por sus grupos financieros, siempre ha jugado sus cartas, apoyando interesadamente a los diferentes grupos que en otros países buscan el poder, porque sacan un jugoso partido cuando estos lo logran, al vender tanto el reconocimiento internacional necesario como el apoyo económico y además cobran gastos por “daños y perjuicios” ocasionados a los intereses de ciudadanos estadounidenses por la guerra interna; de esta manera sacaban un provecho enorme de la situación. Sin embargo desde la caída del dictador y ahora con el actuar del nuevo gobierno, lo que pretendían era provocar nada menos que un golpe de Estado. En este caso, lamentablemente, los EU., mediante su perverso embajador Henry Lane Wilson; llegaron al extremo de promover y apoyar; no solo la usurpación de Victoriano Huerta, a quien después, viendo las consecuencias resultantes, abandonarían a su suerte, sino también el asesinato de Madero y Pino Suarez.

El caso de Madero y la intervención injusta y vil del embajador de los EU., con las fuerzas más oscuras de la política en ese tiempo, encabezadas por Victoriano Huerta, para urdir y ejecutar en 1913 el asesinato del Presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suárez, dos hombres de Estado que por primera vez en 35 años, habían sido electos democráticamente por su pueblo; son un ejemplo y un precedente digno de análisis, para que no se permita su repetición. Estos hechos son prueba de cómo una clase identificada por intereses económicos y políticos de gran corrupción, con una actitud servil hacia los EU., y el representante de un país extranjero, con falta absoluta al debido respeto y a la dignidad de una nación, mediante prepotencia y desprecio, excede sus funciones; causando un daño irreparable a la nación mexicana. Lo cual resulta paradójico y contradictorio, sobre todo viniendo de un país que siempre se ha proclamado como el abanderado de la democracia.

Como en la etapa de independencia, lo que pudo haber sido relativamente breve, también aquí en la etapa revolucionaria, no sólo se prolongaría por un período de más de 10 años, con un enorme costo social y económico, sino que también se viciaron los principios y se contaminaron los intereses legítimos, con los intereses corruptos. Los verdaderos líderes e ideólogos honestos se vieron nulificados por los oportunistas y mercachifles de la política, que aprovecharon el proceso sociopolítico como una gran oportunidad de hacer fortuna sin importar la pérdida de vidas y el dolor del pueblo.

A la revolución el pueblo mexicano le llamó también “la bola”, nombre que en México semánticamente significa gran acumulación. La bola de intereses mezclados, la bola de participantes con sus distintas motivaciones; la bola de ideas y estandartes, madeja en la cual se enreda todo; como los postulados de los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, para un cambio radical hacia el socialismo, que se mezclaron con desventaja, con la actitud conservadora y reformista de los llamados revolucionarios, quedando al final todo revuelto dentro de una gran bola de polvo que difumina y hace confusas las siluetas, extraviándolo todo, confundiéndolo todo. Una bola que castigó a muchos inocentes, personas inermes que ni la debían pero sí la temían. Una bola que en pos de la justicia cometió grandes injusticias, que acabó con muchas fuentes de trabajo y de riqueza, que propició el despojo del más débil, que dejó impunes a muchos criminales y saqueadores. Una bola que repartió las tierras para volver a acumularlas en los generales “victoriosos” que reclamaban su botín; una bola que convirtió a saqueadores y asesinos en generales próceres de la patria. Y como en las fundiciones; hizo que la escoria subiera a las capas superiores. Pero que en cierta forma era necesaria para romper la inercia de tanta injusticia y que, al igual que en las fundiciones, también preserva o pretende preservar lo mejor que yace dentro; en las entrañas de México.

La parodia de la presidencia de Victoriano Huerta y de su pelele Pedro Lascuráin Paredes, (presidente sólo por minutos), protegidos de Henry Lane Wilson, se topó en duro con la dignidad nacional. Algunos de los gobernadores de los Estados, convocados por el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, formaron mediante el plan de Guadalupe; el Ejército Constitucionalista y continuaron, otra vez, la lucha armada. Ésta habría de terminar con la caída del usurpador.

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Digna de mención y reconocimiento fue la valiente intervención del doctor Belisario Domínguez, político chiapaneco de gran valor e integridad, que llegó al Senado como Senador suplente a la muerte del titular. Este personaje excepcional actúo como un verdadero tribuno, como un verdadero Senador de la República, como hasta ahora no hemos conocido a ninguno; que a la hora de la verdad y en representación de los chiapanecos y de todo el pueblo de México se enfrentó al usurpador, casi solo, costándole la vida, no sin antes haber sido vejado y torturado.

