Cómo fue la independencia de México

Tratando de alcanzar la Independencia de México

La tercera etapa de la historia de México se inicia en 1821 y se caracteriza por el principio del Estado mexicano y todos los grandes acontecimientos internos y externos que trajo el siglo XIX, un siglo marcado por el liberalismo, como la voluntad de cambio de la sociedad, en todos los campos, principalmente en lo político y lo económico. Y en México todavía influido por la filosofía positivista.

1808 fue un año que tuvo gran influencia en los destinos de la Nueva España; Napoleón I, el artífice del nuevo imperio europeo, doblega a la Corona Española y toma España con la complacencia de Carlos IV  y de su hijo el absolutista, que sería contrario a las Cortes de Cádiz y a la primera Constitución española, “el deseado” Fernando VII. Napoleón les “tomó el pelo” a ambos mediante las abdicaciones de Bayona e impuso a su hermano José Bonaparte como José I emperador de España y de las indias. Que tuvo un efímero reinado, de 1808 a 1812. En contraste, el pueblo español resistió fiera y valientemente, no sin sufrir la represión de los ejércitos napoleónicos. Estas acciones cruentas fueron plasmadas magistralmente por don Francisco de Goya y Lucientes en el lienzo de “Los fusilamientos”, para recordarnos el drama que vivió España en esa época.

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Los acontecimientos ocurridos en la Península sorprendieron grandemente a las elites políticas y económicas del virreinato de la Nueva España, contrariadas por la victoria de Napoleón. En estas condiciones, el virrey don José de Iturrigaray (1803-1808), partidario de los criollos y sus movimientos en la búsqueda de lo mejor para la Colonia y ante esta nueva circunstancia, en 1808 apoyó el establecimiento de un gobierno nacional. Que hubiera sido la transición hacia la independencia de España.  Sin embargo, se topó con el poder y los intereses creados de los peninsulares realistas, y “el 15 de septiembre, el rico hacendado don Gabriel de Yermo, con 3000 hombres, tomó prisionero al Virrey, a su familia y a los principales líderes del Ayuntamiento, Francisco Primo de Verdad y fray Melchor de Talamantes. Los españoles consumaron un golpe de Estado y nombraron como virrey interino a don Pedro de Garibay, quien para premiar a los golpistas abolió algunos de los molestos impuestos.”[2] Los auténticos movimientos independentistas se contaminaron con la nueva realidad que cambiaba radicalmente las condiciones políticas y los diversos intereses de los distintos grupos. Súbitamente, los realistas que apoyaban a la monarquía española se quedaron sin la motivación principal (sus relaciones en España, que perdían poder) y, paradójicamente, ahora empezaba a tener sentido para ellos mismos y sus intereses; la independencia a la que combatían. Sin embargo, esto tardaría en surtir efecto, por lo pronto, los realistas necesitaban tiempo para madurar toda la urdimbre de planes y conjuras, lo que los convertiría en esta forma también en “conspiradores” que estarían al acecho, esperando la oportunidad para no perder poder y privilegios que, como veremos más tarde se les presentó con el fracaso de los primeros movimientos patrióticos por la independencia de la Nueva España.

Hidalgo acorralado

Hidalgo acorralado

Las autenticas conspiraciones que años antes se habían iniciado por algunos criollos que buscaban la independencia y que habían brotado esporádicamente; ahora en 1810 tienen una erupción masiva. Los conspiradores de Querétaro, Ignacio Allende y Juan Aldama, al ver descubierto su movimiento, se reúnen en la parroquia de Dolores, en Guanajuato, con el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, hombre culto de educación jesuita y alejado de los atavismos hipócritas de la vida religiosa, pero entregado a ella. Habiendo sido alertados por la esposa del corregidor de Querétaro, doña Josefa Ortiz de Domínguez; el 15 de septiembre de 1810, deciden adelantar la insurrección precisamente en Guanajuato, la Intendencia más rica y con mayor densidad de población en la Nueva España. Convocaron a la población, principalmente campesina, a la lucha contra el opresor y el mal gobierno, dándose la madrugada del 16 de septiembre, lo que se conoce como el “Grito de Dolores”, desde el atrio del magnífico templo barroco que sirvió como primer escenario para el inicio de la lucha generalizada por la independencia. El pueblo, ya cansado de injusticias, explotación y vejaciones respaldó ampliamente el movimiento que cundió como reguero de pólvora, lo que permitió a los insurgentes avanzar con rapidez. La primera bandera fue la imagen de la Virgen de Guadalupe, que en una pica les sirvió como estandarte. Las victorias se sucedieron casi en forma continua; pero la de Guanajuato, en contra del intendente Riaño un hombre culto y de bien; a los 12 días de iniciado el levantamiento de Dolores, quedaría grabada en la conciencia y el ánimo de Hidalgo como algo que no debería volver a repetirse: el intendente, que se había refugiado en el granero de la Alhóndiga de Granaditas, fue asesinado, tras lo cual el pueblo enardecido toma, saquea e incendian la ciudad, sembrando muerte por todas partes, “esto no era lo que nosotros buscábamos”, cavilaba Hidalgo.

