CÓMO FUE LA COLONIA EN MÉXICO

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La segunda gran etapa de la historia de México se prolongaría por 300 años, tiempo que duró el periodo novohispano. Esta etapa va de la aprehensión y cautiverio de Cuauhtémoc, en 1521, a 1821, año en el que se firma la independencia de México en el Tratado de Córdoba celebrado entre el representante de España, don Juan O’Donojù, y don Agustín de Iturbide[1].

Después de la caída de la gran Tenochtitlán, continuaría, con esfuerzo redoblado, el proceso de fusión cultural que ya se había comenzado a dar durante la Conquista. Todas las características positivas y negativas de ambas culturas se encuentran y empiezan a interactuar, asimilándose o rechazándose y mezclándose. Los triunfantes españoles no solamente imponen sus condiciones culturales, sino que, por prejuicios religiosos y torpeza de quienes tomaban las decisiones, en una combinación letal de ambas, destruyen gran parte de los vestigios de la cultura vencida, incluido todo el material documental, tanto teológico, como científico e histórico. Una constante del Estado confesional fue la destrucción de todos los vestigios religiosos y culturales de los vencidos o la suplantación de los mismos con elementos de su religión, impuestos por la alta jerarquía eclesiástica y por el poder político. En esta forma empiezan por la demolición de lo que quedaba de la gran Tenochtitlán y sobre todo de sus templos, los que consideraban “malditos”, pero no tanto como para despreciar sus materiales, que ahora les resultarían de gran utilidad económica para la construcción de la nueva ciudad.

Al tomar en cuenta la visión ambiciosa y materialista, impregnada de codicia que había demostrado el conquistador, no es difícil explicar que parte de la destrucción de la gran Tenochtitlán haya sido también motivada por la experiencia tenida al descubrir el tesoro de Axayácatl, tapiado en su palacio y que habían robado. En realidad tres fueron los motivos principales para demoler la ciudad: en primer lugar, y en forma preponderante, los prejuicios religiosos; había que acabar con la religión de los vencidos y su “idolatría”, esto incluía todo vestigio monumental incluso documental; segundo: indudablemente la codicia del conquistador, la cual había sido su principal motivación, ahora ocasionó la búsqueda de tesoros escondidos y de oportunistas acciones para apropiarse de la tierra, propiedades y derechos de los caídos; y tercero, ya que se había cometido tal desaguisado, aprovechar los escombros y materiales para la construcción de la nueva ciudad, la cual podrían iniciar casi desde cero, utilizando los basamentos de los antiguos edificios o sobre los restos templos mismos en calidad de escombro y sus piezas escultóricas, consideradas sagradas, a manera de elementos de base para la cimentación de los nuevos edificios, incluso para significar más el sometimiento a su religión, a la cual más que amarla la temían porque así habían sido educados.

Sin nada que les estorbara, Cortés decidió la “reconstrucción” de la Ciudad de la nueva ciudad de México en 1523, casi 200 años después de su fundación, conservando ahora solo la primer parte de su nombre. Ya no seguiría siendo México-Tenochtitlán, la gran Tenochtitlán, “ya no lo podría ser”. Ahora sería México, capital de la Nueva España, y como iba a ser su capital, por esta razón le dedicaron especial y particular interés para construirla con el más avanzado arte y técnica urbanística y arquitectónica en los estilos: Plateresco, Churriguera y Barroco, predominando este ultimo, incluyendo sistemas constructivos antisísmicos, los más avanzados de su época. Se acordó respetar únicamente la traza urbana original, pero poniendo énfasis que debería ser a partir del nivel de cero. Mereciendo especial atención la demolición de sus templos y adoratorios y tratando de desaparecer –en muchos casos de destruir— los ídolos o piezas escultóricas. Prueba de esto es que más de dos siglos después, la Piedra del Sol (el llamado calendario azteca), que mandó esculpir Axayácatl, fue encontrada en los cimientos de la Catedral Metropolitana. Así, gran parte de los nuevos edificios fueron construidos sobre los templos y palacios de la gran Tenochtitlán, por lo que quedaron sepultadas valiosas piezas escultóricas de la cultura mexica, aunque no se tratara de ídolos.

La mortandad de población durante el proceso guerrero de la conquista aumentó considerablemente sin distingos, entre guerreros y la población en general con las enfermedades como la viruela, lo que se agravó con el tifo, la tos ferina y el sarampion. Estas plagas diezmaron a los indígenas, cuyo sistema inmunológico no estaba preparado para resistirlas. Y lo seguirían haciendo por muchos años más. En 1930, Paul Rivet, antropólogo, autor de El origen del hombre americano, estimó que la población de indígenas americanos en 1492 (en todo el continente) era de aproximadamente 13 millones y, en 1650, ciento cincuenta y ocho años más tarde, apenas estaba otra vez llegando a los 10 millones.

Por otro lado, había que arraigar a los conquistadores premiándolos otorgándoles posesiones y poder en la tierra conquistada y también era necesario organizarse para el control y la explotación de la población indígena en actividades productivas y para recabar el impuesto correspondiente a su trabajo. Por ello se recurrió a las llamadas encomiendas, ya aceptadas por Fernando el católico desde que Colon empezara a comerciar con indígenas en calidad de esclavos. Las encomiendas resultaron un gran atractivo también para los nuevos colonos venidos de Castilla por el gran beneficio que significaba su trabajo casi gratuito. Esto significó un verdadero polo de atracción para que siguiera fluyendo a la Nueva España la gente necesaria de la peninsula para tal propósito, tanto para las funciones de gobierno como para las demás actividades económicas, principalmente las relacionadas con el comercio y la minería.

