Cómo fue el régimen de Lopez Portillo

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José López Portillo (1976-1982) no hizo más que exhibirse ante todos cómo un monarca absoluto, libertino y frívolo, digno exponente del SPM, con un ego inmenso y con una esposa que anduvo por el mundo arrastrando un piano de cola con cargo al erario. JLP demostró cómo se pueden convertir un país, a su antojo, en un teatro de burlesque y pantomima y lograr que además se le aplaudiera con singular veneración en las faraónicas “reuniones de la República”. Aunque al final el pueblo cambió los aplausos por ladridos, por aquella frase suya donde dijo que defendería el valor del peso “como un perro”.

En el régimen de JLP, se entregó el INFONAVIT a los sindicatos oficiales como pago por la “Alianza para la producción”, acción que sirvió principalmente para el enriquecimiento de los líderes y asociados; quienes construyeron miles de viviendas haciéndolas cada vez más chicas. Se escamotearon además los ahorros a decenas de miles de derechohabientes.

Una muestra de la calidad de su equipo y de sus protegidos fue el Negro Durazo, traficante de influencias y de drogas, a quien le confió, para su explotación, la “seguridad” de la Ciudad de México. Tal vez por eso le dieron el doctorado honoris causa, con toga y birrete, muchos de los “académicos” de la Ciudad de México, encabezados por el Dr. Alfonso Guzmán Neyra, presidente del Consejo de la Legión de “Honor”. Durazo era amigo íntimo tanto de Echeverria como de JLP y de este ultimo, su compañero de pandilla juvenil. Ahora, en su compañía, el presidente pasaba ratos de “solaz y esparcimiento” en el palacete del Negro que se mando construir con valor de cientos de millones de pesos en el Ajusco, en donde tenía, entre otras linduras: un campo de tiro, un “hipódromo-galgodromo”, un lienzo charro, una discotheque para su hijo una colección de múltiples coches antiguos, etc., etc., etc. Surrealismo puro. Y López Portillo no podía preguntarle de dónde había sacado todo esto, en primer lugar porque lo sabía de sobra, y segundo, porque él mismo pensaba superarlo, naturalmente con creces.

Julio Sherer García nos dice: “Vino el éxito, la época de la abundancia, el augurio de que este país sería una potencia media, como Francia, y López Portillo perdió el rumbo. Cesó a Carlos Tello, “mi conciencia”; cesó a Reyes Heroles, “mi maestro”; cesó a Díaz Serrano, “mi amigo de toda la vida”. Se amarró a un gánster, Arturo Durazo, encargado de la seguridad citadina, cedió al embrujo de Carlos Hank y difundió que le había aceptado un préstamo personal por 150 millones de pesos para construir una gran mansión en la colina de Cuajimalpa, como si el jefe de la nación pudiera tener compromisos de ese carácter con un subordinado; exaltó a su hijo José Ramón a la categoría de consejero áulico y lo llamó “orgullo de mi nepotismo”; designó Secretaria de turismo a Rosa Luz Alegría y la convirtió en la primera mujer de un gabinete presidencial en 57 años de Revolución institucionalizada”[1].

El fantasma de Antonio López de Santa Anna cabalgaba por Los Pinos, López Portillo se creía Quetzalcóatl, pero a lo más que llegaba era a ser un redivivo López de Santa Anna, toda vez que sus atributos, vicios y características confluían en él, incluso la calidad de dictador y su deseo inconsciente de ser considerado como “Su Alteza Serenísima”, el “Águila Imperial”; soñaba verse inmortalizado en una estatua ecuestre de bronce (lo que le concedió el gobernador de NL, Alfonso Martínez Domínguez).

El enunciado de John Emerich: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de forma absoluta”, ha sido planteado con toda razón. Esta máxima se podría aplicar como regla general al ejercicio del poder en el SPM unipartidista, toda vez que es increíble la metamorfosis del individuo, cuando éste no tiene una formación sólida en los principios para el comportamiento ético ni valores morales que lo sostengan ante el vendaval de tentaciones. José López Portillo, y en cierta medida sus familiares y amigos más cercanos sucumbieron ante el espejismo producido por el poder absoluto y su cobijo. Y sufrieron una transformación radical a la manera del Dr. Jekyll en “Mr. Hyde”, arrastrando en su descomposición a mucha gente y afectando negativamente los destinos de la nación y de la mayoría de su pueblo, que en gran medida salió injusta y profundamente perjudicado. Me tocó tratar tanto con Echeverría como con JLP y me pude dar cuenta de  algunas cosas.

Luis Echeverría y AFF

Lopez Portillo y AFF 1

Con el espejismo de la abundancia petrolera, tras el anuncio de la existencia de enormes yacimientos de petróleo en México, que “aumentaban considerablemente las reservas” y la sobreoferta de petrodólares árabes; empujado por las circunstancias adversas que su falta de visión y propensión al despilfarro habían creado; el gobierno de López-Portillo hipotecó al país con la comunidad financiera internacional al contraer deuda a corto plazo. Una vez que se desplomaron los precios del petróleo y subieron las tasas de interés en el mercado internacional, el Gobierno empezó a dar “palos de ciego” y quedó la “soberanía”, en materia económica a merced de los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI), quien trató a México sin miramientos y ningún respeto, como el país subdesarrollado y tercermundista que demostraba ser con semejante líder. El país quedó sumido en la crisis de 1982, con el consiguiente quebranto económico de las empresas mexicanas y de la sociedad en general. Como última medida teatral de la tragicomedia, nacionalizó la banca, profiriendo una increíble y contradictoria frase: “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”. Le faltó complementarla con una larga y sarcástica carcajada que retumbara en el Congreso, prolongándose con un eco infinito que los mexicanos seguirían oyendo, todas las veces que los volverían a saquear en el futuro.