A la lucha continua se incorporaron nuevos actores, como los sonorenses Álvaro Obregón, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles, también gente de Coahuila que venía con Venustiano Carranza, como Eulalio Gutiérrez, y de varios estados de la República, como el artillero Felipe Ángeles, Roque González Garza y otros ya conocidos como Francisco Villa, Pablo González y Emiliano Zapata en el sur, este último nunca reconoció a Carranza, lo que terminó costándole la vida. Y muchos otros de todo tipo que se iban sumando al proceso, desde los bien intencionados por la causa, hasta, por supuesto, los que utilizaban la causa para su propia causa. De inmediato se crearon diferentes facciones, que en cierta forma constituían verdaderos frentes de batalla. El principal estaba encabezado por el jefe del ejército constitucionalista, don Venustiano Carranza. A quien, en principio los otros apoyaban. Otra facción estaba liderada por el jefe de la división del norte, Francisco Villa. Álvaro Obregón tenía la suya propia en el noroccidente. En el sur estaba a la cabeza Emiliano Zapata. Y en el nororiente, Pablo González.

Al principio participaron activamente algunos intelectuales que trataban de darle orientación, finalidad y congruencia a la lucha armada, tales como; Luis Cabrera, Antonio Villarreal, Juan Sarabia, José Vasconcelos y Antonio Díaz Soto y Gama, entre otros. Ricardo Flores Magón había emigrado hacia los EU., en donde murió más tarde encarcelado, su delito había sido promover internacionalmente el socialismo anarquista, el cual filosóficamente no era entendido entonces ni lo es ahora.

Durante una de las batallas más importantes; la toma de Zacatecas, las fuerzas constitucionalistas estaban perdiendo terreno y hubieran perdido esa batalla, si Francisco Villa, desobedeciendo órdenes del primer jefe constitucionalista, no hubiera dejado Torreón para llegar muy oportunamente con la División del Norte, con gran determinación e intuición a reforzar al general Pánfilo Natera, para la toma de los cerros del Grillo y de la Bufa. Así, y aquí, fue como se ganó la batalla que marcaría la derrota definitiva contra Victoriano Huerta. En estas condiciones, después de la firma de los Tratados de Teoloyucan, el 20 de agosto de 1914, hizo su entrada triunfal a la ciudad de México don Venustiano Carranza al frente del Ejército Constitucionalista y, de acuerdo al Plan de Guadalupe asume la Presidencia de la República. En 1914 al pretender Carranza ser ratificado como Presidente interino, es rechazado por las facciones de zapatistas y villistas, que pedían que el nuevo presidente fuera electo democráticamente en una convención de las fuerzas revolucionarias, para que no volviera a pasar lo mismo que con Madero; Carranza acepta que esa convención se lleve a cabo en Aguascalientes. Sin embargo se le “va de las manos” y la misma Convención de Aguascalientes, el 10 de octubre de ese mismo año desconoce a Carranza como Presidente y nombra a Eulalio Gutiérrez. Posteriormente, la misma Convención, dando bandazos de un lado para otro, desconoce a Eulalio Gutiérrez y nombra en su lugar a Roque González Garza como Presidente de la República, a quien más adelante substituye Francisco Lagos Cházaro, personaje poco conocido. Mientras tanto las diferentes facciones pelean unas contra otras, y la facción de la convención de Aguascalientes mantiene en su poder a la capital de la República.

A principios de 1915 Venustiano Carranza, que se había trasladado a Veracruz, nombra al general Álvaro Obregón jefe de los ejércitos constitucionalistas, y en menos de un mes toman la Ciudad de México. Acto seguido, combate y derrota a la facción villista que estaba en el centro de la República. Esto, aunado a que el 19 de octubre de ese año los Estados Unidos y gran parte de los gobiernos de América, convocados por ellos; reconocen como legítimo al gobierno de Venustiano Carranza; tiene como consecuencia que “las aguas se asienten y tomen otra vez su cauce”. Lo cual permite que más tarde en septiembre de 1916, se convoque a un Congreso Constituyente para elaborar la nueva Constitución.

Cuando Francisco Villa se entera del reconocimiento de los EU. al gobierno de Carranza, reacciona enfurecido y de inmediato manda fusilar a 5 inocentes ciudadanos norteamericanos que hacían el viaje por ferrocarril de Chihuahua a Ciudad Juárez, no pierde oportunidad de vengarse con gente inocente y finalmente llega al extremo de cometer un acto descabellado, injusto y bárbaro al llevar a cabo un ataque en los EU., en contra de la inerme población de Columbus, situada en la frontera, asesinando y saqueando por doquier, lo que motivó la expedición punitiva del ejército estadounidense a cargo del general Pershing, quien penetró a territorio mexicano (con una muy discutible autorización del gobierno de Carranza) en busca de Villa, sin poder encontrarlo.