Para el sistema de encomiendas se utilizó la estructura existente de los señoríos, que había en extinto imperio mexica, los cuales fueron entregados a encomenderos. Sus principales, los señores mexicas, los pipiltin (jefes de cada señorío), fueron llamados caciques, porque el titulo de señor seria exclsivo para el encomendero, los pipiltin eran personas de reconocido liderazgo y cultura sobresaliente que serían ahora los encargados del control y explotación de sus antiguos vasallos, quedando todos por igual al servicio del encomendero. Por otro lado la encomienda, en teoría también tenia que ver con el adoctrinamiento religioso de los indígenas. Una cosa fue la teoría y los buenos y “piadosos” propósitos, con justificaciones hipócritas y mentirosas, como la pretensión de educar y convertir a la fe católica a los indígenas, y otra muy diferente la práctica despiadada correspondiente a sus verdaderas intenciones. Porque en realidad las encomiendas implicaron, cuando menos, dos problemas graves para la población indígena: primero, el despojo mediante la eliminación de la propiedad comunal que existía en los señoríos; aunque la posesión territorial no pasaba legalmente al encomendero, pues en un principio no estaba previsto así por considerársele poco importante, sin embargo las especulaciones, el tráfico de influencias, el tráfico comercial de indígenas en virtual condición de esclavos, trasladándolos a otros lugares y múltiples abusos de todo tipo, resultaron en el despojo de sus tierras abandonadas. Y segundo, siendo esto lo más grave; bajo la encomienda se condenaba de por vida a la población indígena a la esclavitud de hecho, ya que el derecho de ejercer la encomienda, primero en la práctica y después legalmente, fue heredado a los descendientes del encomendero durante muchas generaciones.

Por múltiples razones desde el control político, la necesidad recaudatoria de la Corona, la atracción de nuevos colonizadores y por supuesto la explotación económica de los indígenas; hizo que las encomiendas fueron aplicadas de inmediato. Primero se asignaron a los conquistadores los señoríos existentes antes de la Conquista, principalmente los inmediatos a los centros de población y de colonización más importantes. Esto se hizo en forma generalizada, avanzando posteriormente en forma escalonada, a medida que iban llegando nuevos demandantes. En lo que respecta a las encomiendas en los señoríos pendientes de asignar y a los grandes señoríos (verdaderos reinos), estos pasaron provisionalmente al control de la Corona. En el caso de estos últimos, hubo tratos directos entre la Corona y el señorío. Tal fue el ejemplo de Tlaxcala y los tlaxcaltecas, en donde incluso la Corona los siguió utilizando para la fundación de nuevos pueblos en el norte, como fue el caso de lo que después sería Saltillo, en Coahuila, y Bustamante, en Nuevo León.

En teoría, la encomienda era un derecho legal otorgado por el rey a sus súbditos en las colonias para recabar los tributos, trabajos y/o servicios que los súbditos indígenas estaban obligados a pagar al monarca. Esto deja en evidencia una clara actitud discriminatoria, tal vez inadvertida por la Corona, porque desde un principio se establecieron dos clases de súbditos: los castellanos, después llamados peninsulares y criollos y que gozaban de privilegios; y los indígenas, de quienes incluso, maliciosamente se llegó a poner en duda, su naturaleza humana, o cuando menos su capacidad de discernir y actuar como un ser humano adulto en pleno dominio de sí mismo y con suficiente capacidad para ejercer su libre albedrío; tal era la excusa ruin que esgrimían algunos de los dirigentes políticos y religiosos españoles para justificar la tesis de que había que “encomendarlos” y ponerlos bajo la tutela de los súbditos de primera clase o superiores (los españoles) “quienes si eran capaces y dignos de confianza”. Siguiendo con la teoría, el encomendero debería velar por los indígenas, protegerlos y asegurarse de su manutención y, en forma muy especial, vigilar su adoctrinamiento cristiano, esta última razón se utilizaría hipócritamente como la principal justificación y seria la que tendría más peso en descargo de esta barbaridad. Ya nos podemos imaginar aquellos conquistadores movidos más que nada por la codicia, muchos de ellos verdaderos ignorantes, sedientos de riqueza y, considerando lo que para ellos significaba la explotación de aquellos pueblos; preocupados ahora por “la educación y la formación espiritual de sus esclavos”. Con la venida de las órdenes mendicantes a la Nueva España, principalmente de franciscanos, dominicos y agustinos, se trató también de justificar las encomiendas con el propósito de extender la evangelización. Incluso se llegó a decir con una buena dosis de cinismo y embusteramente: que ésta había sido la razón principal de la Conquista.

Hubiera sido menos dañino que se les hubieran asignado tierras a los conquistadores, como era la costumbre romana, y no personas. En realidad, todo en las encomiendas al final resultó en una terrible farsa para encubrir una despiadada explotación esclavista, en la mayoría de los casos a la cual se opusieron muchos verdaderos religiosos. Ya en la navidad de 1511, mucho antes de la conquista de México, en Santo Domingo el dominico fray Antonio de Montesinos había pronunciado un discurso lapidario en contra de las encomiendas y los encomenderos que trataban a los indígenas como esclavos. Los encomenderos y autoridades cívico-religiosas de Santo Domingo se quejaron ante la corona, obteniendo el inmediato apoyo de Fernando el católico quien reprendió a la orden de dominicos. Más tarde en la Nueva España fray Bartolomé de las Casas denunció la terrible injusticia que se cometía a través de este sistema en su “Obra Indigenista”.