La estupidez y pasividad de los gobernados no solo al tolerar, sino muchas veces al justificar la rapacería y soberbia del gobernante, se puede explicar, que no justificar, por la costumbre de la sociedad y su capacidad para soportar regímenes antidemocráticos y autoritarios como el de López Portillo, y por la existencia de una cultura que ve a la corrupción política como algo natural, incluyendo en esta misma errada concepción a los partidos políticos de oposición, a los grupos empresariales, muchos de ellos con intereses ligados a la misma corrupción y ya no digamos a los sindicatos, tanto obreros como patronales y de profesionales que con su actitud han traicionado a México.

Por otro lado, el ciudadano en el SPM unipartidista, se veía imposibilitado para actuar en la esfera pública si no era a través y con “la bendición” del partido oficial. Esto se ha modificado recientemente, cada vez con más peso, por la acción de los otros partidos que se fueron vigorizando, más por la acción oficialista, por así convenirle al sistema, como veremos adelante. Para no desentonar con las tendencias en el mundo orientadas hacia el espejismo de la democracia, y para guardar las apariencias. La paulatina pero inexorable auto descomposición del sistema, con lideres como este, es lo que debiera vitaliza a los llamados partidos y grupos de oposición pero no se ve para cuando.

Al principio del régimen, en abril de 1977, se dio un cambio trascendente con la reforma política de López Portillo, instrumentada por Reyes Heroles: que además de crear a los “legisladores plurinominales de partido”, la medida era para que los partidos de oposición obtuvieran mayor peso específico y pudieran, en las apariencias, equilibrar un poco el enorme desbalance en el Congreso, recordemos la acción similar de López Mateos; también la importancia de esta reforma radicaba en el reconocimiento legal  que se les daba a los grupos políticos de izquierda, incluyendo al mismo Partido Comunista, como un gesto de amnistía hacia los que hasta ese momento eran considerados como “subversivos”. “Casualmente” esta ultima acción era coincidente con la misma medida del Estado español encabezado por el rey Juan Carlos, quien a raíz de la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975, ahora en abril de 1977 España había legalizado al Partido Comunista (PCE). Aquí en México Ahora se procedía como lo hacía España, “no faltaba más, no nos podíamos quedar atrás”, el sistema tiene una tendencia crónica para actuar después que otros lo han hecho y muchas veces por imitación. Con esto el mexicano daba visos (sólo eso) de Estado democrático, toda vez que ya se había creado el Estado paternal; el “Ogro filantrópico”, como lo llamaría Octavio Paz, sin embargo y sin importar el relativo avance político; al final del sexenio la confianza en el Gobierno se había perdido y empezaba a significar un pesado lastre.

Jorge Carpizo me comentó, al principio de la Administración de Miguel de la Madrid, que éste lo había consultado para saber lo que él pensaba que tendría que hacer el Presidente para que volviera la confianza al pueblo de México. Carpizo, sin dudarlo,  le aconsejó: ¡castigue al ex-Presidente! Evidentemente no lo hizo así por razones obvias y por cumplir una de las reglas de oro del sistema. El compromiso de ellos es con el sistema mismo y sus beneficiarios tradicionales, no con México. Ademas el SPM practica el “principio de impunidad” con los funcionarios públicos de alto nivel y más con el Presidente.

Con el desorden económico de finales del régimen de López Portillo, miles de empresas quebraron. Habían sido organizaciones prósperas que no cometieron otra falta administrativa más que confiar en el régimen, y tal vez algunas de ellas, en imitar un poco la euforia expansionista irracional y despilfarradora del Gobierno. Mucha gente perdió el patrimonio de toda una vida, algunos, con la inflación galopante sus reservas para el retiro, otros sufrieron el injusto aumento de su deuda y los intereses que la hacían impagable. Algunos pocos ahorradores que tenían su dinero en dólares en la banca mexicana, les fueron convertidos arbitrariamente  en “mexdólares” por el gobierno, con perdida cuantiosa. A muchos deudores de la banca, que habían recibido el préstamo en moneda nacional, se les había hecho firmar el crédito en dólares; ellos vieron con azoro cómo su deuda, hasta antes manejable, se iba ahora hacia las nubes con una devaluación galopante que sirvió para que encumbrados políticos cercanos a la Presidencia y banqueros sin escrúpulos que contaban con información privilegiada; actuaran como verdaderos delincuentes, (como en cada crisis financiera) medraron ahora con la devaluación del peso enriqueciéndose más a costa de la miseria de los mexicanos. En donde como siempre los más desprotegidos son los que pierden. La economía se paralizó y millones perdieron sus empleos. Las familias mexicanas, principalmente las más débiles económicamente, quedaron como víctimas de la ignominia y desvergüenza de sus gobernantes y su terrible irresponsabilidad, la cual siempre ha quedado impune.

[1] Julio Scherer García, Los Presidentes (México: Grijalbo, 1986) 97.

Textos tomados del Ensayo “Mexico y su Realidad” 3a Edición de Antonio Fuentes Flores

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