El 30 de octubre, en el Monte de las Cruces, con la Ciudad de México a la vista, tiene lugar la más grande victoria insurgente. Desde el punto de vista militar, no se explica por qué Hidalgo se retiró tras la batalla en lugar de avanzar sobre la ciudad de México con todas sus tropas victoriosas y suficientemente motivadas. Podía haberse dado de una vez por todas el golpe de gracia, “la puntilla” a la corona española. “Sólo el que carga la saca sabe lo que trae adentro”: ¿cuáles fueron las razones o los pensamientos que obraron en la mente del Generalísimo? Nunca lo sabremos, pero seguramente debió haber estado golpeándole la conciencia la hecatombe de Guanajuato y pesando grandemente en sus cavilaciones el riesgo de que se volviera a repetir lo mismo en la capital de la Nueva España. Es evidente que prevalecía en él; su vocación espiritual religiosa, sobre la del guerrero. Lo que sí sabemos es que esta decisión prolongaría hasta 1821 la consumación de la independencia, ya con otros protagonistas y otras motivaciones no todas tan justas ni auténticas como las que existieron en el inicio. El desanimo cundió en muchos de los insurgentes; el mismo Allende nunca estuvo de acuerdo con la retirada después de tener a “tiro de piedra” la ciudad de México.

Las tropas insurgentes se concentraron en Guadalajara, disfrutando Hidalgo de efímeros momentos de gloria. Ahí se les unió don José María Morelos y Pavón, el que previamente se había adherido al movimiento, habiéndole encargando Hidalgo la toma del fuerte de Acapulco; posteriormente tomaría el liderazgo y mantendría encendida la flama insurgente, tanto en el ámbito intelectual-ideológico como en el guerrero. Morelos era un hombre culto, generoso ,de buen animo que observaba los valores de lealtad, orden, justicia y disciplina.

Por lo pronto, Hidalgo de inmediato inició acciones legislativas para abolir la esclavitud y declarar a las tierras que habían sido comunales; como de uso exclusivo de los indígenas. Los ejércitos del Virrey al mando de Félix María Calleja, aunque inferiores en número, estaban equipados con el armamento adecuado y seguían un estricto orden y disciplina militar. En estas condiciones, enfrentaron a los insurgentes al mando de Allende y los vencieron el 17 de enero de 1811, cerca de Guadalajara, en la Batalla de Puente de Calderón, tras lo cual se dispersó una gran parte del ejército insurgente.

Hidalgo, y el grueso del ejército que quedaba, se dirigieron hacia el Norte. Al llegar a Saltillo, se decidió que Ignacio López Rayón que ademas de buen militar era abogado; quedaría al mando del ejército insurgente, encabezando la junta soberana que coordinaría los diferentes ejércitos y frentes insurgentes. Mientras que a Hidalgo lo marginaban del mando militar. Él y los otros líderes importantes partirían hacia los Estados Unidos resguardados por una tropa de 2,000 hombres al mando de Allende quien tenia diferencias con Hidalgo por los errores de estrategia militar cometidos, sobre todo en el Monte de las Cruces. No habían avanzado mucho cuando, al llegar a las cercanías de Monclova, el 21 de marzo de 1811, en Acatita de Baján; Ignacio Elizondo rodea a los 14 carruajes ocupados por los dirigentes y los aprehende. Su maniobra significó una gran traición al movimiento insurgente, toda vez que inicialmente les hizo creer que los esperaba para poner 342 efectivos a su servicio. Las tropas insurgentes en la retaguardia, al ver que tenían como rehenes a los generales, no tuvieron más remedio que rendirse sin oponer resistencia. Se dice que Allende, sin poder contenerse, le reclama su traición a Elizondo y lo golpea con un la pistola en la cara, por lo que los efectivos de éste asesinan a los acompañantes de Allende y a su hijo, quienes amenazaban con responder.