Las encomiendas, contrario a sus propósitos teóricos, terminaron con la estructura social prevaleciente entre los pueblos del imperio mexica. La nobleza, los pipiltin gente verdaderamente preparada con principios y disciplina se fueron extinguiendo poco a poco; ahora eran los encomenderos quienes centralizaban el poder y reclamaban incluso títulos nobiliarios para ellos y sus descendientes sin importar si tenían o no suficientes merecimientos. Por otro lado, al considerarse al indígena como un ser inferior, se le desprotegió jurídicamente midiéndoseles a todos, pipiltin y macehuales, con el mismo rasero. Al final, en términos de explotación económica, discriminación racial y prejuicios sociales, no había gran diferencia entre los pipiltin y los macehuales. Con una gran falta de inteligencia desaprovecharon un recurso humano altamente calificado; la nobleza mexica encarecidamente preparada en los calmécac, que paradójicamente para ellos, gente de ignorancia supina, sólo eran dos manos más y un lomo para la carga en el trabajo burdo, que como seres inferiores debían realizar. “Las encomiendas” fue la forma en que se pudieron realizar, entre otras; las grandes explotaciones mineras en la Nueva España, a costa de la sangre, la dignidad y el sufrimiento de los indígenas, que cobró muchas vidas humanas. Se llegó a establecer la práctica del intercambio de indígenas de un encomendero al otro, comerciando con esto, aun entre lugares apartados, despreciando las relaciones familiares y comunales de los indígenas y con solo el acuerdo de las partes encomenderas y en el precio a pagar o cobrar por ello.

En las leyes de Indias, en este caso “leyes nuevas”, publicadas en 1542 como reacción a las protestas de los franciscanos y a la injusticia que significaba la institución de la encomienda, se prohibió el otorgamiento de nuevas encomiendas, y a las ya existentes, se les quitaba el carácter hereditario y les daban el de vitalicio. Sin embargo, esto no significaba gran cosa, porque a la muerte del encomendero, los indios no eran liberados ni se les restituían sus tierras y propiedades; todo pasaría ahora al poder de la Corona. Sin embargo, las protestas de los encomenderos en contra de la ley que los afectaba fueron apoyadas con tanta efectividad y prontitud por los grandes intereses establecidos, representados principalmente por la alta jerarquía política y eclesiástica, lo que permitió todavía conservar el carácter hereditario aunque solamente hasta cinco generaciones, (ni una más), ¡qué gran logro!

Don Martín Cortés, el hijo del Conquistador, recién llegado a la Nueva España con ínfulas de gran señor y título de marqués, sirvió para que los encomenderos, no satisfechos con las limitaciones que la nueva ley les imponía sobre las encomiendas, aun ya suavizadas por la Corona, tomaron este suceso como un pretexto para llevar a cabo un primer conato de movimiento de independencia, por supuesto no motivado por causas patrióticas, sino por intereses mezquinos como más tarde se consumaría al final la independencia de México. Finalmente, después de casi 200 años de esta vergonzosa explotación y despojo de los indígenas, en 1718 fueron abolidas definitivamente las encomiendas. Sin embargo, el daño ya estaba hecho, sería irreversible y con serias consecuencias negativas para los indígenas, lo que se ha prolongado hasta nuestros días y sigue siendo la causa de su actual e injusta situación y discriminación. Aunque ellos, sus descendientes, por salud mental casi la borraron de su memoria o haya quedado oculta en forma inconsciente por la niebla del fanatismo religioso impuesto y el desprecio de la clase gobernante a través de la historia que nunca le ha puesto remedio a la enorme injusticia que esto significó, sino todo lo contrario, ya que sigue existiendo el pesado lastre histórico de la supuesta inferioridad del indígena y su discriminación continúa hasta ahora por gobiernos que se dicen revolucionarios y por parte de una sociedad educada con prejuicios religiosos y sociales.

Cabe señalar aquí que el imperio español, en lo que respecta a los indios, no actuó con el misma concepto de justicia con el que fueron tratados sus antepasados en calidad de indígenas conquistados por el Imperio Romano, que los consideró como iguales, les concedió la ciudadanía y el derecho de acceder al más alto nivel de gobierno; se dieron incluso casos, como ya lo revisamos, de cuatro emperadores de origen hispánico[2]. La Nueva España se caracterizó por una marcada distinción de derechos y privilegios, siempre en detrimento de los indígenas.

Desde el primer momento, la Corona determinó la formación de municipios como la base de la organización política territorial, prerrogativa real que tomó como base las jurisdicciones definidas por los antiguos señoríos pero desapareciendo a sus señores originales y substituyéndolos por alcaldes impuestos por la Corona. Los alcaldes tenían varias funciones importantes tales como: administrar la economía popular, los abastos y la real hacienda al cobrar las alcabalas o tributo por la compraventa; aplicar la fuerza pública y el buen gobierno; la actividad de juzgar y aplicar la ley, así como sentenciar y ejecutar sentencias en la jurisdicción que el rey les hubiera conferido, y en suma, el poder que le daba la investidura de “autoridad política”, aunque las más de las veces se careciera de “autoridad moral”. Para ser alcalde ordinario bastaba con tener 20 años y por supuesto ser español. Y como el rey de Castilla era el único con facultad para nombrar a los alcaldes, o bien aquel a quien le fuera conferido tan preciado, real y lucrativo privilegio, pronto se inició, por medio de estos delegados, las ventas de alcaldías al mejor postor, introduciéndose desde entonces la corrupción en la función pública. O peor; las alcaldías eran otorgadas a quien se quería favorecer sin importar mucho si se tenía o no la capacidad necesaria, ya no digamos un comportamiento ético, solo se requería la aceptación manifiesta de formar parte de un grupo organizado para utilizar el poder y la posición, para beneficio económico del mismo grupo y de sus dirigentes, ya desde entonces surgía una cierta forma de delincuencia organizada en el gobierno, que actualmente no nos es extraña.

