CÓMO FUE LA DICTADURA EN MÉXICO

Santa Anna

Santa Anna

La debilidad del ejecutivo, establecida en la Constitución de 1824, propició que los enemigos de la verdadera independencia de México permanecieran en las posiciones claves de poder al triunfo del Plan de Iguala y seguía siendo propicia a los intereses de la pasada aristocracia que ahora, si ya no incólume, continuaba haciéndose presente. Esto dio margen a que, dejados pasar unos años, después del “triunfo” de la independencia fueran apareciendo como salidos de un caballo de Troya, para sabotear a la República, todos esos personajes que después de quitarse la careta liberal, que no les correspondía y que ya no necesitaban más, fueron conformando abiertamente el grupo conservador. Clamaban por la vuelta a la monarquía y que “alguien de la Casa Real de España viniera a gobernar a la nueva nación” mexicana. Dejando de manifiesto su actitud servil y un gran complejo de inferioridad.

A finales de 1836, un poco más de una década después de haberse promulgado la primera Constitución del Estado mexicano, con todos los vicios que hemos visto, se produce, por los conservadores, una nueva constitución llamada “Las Siete Leyes”. Este nuevo decreto, de carácter centralista, creaba un cuarto poder conservador (supuestamente para implementar la “prudencia gubernativa”), desaparecía a los estados y los convertía en departamentos cuyos jefes políticos o gobernadores serían designados desde el centro y se eliminaba la vicepresidencia, entre otras muchas medidas.

Mientras todo este afán de políticos sin visión social ni patriotismo daba marcha atrás al avance político logrado, se perdía Texas. Evidentemente, ellos no estaban consientes de la magnitud de la tragedia que significaba el hecho en sí mismo, ni mucho menos tenían la visión para prever las calamidades que traería consigo en el futuro inmediato; sobre todo, en lo que respecta al peligro de la guerra contra los EE. UU. y la consecuente pérdida de más territorios que se daría más tarde. Por el contrario, Lucas Alamán, uno de sus principales líderes, estaba en tratos con España para realizar el proyecto de la monarquía en México. Dicha propuesta fue respaldada por los conservadores que consideraban vital a la monarquía, no tanto para el país, sino para conservar el estilo de vida y privilegios que tenían.

Mientras tanto, los conservadores también buscaban establecer la dictadura como alternativa transitoria a la monarquía deseada por ellos, aunque esto significara una contradicción y regresión en el proceso histórico. En estas condiciones, los comerciantes extranjeros que ya no aguantaban el desgobierno conservador, apoyaron a Antonio López de Santa Anna para encabezar un movimiento militar, el cual desembocaría en la primera dictadura de manera transitoria, mientras se integraba un nuevo Congreso. Lógicamente la dictadura recayó en Santa Anna, este personaje que se vendía fácilmente incluso traicionando el interés nacional y que, a semejanza de un camaleón político, había sido realista, imperialista (casi príncipe consorte), liberal, conservador y ahora un mercenario que se proclama dictador vitalicio, con don Lucas Alamán como Ministro de Relaciones Exteriores, este personaje conservador que nunca cejó en su intento por establecer la monarquía en México, muere en ese mismo año, la política mexicana pierde a un distinguido luchador político, hombre culto, historiador y líder de los conservadores. Y en 1853, Santa Anna, en su calidad de Dictador,impuesto por los conservadores, vende a los EE. UU. El territorio de la Mesilla.

Los conservadores creían en la necesidad de un gobierno centralista fuerte, para resolver los múltiples problemas por los que atravesaba la República, con un ejecutivo a manera de dictador. Tal vez en lo relacionado con la necesidad de un ejecutivo fuerte con el poder necesario para poner orden, no les faltaba razón. Sin embargo, el enfoque de ellos era a más largo plazo, toda vez que lo que en realidad seguían buscando era la monarquía y, por lo pronto, apoyaban la dictadura con esas miras. Lo que deseaban realmente era, evitar la consolidación de la República, reforzar el Estado confesional y recuperar las ventajas y privilegios de clase, de los que siempre habian gozaban. También soñaban en darle más poder a la Iglesia, su aliada histórica y eficiente instrumento tanto de poder político como económico. Y, ¿por qué no?, volver un poco a los años de ensueño, con la pompa aristocrática y cortesana que tanto añoraban.