Como estaba decidido, se convoca a un Congreso Constituyente que se integró con representantes de todos los Estados de la República y del Distrito Federal; de acuerdo a su población se asignaron un diputado y un suplente por cada 60,000 habitantes o fracción que pasara de 20,000. Éstos ideológicamente resultaron tanto de ideas conservadoras, de derecha, como de ideas progresistas o de izquierda y en la integración de las comisiones, prevalecieron los de ideas progresistas. Sin embargo, se dieron cuenta que el proyecto enviado por Carranza era una mera modificación, solo en la forma, de la Constitución de 1857, lo que era una evidencia más de que en lugar de una revolución para un cambio radical, lo que se estaba dando era sólo una lucha por el poder. Debido a esto, las comisiones tuvieron que revisar el proyecto a fondo y modificarlo responsablemente; tratando de plasmar en la nueva Constitución los principios y bases jurídicas fundamentales que verdaderamente respondieran a las causas que habían motivado el movimiento social y la lucha armada del pueblo.

Intelectuales y políticos de toda la República participaron con sus ideas en la conformación de una nueva Constitución, con el objeto de establecer reformas jurídicas que propiciaran verdaderas reivindicaciones de las injusticias que habían prevalecido en la vida nacional, afectando el desarrollo equilibrado del pueblo de México. En estas condiciones, se puso especial énfasis en el tema agrario y de la propiedad por medio del artículo 27, en el tema del trabajo a través del artículo 123, y el tema de la soberanía nacional popular quedó consagrado en el artículo 39 de la nueva Constitución. En el artículo 3º establecieron la obligación del Estado para proporcionar educación laica y gratuita. Así mismo se logró la inclusión del importante tema sobre las garantías individuales. Por otro lado, se subsanaba el error de la primacía del poder legislativo sobre los otros y se respetarían las reformas constitucionales de Lerdo de Tejada, con la inclusión otra vez del Senado como cámara alta con representantes de los Estados de la República. Se fortaleció al ejecutivo con un presidencialismo positivo, si se daba la verdadera autonomía, mediante la división de poderes, el respeto y equilibrio entre los mismos.

En esta forma, la movilización de la sociedad civil con la participación popular y de los intelectuales patriotas, bien intencionados, fue lo que al final logró cambios substanciales. El segundo movimiento armado culminó con la Constitución de 1917, plasmando en instrumentos jurídicos algunos anhelos de libertad, justicia y democracia del pueblo de México. En este gran movimiento social se sacrificaron más de un millón de vidas en la guerra fratricida por un México mejor, pagando así, esperemos que para siempre, una cuota muy alta de sangre. Sin embargo, los mejores ideales revolucionarios continuarían siendo letra muerta aunque el derecho los preservara, o incluso traicionados en los hechos por el mismo grupo emanado de la lucha armada que se autoproclamaría como “Revolucionario”.

Un ejemplo inmediato de la traición del autoproclamado gobierno revolucionario en los hechos, fue la ingratitud y falta de lealtad tenida con sus auténticos lideres y con el movimiento agrario encabezado por Zapata, que llevaba como lema “Tierra y Libertad”; el reclamo era que se restituyera el despojo que habían sufrido las comunidades de campesinos desde las encomiendas y durante el Porfiriato mediante el gran fraude de las compañías deslindadoras. Emiliano Zapata, tal vez el caudillo más auténtico de la Revolución Mexicana, termina víctima de su propia intolerancia y del mismo grupo revolucionario hecho gobierno, que respondía más que a los intereses del pueblo, a los intereses de los terratenientes. Por lo que lo engañan y lo asesinan con saña y cobardía.

La Revolución Bolchevique de octubre de 1917 contra la Rusia Zarista, coincidente con el año de la promulgación de la Constitución mexicana, tuvo cierta influencia e inspiración ideológica en algunos grupos de políticos e intelectuales mexicanos, preocupados por la explotación del hombre por el hombre y por considerar obsoleto e injusto el sistema político de la monarquía. La Primera Guerra Mundial en 1914, y principalmente la Segunda, en 1941 cambiaron para mal al mundo y alinearon a México por razones obvias con los Estados Unidos y sus aliados.