La institución principal del poder político en la Nueva España fue el virreinato que se instituyó en 1535. Los virreyes dependían directamente del rey de Castilla y eran nombrados por él, como “Capitán General y Justicia Mayor”. El virrey era el representante personal del monarca, y su jurisdicción era el territorio asignado, en este caso, la Nueva España. Tenía funciones administrativas y de recaudación fiscal. En cierta forma, el poder ejecutivo y el judicial estaban mezclados; se tenía como instancia superior, para cuestiones judiciales, al Consejo de Indias, quien también ejercía las funciones legislativas a nivel general para las colonias. Al virrey, seguía en poder la Audiencia. Ésta fue la primera forma de gobierno general en la Nueva España y, por supuesto, anterior al virreinato mismo. Este hecho fue la causa de muchas confusiones y controversias en cuanto a jerarquías y dependencia. La Audiencia tenía esencialmente funciones judiciales como tribunal superior de justicia. Estaba compuesta por oidores designados por el rey y tenía facultades para suplir provisionalmente al virrey por causa de ausencia temporal o muerte. Era considerada como parte fundamental del gobierno de la Nueva España. La jurisdicción de la Audiencia era general o regional; en México se inicio con carácter general, pasando posteriormente a regional.

Los corregidores o alcaldes mayores dependían del virrey, tenían un sueldo honorario y eran designados con carácter y jurisdicción regional. Como toda autoridad importante, también eran nombrados por el rey de entre las ternas propuestas por el mismo virrey. Dentro de sus funciones se encontraban, entre otras, primero las ejecutivas y administrativas para llevar a cabo las disposiciones reales o virreinales, realizar las obras públicas dentro de su territorio, la seguridad pública y el control del comercio mediante pesas y medidas. Y finalmente, estaban las autoridades locales o municipales, representadas por el ayuntamiento y los alcaldes de cada uno de éstos. El gobierno de la Nueva España recibía periódicamente a enviados especiales del rey de Castilla, como por ejemplo: los visitadores reales, que tenían el carácter de oidores de las quejas en contra de la autoridad, empezando por el mismo virrey; o los tesoreros reales, cuya función fiscalizadora buscaba asegurar la entrega de la parte debida de los tributos correspondientes a la Corona.

Es importante señalar la acción de algunos virreyes que se distinguieron por su labor en beneficio de la Nueva España, tales como:

Don Antonio de Mendoza (1535-1550), primer virrey de la Nueva España, encomendero también –casi todos los importantes lo eran—, aunque este de las encomiendas especiales manejadas por la Corona. Él fue quien ordenó elaborar el llamado Códice Mendocino para compensar las barbaridades de algunos “conquistadores”, que mandaron destruir gran parte de la historia y el acervo documental de los mexicas y de otras culturas prehispánicas. El mismo Virrey inició en su tiempo la primera casa de acuñación de moneda en México, la “Casa de Moneda”. Es importante mencionar la notable labor en beneficio de los indios de fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, quien se opuso a los desmanes en contra de ellos por parte del tristemente célebre presidente de la Audiencia, Nuño Beltrán de Guzmán. Además, el Arzobispo introdujo la imprenta en América, aunque pecó de intolerante y de actuar sin tacto diplomático al someter a juicio y ejecutar por herejía a Ometochtzin, hijo de Nezahualpilli, señor de Texcoco.

El noveno virrey Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey (1595-1603), realizó importantes expediciones “al septentrión” hacia los actuales territorios de Nuevo México y California. Patrocinó también la fundación de la ciudad de Monterrey. Don Luis de Velasco hijo, décimo primer virrey, marqués de Salinas (1607-1611), se distinguió por las grandes obras de saneamiento y el inicio del desagüe del lago a través del canal de Nochistongo, obra que en ese tiempo se consideró benéfica porque evitaría o trataría de evitar las inundaciones que asolaban a la ciudad. Sin embargo, afectó determinantemente el medio ambiente natural, causándole a futuro un grave daño.

Por otro lado, la riqueza generada en la Nueva España tenía otra resultante, si se quiere positiva, aunque como hemos visto, con un enorme costo social. 83 años después de la Conquista, Bernardo de Balbuena narraba en forma poética lo que sucedía con la sociedad y su riqueza en la capital de la Nueva España, a inicios del siglo XVII, en 1604. Los siguientes versos del poema de Bernardo de Balbuena, en octava real, describen en cada una de sus ocho líneas los capítulos de:

“ La Grandeza mexicana”

De la famosa México el asiento,

origen y grandeza de edificios,

caballos, calles, trato, cumplimiento,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, Religión, Estado.

todo en este discurso está cifrado.