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EL PORFIRIATO

Las dictaduras cuando no son por ley, suelen estar disfrazadas como democracias, para guardar las apariencias sólo en la forma, porque en esencia y de hecho, ejercen un poder absoluto, despótico y tiránico. De esta forma, desde el punto de vista de la mayoría, los mas desamparados, como obreros y peones campesinos, durante 34 años ejerció el poder Porfirio Díaz, con la única excepción del intervalo en el que momentáneamente le prestó ese poder a su compadre y ministro de la guerra el general Manuel González Flores, ya que no le quedaba otra opción si quería respetar su propia reforma constitucional. Sin embargo otro era el punto de vista de la aristocracia y clases pudientes como hacendados, burguesía; para ellos todo marchaba “a pedir de boca”. Posteriormente, con la complicidad de un congreso dócil, previamente designado por él, fue adecuando la Constitución, hasta que le permitiera reelegirse cuantas veces quisiera.

Aquí, en el Porfiriato, podemos encontrar las raíces, del origen del sistema político unipartidista, llamado actualmente Sistema Político Mexicano (SPM) porque los “revolucionarios” que acabaron con el Porfiriato, adoptaron la mayoría de sus vicios. Actuando de hecho como la continuación de la dictadura y después como dictadura de partido se apropiaron del poder político de México a partir de marzo de 1929 durante más de 70 años. A partir del año 2000, también la oposición hecha gobierno adoptó el SPM traicionando a la mayoría de los electores y a los mejores intereses del pueblo de México. Paradójicamente quienes en el año 2000 ganaron el poder en forma democrática; salieron igual o peor que los iniciadores del SPM.

Regresando un poco en el tiempo, después de las elecciones de 1871 y de la muerte de Juárez en 1872; Profirió Díaz, quien se había inconformado. Tras proclamar el Plan de la Noria el 8 de noviembre de 1871, se levantó en armas en Oaxaca en contra del gobierno. Tomando, paradójicamente, la bandera de la no reelección: “para que ningún ciudadano se perpetúe en el poder”. La rebelión fue controlada y Sebastián Lerdo de Tejada aprovechó el tiempo para hacer importantes reformas constitucionales, aumentó el poder del ejecutivo y restituyó al Senado en el poder legislativo de la República.

Al término del periodo constitucional, Lerdo de Tejada trató de reelegirse, al hacerlo en aparente forma arbitraria y presuntamente fraudulenta, ocasionó las protestas de todos, incluso de su mismo gabinete. Los opositores liderados por Porfirio Díaz, proclamaron en 1876 el Plan de Tuxtepec que, entre otras cosas, establecía la no reelección. “Hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”, debió haber dicho el general Porfirio Díaz, quien más tarde se perpetuaría en el poder por medio de una dictadura de hecho, con la democracia solo como fachada, habiendo servido en esto de gran maestro a los “revolucionarios” que lo derrocaron. Por lo pronto, el mismo plan lo investía como “General en Jefe” del movimiento armado. El gobierno de Lerdo de Tejada hubiera podido controlar este levantamiento, de no ser porque el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José María Iglesias, a manera de golpe de Estado, desconoció la elección presidencial y desde Guanajuato lanzó un manifiesto asumiendo el poder ejecutivo. Esto dividió al ejército federal y lo hizo presa fácil de las tropas al mando de Díaz, quien ya no abandonaría el poder.

Se ha querido hacer un paralelismo entre Benito Juárez y Porfirio Díaz, que evidentemente existe: los dos eran oaxaqueños, don Porfirio también quedó huérfano, sólo de padre, a los 3 años, al igual que Juárez estudió en el Seminario y en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, y estudió leyes pero se inclinó por la carrera de las armas. Sin embargo, no existe nada más diametralmente opuesto que estas dos personalidades de la historia de México: Juárez, en sus convicciones políticas, era el reflejo de las teorías de Charles Louis de Montesquieu, y Porfirio, era fiel representante del ejercicio del poder según lo que se establece en el Príncipe de Maquiavelo; Juárez respetaba escrupulosamente los derechos humanos, mientras Porfirio ordenaba “mátenlos en caliente”. Los dos tenían una inteligencia privilegiada y un amplio conocimiento de la condición humana, la diferencia estriba en que uno la respetaba y el otro la utilizaba. Mientras que uno pensaba que “entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”, el otro instituyó el autoritarismo y el paternalismo, confundiendo el patrimonio de la nación con el patrimonio del gobernante y de la aristocracia por él protegida, con un gran desprecio hacia sus semejantes compatriotas indígenas, campesinos, trabajadores jornaleros, la mayoría del pueblo de México, a los que algunos de la aristocracia veían como “pelados” y definitivamente los consideraban inferiores. Recordemos el mural de Diego Rivera “La Alameda”, por muchos años en el hotel del prado. Juárez estaba por el Estado de derecho, por la separación de poderes y el respeto entre los mismos, por “el gobierno de las leyes y no de los hombres” y por el imperio de la ley para el beneficio de todos. Y Porfirio estaba por el Estado dictatorial, manejado a su libre arbitrio sin rendirle cuentas a nadie, con un Congreso dócil en donde la ley era él. En cierta forma como sucede hoy