Al final de su mandato, Carranza cometió un error garrafal al querer imponer a su sucesor. Escogió para esto al Ing. Ignacio Bonillas, quien en ese entonces era el embajador de México en los Estados Unidos y casi un desconocido. Olvidó que la lucha del pueblo de México había sido precisamente por imposiciones políticas y arbitrarias como la que ahora pretendía hacer, pero además aumentó su error; al subestimar y pretender marginar del proceso al que era considerado héroe del triunfo armado de la Revolución, al general Álvaro Obregón, quien lo había apoyado y llevado al poder. Seguramente las intenciones de Carranza eran buenas porque durante la revolución, pero sobre todo al final de esta, la corrupción del grupo “revolucionario” era escandalosa, principalmente entre los generales. Tal vez la acción se pudiera explicar, que no justificar, como un doble intento del Presidente por acabar con la corrupción y con la continuidad de estos generales, convertidos, la mayoría, en verdaderos acaparadores de poder riqueza y tierras, en forma injusta y arbitraria. Sin embargo, su intento de llevar a la Presidencia a un civil cuando todavía no era tiempo y al haberlo manejado con torpeza política, le costó la vida.

Al inicio de la década de 1920, “la familia” de Sonora ya estaba integrada: la encabezaba el héroe militar de la Revolución el general Álvaro Obregón Ministro de Guerra, Plutarco Elías Calles, y el propio Gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta. Además, este grupo ya había esbozado su plan para perpetuarse en el poder, ocupándolo alternativamente ellos mismos o por medio de interpósitas personas. Lo que hizo Carranza involuntariamente, fue darles el pretexto para quitarlo de en medio y consolidar su plan.

El 23 de abril de 1920, el grupo Sonora lanzó el plan de Agua Prieta, que desconocía al presidente Carranza y nombraba al C. Adolfo de la Huerta, jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista. El presidente Carranza, ante esta circunstancia, consideró que si continuaba en la Ciudad de México estaría en grave riesgo por el avance del ejercito comandado por Adolfo de la Huerta; por lo que decide salir de la capital y dirigirse a Veracruz. Sin embargo esto no le dio el resultado esperado, porque de inmediato fue seguido por el ejército obregonista. Y en la sierra de Puebla cercaron al Presidente y a las pocas tropas leales que le quedaban. Premeditadamente no le presentaron batalla de inmediato, pero ya habían decidido su asesinato. Éste ocurrió en la misma sierra de Puebla, en una triste cabaña desvencijada en el poblado de Tlaxcalantongo. Era una noche negra y helada, acentuada por la oscuridad del bosque, bajo una lluvia torrencial. Aprovechando la espesura de los arboles, cobardemente acribillaron la cabaña en donde se había refugiado el Presidente, con su gente de confianza. La operación estuvo a cargo de las tropas al mando del general Herrero, un mercenario que el grupo utilizaría más tarde en otras encomiendas.

Por supuesto, en el asesinato de Carranza, como en los asesinatos similares que el sistema sabe perpetrar cuando tiene que eliminar a alguien, “no se sabe” a ciencia cierta quiénes son los autores intelectuales y materiales, incluso en esta ocasión se pretendió que había sido un suicidio. Y en cierta forma puede ser que lo haya sido, pero de la misma manera que no se le puede llamar suicidio al asesinato de Salvador Allende perpetrado por Pinochet en Chile, tampoco a la muerte de Carranza en la sierra de Puebla. Aquí se inaugura el asesinato en la política como medida drástica y sistemática, tanto para deshacerse de los enemigos, como para mandar un claro mensaje a los demás (“cabestrean o se ahorcan”).

El primer presidente del grupo autodenominado revolucionario fue Álvaro Obregón, aunque en la forma se respetara la constitución de 1917, en los hechos se sacrificó la esencia, anulando el Estado de derecho. Se inició una dictadura de partido, estableciendo una democracia ficticia en donde siempre triunfaba el partido oficial. Y todo avalado para hacerlo “legal” por un congreso de pantomima como en el porfiriato. En un principio se realizaron relativas acciones positivas en el campo de la cultura y la infraestructura y como en tiempos de don Porfirio hubo progreso económico. Las acciones aviesas del grupo “revolucionario” en forma sistemática fueron creando un sistema político con reglas no escritas que les ha permitido conservarse en el poder por muchas décadas.

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Posteriormente el autoritarismo y abuso del poder para beneficiar a la oligarquía, a quien en realidad sirven; ha tenido como resultado un Estado secuestrado por su gobierno y una de las mas grandes desigualdades sociales en el mundo, con una migración constante y angustiada, en busca de esperanza y de un mejor destino.

Antonio Fuentes Flores

noviembre/2016

Análisis tomado de México y su Realidad.

 

 

 

[1] El Porfiriato se había enseñoreado del país desde 1877.

[2] Pienso que una vez que se logre plenamente el sufragio efectivo, la disposición legal de “la no reelección” deberá ser revisada para estudiar los casos en que pudiera ser derogada.

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