Así como el conquistador trajo a México desolación, muerte explotación y rapiña; también una vez iniciado el proceso novohispano dentro de sus múltiples facetas positivas y negativas; el intercambio cultural pudo comunicar a la nueva cultura gran parte del acervo de conocimientos, experiencias de todo tipo e importantes manifestaciones en el campo de las artes y la cultura en general, que había adquirido la cultura española durante las diversas influencias de otras importantes culturas en los 3,500 años anteriores, durante los cuales la propia cultura española se se fue formando y se fortaleció. Esto aunado a la cultura mexica que aunque diezmada en gran parte también pudo aportar lo suyo, fortalecido por un proceso de alimentación similar al español en igualdad de tiempo; por las ricas culturas que se desarrollaron en Mesoamérica. Dando todo esto, un resultado único y extraordinario.

Entre los 62 virreyes que tuvo la Nueva España también destacan: de una manera importante: Don Fernando de Alencastre Noroña y Silva (1711-1716), trigésimo quinto virrey duque de Linares y marqués de Valdefuentes, quien hizo grandes esfuerzos por remediar la miseria del pueblo, intención que se refleja en el estudio que hizo sobre la situación social imperante. Su preocupación siempre estuvo orientada hacia el bienestar de los más desprotegidos. Con gran visión de estadista, su acción benéfica seguramente influyó para terminar con una de las grandes causas de esa miseria, la injusta institución de la encomienda; Don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, (1746-1755) cuadragésimo primer virrey, primer conde de Revillagigedo, pacificador de las Tamaulipas y fundador de la Nueva Santander; Don Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779), destacado virrey que se distinguió como administrador eficiente. Fue quien construyó la calzada que lleva su nombre en la Ciudad de México. Se opuso, en su tiempo, al sistema de intendencias por considerarlo oneroso, aunque como sabemos después se instituyó y sirvió para la estructura político-administrativa de la república; y don Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla (1789-1794), quincuagésimo segundo virrey y segundo conde de Revillagigedo, considerado por muchos como el mejor virrey, gran estadista, implacable con los abogados prevaricadores, jueces y funcionarios corruptos. Meritorio trabajo el del segundo Conde de Revillagigedo, toda vez que estaba atacando una de las más dañinas lacras sociales: la impunidad. No quiero dejar de mencionar don José de Iturrigaray (1803-1809), quincuagésimo sexto virrey, partidario de los criollos en su búsqueda por mejores condiciones para la Nueva España, quien apoyara a su paso por estas tierras al científico, ensayista político Alexander Von Humboldt.

Grandes humanistas, escritores e historiadores surgieron en la Nueva España desde sus inicios, tales como el mismo Bernal Díaz del Castillo, autor de la Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España; fray Pedro de Gante, quien hizo editar a mano un pequeño catecismo que utilizaba los mismos jeroglíficos del idioma náhuatl para enseñar la doctrina de Cristo a los indios; el mismo Bartolomé de las Casas, dominico, obispo de Chiapas, licenciado en derecho por la Universidad de Salamanca, con sus escritos: la “Obra indigenista” y la Relación de la destrucción de las Indias; fray Bernardino de Sahagún, autor de la Historia general de las cosas de la Nueva España, en donde nos habla de la sofisticación y alta cultura existentes en la sociedad mexica; y tantos otros más que dieron su valiosa aportación durante el periodo novohispano. Aunque marcada por el predominio de lo español; la Nueva España dio las bases para la alimentación cultural necesaria y para el fortalecimiento de las artes y las letras que, poco a poco y cada vez más, fueron adquiriendo las características propias de la nueva cultura.

Ante lo difícil de mencionar el cúmulo de valores literarios que se dieron en la Nueva España, no quiero dejar de señalar a alguien verdaderamente excepcional, a una niña prodigio, que fue un verdadero paréntesis positivo en su época, alguien con una alegría de vivir y con un amor infinito por los seres humanos, probablemente la primer feminista, en el buen sentido del término (aunque ahora le quieran cargar “milagros”): Juana de Asbaje, Sor Juana Inés de la Cruz. Nace un 12 de noviembre de 1651 en la Hacienda de San Miguel de Nepantla, Estado de México, un lugar extraordinario situad en medio y al pie de los volcanes. La prosa de su “Carta Athenagórica”, la poesía de los versos con bello dejo de protesta en sus redondillas, sus comedias como Los empeños de una casa, textos todos ellos de un ingenio y un manejo del lenguaje que no tienen igual en la poesía hispana y denotan una personalidad auténtica, libre, valiente y una mente verdaderamente brillante comprometida con la belleza literaria. Aunque, siempre estuvo ligada a la familia del virrey en turno, durante lo más importante de sus trabajos literarios, sólo se dedicaba a ellos sin meterse en las cosas de la política, pero siempre preocupada por los problemas sociales.

Muchos intentaron desde el principio ejercer el valor de la justicia, exigiéndolo o aplicándolo. Tanto entre los mexicas como entre los españoles siempre hubo personas que lucharon por él y fue por estos altamente apreciado y se pretendió utilizar como una de las bases del desarrollo armónico de la Nueva España, sin lograrlo. Toda vez que ambas culturas estaban de acuerdo en que “la desigualdad ante el derecho es la más grande de las injusticias”. Y aunque no siempre se logró, desde el inicio de la Colonia se procuró la justicia y la igualdad ante la ley, aunque basada ésta solo en el derecho impuesto por el conquistador. Aun así, desgraciadamente, la idea de establecer una sociedad basada en la justicia para todos no pasó de la teoría y de las buenas intenciones de algunos. Los grandes abusos de la jerarquía eclesiástica con la “santísima” inquisición y otros refinamientos, quedaron impunes. los abusos de oidores, encomenderos y de los mismos virreyes tuvieron la instancia de los visitadores reales, y aunque multitud de agravios quedaron también impunes, cabe asentar que la tendencia, o cuando menos la intención, fue la de hacer justicia si así se le podía llamar. Un testimonio de ello lo encontramos en las acusaciones que se hicieron en contra del virrey don Luis de Velasco y de los oidores de la Audiencia, en el documento conocido como “Códice Osuna”.