Díaz gobernó con mano de hierro, lo que en algunos casos no es malo si se respeta el derecho, se dice que hizo mucho y es cierto. Hizo tanto como el trabajo de ocho presidentes juntos ya que gobernó por más de 8 periodos presidenciales, incluyendo el de su compadre. Lo cierto es que los pueblos tienen que avanzar y lo logran incluso a pesar de sus gobernantes, más todavía si el pueblo está cansado de tanta lucha fratricida, si lo que quiere es vivir en paz y, con esto tener la oportunidad de trabajar y superarse. Sin embargo, hay que reconocer que en regímenes dictatoriales como el de Díaz, con una buena administración se pueden lograr avances materiales extraordinarios. Durante el Porfiriato, los ferrocarriles crecieron al 12% anual, la agricultura floreció, la producción de alimentos aumentaba a mayor ritmo que la población, y la industrialización del país se inició con gran pujanza. A principios del siglo XX, México contaba con más de 5,000 fábricas de diversos productos. Las finanzas públicas también se vieron fortalecidas. Y hay que reconocer que en lo personal Porfirio Díaz fue austero. Pero cuando el dictador no tiene límites, suele pervertirse el poder del ejecutivo, (que debe ser supuestamente en beneficio del pueblo) para convertirse en tiranía, que oprime al pueblo y también a la larga debilita al tirano hasta hacerlo caer.

Mucho tuvo que ver en todo este progreso material durante el Porfiriato; el ánimo y la disposición del pueblo que, desde su independencia y aun antes, no había hecho otra cosa que luchar o cuando menos soportar el fragor de la batalla. Además de sufrir las consecuencias directas e indirectas de los diferentes movimientos armados, y de los diferentes bandos que siempre cobran al pueblo un “impuesto” de guerra, en forma forzosa e injusta. El pueblo estuvo sumido las más de las veces en conflagraciones internas y el resto del tiempo, luchando contra la invasión del extranjero. En estas condiciones casi no se habían tenido momentos de paz para construir la Patria. Sin embargo, el pueblo tenía muy presente, en la conciencia, que el progreso material no es lo más importante, sobre todo cuando se hace a costa del progreso social, de la libertad y de la dignidad de la persona.

El pragmatismo político, en donde el logro de lo propuesto es lo único que importa y todos los medios podían, no sólo explicarse, sino justificarse plenamente si se lograba el fin buscado, además de la concepción positivista fue la “filosofía” que animó al tirano con sentimientos de profundo aprecio y compasión por sí mismo, pronto al llanto mentiroso, y conmovedor de mentes ingenuas y pueriles. Don Porfirio siempre fue un viejo zorro, astuto, de múltiples mañas y gran habilidad política. En materia de humanismo tampoco contaba con muchos escrúpulos, lo cual demostró controlando eficientemente a malhechores y forajidos, pero también reprimiendo injustamente a grupos indígenas como los yaquis de Sonora y permitiendo la explotación de los trabajadores de la ciudad, del campo y de los mineros. Lo cierto es que, sin ser él mismo un gran administrador, se supo rodear de gente capaz y darles una cierta autonomía, estableciendo claramente las reglas del juego con lo que ejerció un férreo control político, lo cual nunca sale sobrando.

Fue Porfirio Díaz quien instituyó el “paternalismo” en la vida política nacional como uno más de los instrumentos de control político, basado en un profundo desprecio de la manera de ser del mexicano, o de lo que él creía que era la idiosincrasia nacional, sobre todo en las clases marginadas que eran la gran mayoría como ahora. Con esto nace la subestimación de la capacidad popular para determinar con libre albedrío su propio destino: “la sociedad mexicana no está preparada para gobernarse” o “no saben lo que quieren”, por lo tanto, Díaz sentía la obligación de perpetuarse en el poder, para esto contaba con los tradicionales aliados al poder; los hacendados, la burguesía y la alta jerarquía de la iglesia católica, además de la complicidad de las diferentes potencias extranjeras representadas en México; las cuales toleraban el régimen dictatorial ejercido por don Porfirio, mientras les favoreciera a ellos en sus intereses, como suele suceder, incluso en pleno siglo XXI.