Los factores externos se dieron con fuerza y afectaron también el presente y el futuro de lo que sería la nacionalidad mexicana, podríamos señalarlos en dos grandes vertientes:

Primero, la acción del imperio español sobre la Nueva España, que a su vez tuvo otras dos variantes, como era usual en las colonizaciones: una de alimentación cultural y otra de dominación, explotación y marginación. Como una de tantas pruebas de esto último, esta el hecho de que la Nueva España no intervenía con relación a sus territorios, en los tratos de la corona con otros países como Francia y los EU. Ni siquiera era enterada, lo que ocasionó múltiples daños por el desconocimiento de los limites legales con esos países. Por otro lado la corona ejerce aquí el “proteccionismo económico” como medida restrictiva hacia el comercio de la Nueva España, al prohibir la producción en sus colonias de manufacturas, vinos, telas, herramientas, etc., y de todos aquellos productos que pudieran competir con los traídos de Europa; esto lo hacían con el fin de proteger las exportaciones de sus productos en todos estos mercados que ellos consideraban como cautivos y bajo su exclusivo control.

El proteccionismo impuesto por la Corona retrasó considerablemente el desarrollo industrial y comercial de la Nueva España, restringiendo por muchos años el aprovechamiento de su potencial. Pero además, generó una serie de problemas de toda índole, toda vez que estas restricciones las llevó al extremo de autorizar a la Nueva España, en un inicio, sólo dos puertos para el comercio: Veracruz y Cádiz, con escala en Cuba, con el objeto de controlar al máximo la fiscalización y el contrabando. Pero no conforme con esta medida injusta, estableció el sistema de “las flotas”, que zarpaban solo una vez al año, protegidas por barcos de guerra, para llevar los cargamentos de diversos productos. Posteriormente y con el mismo afán permitieron otro puerto en el Pacifico, Acapulco. Entre otras cosas, esta medida restrictiva a la navegación y la creación de nuevos puertos; en un principio, trajo como consecuencia una gravísima limitante para las expediciones necesarias en la expansión, colonización y posteriormente administración de los territorios de la Nueva España, principalmente los del septentrión. Habiendo sido esta una de las causas de su descuido.

Como segunda variante, está el efecto que tuvieron sobre el continente americano las ideas político-económicas y filosófico-sociales que se generaron en el Viejo Continente, las cuales evidentemente fueron positivas para la emancipación de la Nueva España, destacando al final sobre todo las ideas generadas por la independencia de las 13 colonias americanas, del imperio británico, y las ideas emanadas de la Revolución francesa, mismas que tendrían gran influencia en el autentico movimiento libertario de la Nueva España. De gran trascendencia histórica en todo este proceso de cambio ideológico fue el consenso para la terminación definitiva del Estado confesional, sustituido por el Estado laico, aunque esto último no se diera en México hasta ya muy tarde.

Desde el siglo XVI, al consolidarse la Conquista, inició de inmediato la actividad económica en forma sistemática, tanto a través de productos importados como de productos propios de los nuevos territorios. Del lado de los productos salidos de España, se comerciaba con, ganado, el gusano de seda y las moreras, el trigo, varios comestibles, los vinos, así como los implementos de trabajo (herramientas, molinos, etc.), telas, vestidos, hasta los barcos mismos. Por parte de los productos autóctonos salidos de Nueva España, se comerciaba con los metales (principalmente la plata y el oro), la madera, el algodón y algunos productos agrícolas como la calabacita (ayutli), el chayote (chayutli), el jitomate (xitomatl), el fríjol (etl), el camote (camotli), el aguacate (ahoacatl), la vainilla (tlilxóchitl), el chile o ají (tzilli), la guayaba (xalocócotl), el cacahuate (tlal cacahoatl), la ciruela (xocotl), el maíz en general y para palomitas (momocatli), el cacao (cacahoaquahuitl) para hacer chocolate (chocolatl), y animales como el guajolote o pavo (uexolótl).

Con la acuñación de moneda en la Nueva España, a mediados del segundo cuarto del siglo XVI (1536), se estableció una economía de mercado, capitalista, controlada y aprovechada principalmente por los españoles, encomenderos y nuevos pobladores. Y por otro lado, entre la gran mayoría de la población indígena, principalmente entre los macehuales, prevaleció una cierta economía de subsistencia, ellos eran la mano de obra mal pagada por no decir esclavizada. La libre movilidad de éstos desapareció por las restricciones impuestas por el gobierno mediante el sistema de la encomienda. La explotación de los bosques en forma indiscriminada para la obtención de madera, utilizada en la construcción de navíos, edificios y mobiliario, resultó en una tala inmoderada y desproporcionada que en muchas regiones modificó los ecosistemas y el clima, y que junto con la introducción de la ganadería, provocó un impacto negativo en el medio ambiente natural. Por otro lado, antes de la llegada de los conquistadores, el único medio de transporte de carga era el fluvial. Por tierra lo hacían las personas, ya que no se conocía la rueda, por lo que la aportación de este instrumento fue de la mayor importancia para el desarrollo económico. A partir de esta innovación, con los nuevos medios de transporte de carga como las carretas y los arrieros, se generó así la necesidad de crear la infraestructura, por lo mismo inexistente: caminos, postas de abastecimiento y vigilancia para el cobro de alcabalas, y puentes. Todo esto se tradujo en inversión y crecimiento económico, además de nuevos conocimientos en la construcción, ya que por ejemplo los mexicas no conocían el arco de medio punto heredado de la cultura romana.

La Nueva España emprendió la explotación del algodón y la caña de azúcar. Para esta última se tuvieron que importar esclavos de África que se emplearon en el manejo de los trapiches que permitían la industrialización del azúcar y para lo cual eran expertos. Con la llegada de los esclavos negros, el mestizaje que ya se había iniciado principalmente entre españoles e indígenas, se reforzaba con la unión también con los africanos. Esto trajo consigo la diferenciación entre los disímiles estratos de la población a través del nacimiento de las castas como, por ejemplo, las de peninsulares, criollos, indios, mestizos o ladinos, o mulatos todos ellos miembros de distintas categorías étnico-sociales.

La continua explotación indiscriminada de los pueblos indigenas, contribuyó a la disgregación paulatina de éstos, y, a que muchos ellos se convirtieran en verdaderos parias. A una minoría dentro de los descendientes de los pipiltin, que habían aprendido el castellano, les iba relativamente bien; sin embargo, otros miembros de la antigua nobleza se convirtieron en gente independiente, que para subsistir tenia que empezar vendiendo sus servicios como peones. Esto, aunado al progresivo y continuo acaparamiento de  sus tierras de cultivo por parte de cualquier peninsular con poder, buenas relaciones con el clero y los gobernantes, relativa capacidad económica, visión y, sobre todo, poca ética y habilidad para apropiarse de tierras que habían sido propiedad comunal de los indios; las cuales eran ahora utilizadas por esta gente “lista” en mínima parte para la explotación agropecuaria en forma legal o ilegal, esto lo hacían en lo particular o agrupados y lo mismo sucedía con la actividad comercial y artesanal acaparadas también por ellos, lo que dio origen en el siglo XVII, a la burguesía novohispana y a las haciendas como organizaciones de producción rural que alojaban también a los trabajadores y sus familias, pagándoles en especie y no en efectivo, modalidad que continuó hasta la revolución de 1910.

La sociedad novohispana “estaba formada por un mosaico humano. Solo el 17.5% lo formaban los peninsulares y los criollos, sus descendientes, habitantes de las ciudades. El grupo peninsular era minúsculo y la población distinguía entre los burócratas y los residentes permanentes. El grupo criollo era el más educado y 5% era propietario de grandes fortunas, algunos hasta con títulos nobiliarios; pero la mayoría la formaban rancheros, comerciantes, empresarios, funcionarios, religiosos y militares medios, aspirantes a los altos puestos. Alrededor del 60% de la población lo representaban los indígenas, que trataban de mantener sus estructuras corporativas. Del pequeño grupo de nobles indígenas que hablaba “castilla” procedían los caciques, gobernadores, hacendados y comerciantes, pero la mayoría monolingüe era la principal fuerza de trabajo y pagaba tributo. Las alteraciones climáticas periódicas y el desarrollo de la hacienda habían llevado a muchos de sus miembros a buscar protección en el peonaje. Casi el 22% de la población lo constituían las castas, mezcla de españoles, criollos, indios, negros, mulatos y mestizos, carentes de tierra e imposibilitados para los cargos públicos y para el grado de maestro en los gremios. Desempeñaban toda actividad no prohibida expresamente: mineros, sirvientas, artesanos capataces, arrieros, mayordomos. Algunos se habían desplazado al norte en busca de fortuna y otros eran mendigos, léperos y malhechores que pululaban en las ciudades y centros mineros. Apenas 0.5% era población negra, en parte esclava en haciendas azucareras.”[3]

En el entorno mundial se vivía un ambiente de gran competencia entre las potencias, sus colonias y el resto del mundo por el afán de expansión y dominio de nuevos territorios. A pesar de las grandes restricciones ocasionadas por el proteccionismo, el comercio internacional de la Nueva España fue en cierta forma global. México era conocido como una importante capital del comercio en el mundo, tal vez por el “consulado” de la Ciudad de México, que igual al de Sevilla, se había establecido y acreditado. Estos consulados de comerciantes eran verdaderas “mafias” monopólicas con grandes privilegios, que tenían contactos en todo el mundo y controlaban el comercio ultramarino de la Nueva España, la cual, lo mismo comerciaba con Filipinas (la que en un tiempo le perteneció) que con Génova o Venecia.

Al mismo tiempo se gestaron en el Norte, primero las colonias de Nueva Inglaterra, y luego, mediante el movimiento libertario en contra de los ingleses, surgieron los Estados Unidos de América, que obtuvieron su independencia en 1776, cuarenta y cinco años antes que México y aventajándolo en más de 80 años en lograr ser un Estado laico. Mientras tanto, por la relativa vecindad de los Estados Unidos con la Nueva España, se comenzó a generar un factor de alimentación político-cultural e influencia recíproca entre ambos, más de norte a sur que viceversa, esta diferencia la marcó la calidad de estadistas que se dieron en la Unión Americana desde su principio, y el establecimiento del primer Estado moderno laico en el mundo. Otro factor que tendría consecuencias graves en el nuevo Estado mexicano seria la determinación expansionista de los EU., en busca de nuevos territorios. Todo esto se convertiría en un factor definitivo en las relaciones futuras entre los dos países, con la consiguiente prevalencia hegemónica de los Estados Unidos.