Aquí nace también el presidencialismo mexicano que tiene sus raíces en la similitud de nuestra Constitución de 1824 con la de los EE. UU. de 1787, nuestros “libertadores” no se molestaron mucho y casi copian la de los EU. Este último también ha sido un país presidencialista, con la diferencia que su presidencialismo en muchas ocasiones ha podido ser instrumento de los mejores propósitos nacionales, lo cual demuestra que el presidencialismo no siempre es malo. En cambio, el nuestro ha sido perjudicial, salvo en la época juarista cuando fue dignificado como institución de gran lealtad y seriedad, habiendo servido para salvar a la República y a la Patria. A partir del Porfiriato, el presidencialismo se instituye como sinónimo de infalibilidad y de autoritarismo, sin importar que éste sea despótico. Y perduraría hasta nuestro tiempo, (siglo XXI), cuando menos en el ánimo servil de los cortesanos de siempre.

Europa, a través de Inglaterra principalmente, se interesó en México. La exploración y perforación de los recursos petroleros atrajeron a una serie de inversionistas extranjeros; esto ocasionó que los intereses británicos empezaran a competir “peligrosamente” con los estadounidenses en este campo. Hay que reconocer a Porfirio Díaz que inteligentemente, y a propósito; trató de diversificar los intereses y la inversión extranjera en México, por razones obvias; pero esto no le trajo la simpatía de las compañías petroleras estadounidenses, ni del gobierno de los EU. que veían amenazada la exclusividad de su “coto de caza”.

El progreso material de las grandes compañías nacionales y extranjeras, de sus intermediarios, de la clase política en el gobierno y de la aristocracia ligada a la esfera cercana a don Porfirio, era público y notorio. Aunque existía una clase media (reducida) con aceptables condiciones de vida, esto no sucedía para la gran mayoría de la población, en las clases populares y especialmente con los campesinos e indígenas que seguían siendo discriminados, explotados y arbitrariamente despojados de sus propiedades comunales, como lo habían sido desde la colonia, afectando su patrimonio y su dignidad.

La ley sobre deslinde y colonización de los terrenos baldíos fue promulgada a finales de 1883, creándose para esto “las compañías deslindadoras”. Éstas serían los únicos árbitros para establecer cuáles eran terrenos baldíos y, por lo tanto, susceptibles de apropiación. “Se afectaron las propiedades comunales indígenas, los manejos turbios crearon los latifundios, y un nuevo sistema de vida nació para el campo […] Fue del dominio público que personajes políticos se apoderaron de la tierra […] El dato más objetivo es que las haciendas en 1877 sumaban 5869, y en 1910 su número aumento a 8431, pero en manos de un reducido número de personas”[1]. Los campesinos mantenían el mismo estatus de la época de las encomiendas, agravado una vez más, ahora también con el despojo de sus tierras, al no poseer títulos “confiables”. Las tierras comunales fueron un platillo apetecible para muchos latifundistas, que devoraron sin piedad. “Las compañías deslindadoras” fueron un verdadero atraco a la propiedad de los campesinos mas pobres. Las llamadas tiendas de raya de algunas haciendas representaban verdaderos instrumentos de opresión y esclavismo, que mantenían al peón y a su familia en la miseria y eran, en cierta forma, una continuación de las encomiendas, los campesinos asalariados vivían en una situación de explotación, indefensión e injusticia constantes y endeudados de por vida, lo que se hacía cada vez más una escenario de esclavitud insostenible.

Desde entonces la migración, de esta gente hacia los Estados Unidos, comenzó a darse en forma sistemática, incluso a pesar del trato discriminatorio y vejatorio que recibían allende el Bravo. Esta migración desesperada, a pesar de que hubo una “revolución” supuestamente reivindicatoria de los trabajadores del campo y la ciudad, se siguió dando en forma continúa hasta la fecha, en pleno siglo XXI, por la explotación “institucionalizada” del trabajador de la ciudad y del campo y por la desesperanza que ellos sienten aquí para el futuro de sus hijos.

Las condiciones estaban dadas, los factores externos (los EU. ya no veían con buenos ojos a Díaz) y los internos se combinaban en una mezcla explosiva, el detonador lo dio la misma tozudez e intolerancia del dictador que se creía eterno. Como en la época de la independencia, las condiciones eran propicias para una insurrección del pueblo: el movimiento armado se dio, el chispazo encendió la paja propicia y el tirano cayó.

Mi abuelo, al tomar el café,

Me hablaba de Juárez y de Porfirio

Los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.

Mi padre al tomar la copa,

Me hablaba de Zapata y de Villa,

Soto y Gama y los Flores Magón.

Y el mantel olía a pólvora.[2]

 [1] Jorge Carpizo, La Constitución mexicana de 1917 (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1980) 25.

[2] Octavio Paz, “Canción mexicana”, Ómnibus de poesía mexicana, Ed. Gabriel Zaid (México: Siglo XXI) 584.

Textos tomados de “México y su Realidad” 3a Edición e-book de Antonio Fuentes Flores

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