Las expediciones de la Nueva España hacia el norte del territorio eran llamadas de “tierra adentro”, pues precisamente eran realizadas por tierra, con un gran costo en dinero y tiempo utilizados con poca efectividad, debido a la falta de nuevos puertos en la Nueva España sólo estaban autorizados Veracruz, en el Golfo de México y Acapulco en el Pacifico y además férreamente controlados. Lo mismo sucedía en Filipinas con Manila lo que provoco los viajes anuales de la “nao de China”. Estas expediciones de tierra adentro hacia el “Septentrión” fueron muy limitadas, lo que permitió las expediciones y expansión de Inglaterra, Francia y Holanda en el noreste y de Rusia en el noroeste de América. Estas expediciones terrestres de la Nueva España, habían más o menos definido, ya no tanto las fronteras, sino los territorios, los grandes territorios muy distantes y semipoblados que estaban más o menos definidos a finales del siglo XVIII eran: lo que hoy son los estados de La Florida, Texas, Nuevo México Arizona y California, fundada por los jesuitas. Al resto, totalmente indefinido y desconocido, se le llamaba precisamente “septentrión”. Estas zonas estaban determinadas por los mismos límites, que llegaban hasta los territorios ingleses y franceses que hoy ocupan Canadá y los Estados Unidos. Por el Pacífico, la Nueva España llegaba hasta lo que hoy es el estado de Washington incluyéndolo y, por el centro, hasta los estados del llamado Midwest norteamericano. La mejor prueba de esto es que durante la administración del primer presidente de los Estados Unidos, George Washington (1789-1797), el territorio de la Nueva España en el septentrión indefinido ocupaba, supuestamente, de nor-poniente a sur-sureste la mayor parte de la actual Unión Americana, ya que no se tenía noticia de que los reclamara alguna otra potencia europea. Este territorio septentrional de la Nueva España ocupaba los territorios en los actuales estados de Washington, Idaho, Montana, Oregon, Wyoming, North Dakota, South Dakota, Nebraska, el oeste de Minnesota, parte de Iowa, California, Nevada, Utah, Colorado, Kansas, parte de Missouri, la mayor parte de Arkansas, parte de Luisiana, Arizona, Nuevo México, Texas y la Florida. Estos territorios no contaban legalmente en los haberes de los Estados Unidos recién formados y sí estaban definidos por ellos mismos como “Spanish territory”[4].

En las postrimerías de la Nueva España, la influencia externa más importante vino desde el norte, precisamente por parte de los Estados Unidos. De Europa, la influencia llegó por medio de Inglaterra, Francia y también de España misma, a través de las ideas liberales manejadas por los diversos ritos de la masonería, tanto europea como norteamericana. De esta manera, los movimientos de independencia no estuvieron desprovistos de la influencia interesada de potencias como Inglaterra y Francia, y los mismos Estados Unidos, a quienes el debilitamiento de España no les venía mal. Por otro lado, la invasión de Napoleón Bonaparte a la Península Ibérica propició y dio oportunidad a los movimientos libertarios en las colonias españolas. Éstas, entre ellas la Nueva España, movidas por una gran inseguridad en sí mismas y con un actitud de servilismo más que de nacionalismo y en el mejor de los casos de acostumbramiento, tal vez por esto, incluso algunos de los auténticos insurgentes, tímidamente solicitaban en sus proclamas de independencia, que un noble de la familia de Fernando VII, o él mismo, viniese a gobernar estas tierras.

Durante los 300 años que duró el periodo novohispano, se dio poco a poco la fusión de las dos grandes y diferenciadas civilizaciones, proceso que tuvo como resultante final una nueva cultura. La cultura mexicana no se parece a ninguna otra, ni siquiera a las culturas que le dieron vida; es cierto que lleva grabada la impronta cultural tanto española como indígena, y que en muchos de sus matices las refleja, pero es otra cosa; México tiene una profunda identidad propia. Hay que reconocer que el proceso de conquista y colonización dejaron un complejo grave: lo extranjero, así como fue lo español en su tiempo, sigue teniendo prevalencia y se le considera, inconscientemente, cuando menos mejor que lo nacional. Poco a poco, la fusión de las dos culturas originales resultó en una simbiosis que fue aprovechando lo mejor de cada una, no sin dejar, lamentablemente, de conservar también algunos de los vicios de ambas, pero al final transformándose en la nueva cultura mexicana que, con la formación del Estado mexicano, inicia su consolidación.

[1]Desafortunadamente, el México independiente inicia en la forma de un efímero imperio con un emperador de opereta al frente.

[2] Hay que señalar que en este tiempo España todavía no existía como nación.

[3] Josefina Zoraida Vázquez, Nueva historia mínima de México: de la Independencia a la consolidación republicana (México: El Colegio de México, 2005) 139.

[4] Vincent Wilson, Jar, the Book of The Presidents (Crawfordsville, Indiana: American History Research Associates, R.R. Donnelly & Sons Company, 1997) 8.

Tomado de “México y su Realidad” 3a Edición  de Antonio Fuentes Flores

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