De Coahuila, los jefes insurgentes son llevados a Chihuahua, y en julio de 1811, después de haber sido sometidos a “juicio”, hacen firmar a Hidalgo confesiones en las que él se atribuye asesinatos despiadados en contra de gente inocente, lo que fue aprovechado por el clero para justificar su excomunión. Ya nos podemos imaginar las amenazas para que Hidalgo pudiera firmar tal confesión. Cada uno de los generales, fueron ejecutados todos, con excepción de Abasolo, quien para salvarse declara en contra de ellos. Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez son decapitados y sus cabezas cortadas y colgadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, como simbólico escarmiento público.

En España, con motivo de la invasión francesa, y su termino, se vivía una verdadera revolución, que lógicamente iba a tener un impacto importante en sus colonias. Se crearon las diputaciones provinciales como órganos representativos ante las Cortes convocadas en Cádiz, que promulgarían el 19 de marzo de 1812 la primera Constitución en la historia de España. Las Cortes de Cádiz estuvieron integradas por 308 diputados, compuestos principalmente por gente culta e ilustrada en las ideas políticas en boga, emanadas principalmente de los enciclopedistas y de la Revolución Francesa. Había muy poca representación de la burguesía, lo que quedó de manifiesto en los resultados finales. Desde el punto de vista ideológico, entre los diputados existían principalmente tres tendencias políticas: la de los liberales, partidarios del Estado laico, del principio de soberanía y de la separación de poderes, coincidente con el pensamiento de la Ilustración; la de los jovellanistas –por ser seguidores del pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos—, partidarios de las ideas de la Ilustración, de los enciclopedistas de Diderot, de la supremacía de la razón sobre el dogma y en contra de la inseparable mancuerna entre la aristocracia y la Iglesia en las tareas del Estado; y la de los realistas absolutistas, gente de la nobleza, la aristocracia y la burguesía, que eran los menos y los únicos partidarios de la monarquía que les permitiría conservar el statu quo que los favorecía. Seguidores por supuesto, estos últimos, del pensamiento dogmático, creyentes de la emanación del poder político proveniente de Dios y sus voluntad divina que validaba al rey y su dinastía, fieles defensores y aliados de la alta jerarquía eclesiástica y del catolicismo como la religión oficial y exclusiva del Estado.

Con la constitución de Cádiz se pretendía la creación de un nuevo orden frente a la sociedad estamental y el establecimiento de un nuevo precepto político basado esencialmente en el liberalismo. Sin embargo y paradójicamente, lo que se obtuvo fue una monarquía constitucionalista limitada por la división de poderes; su existencia fue efímera, pero preparaba el camino para el futuro. Se estableció un gobierno representativo con la facultad judicial y legislativa en manos de las Cortes, en acuerdo con el rey; la justicia se impartiría a nombre de éste, siendo facultad de los tribunales la aplicación de la ley y la expedición y ejecución de sentencia. Se establecía también el principio de soberanía nacional, los ayuntamientos constitucionales representativos, la libertad de imprenta, la inviolabilidad del domicilio y la igualdad de todos los habitantes del imperio. Una verdadera revolución dado el tiempo y el espacio. Lamentablemente, el rey Fernando VII, a su regreso, daba marcha atrás a los avances e invalidaba la primera Constitución de España, mediante su decreto del 4 de marzo de 1814, aunque posteriormente y obligado por la circunstancia, el 10 de marzo de 1820 se vería obligado a promulgar la misma Constitución.

“Los Sentimientos de la Nación”, expresados por el cura don José María Morelos y Pavón en el Congreso de Chilpancingo, convocado por él mismo, el 14 de septiembre de 1813 plasmaban los ideales de libertad e independencia de México, y el principio de soberanía popular[3]. Desde entonces, se clamaba por una mejor y más justa distribución de la riqueza, así como por la abolición de la esclavitud y de la distinción de castas. Ahí mismo se señalaba el concepto de felicidad como el goce de la igualdad, la seguridad, la propiedad y la libertad. Morelos se proponía organizar un gobierno para el inicio de la independencia, con plena separación de poderes. Pero el profundo sentimiento patriótico del “Siervo de la Nación”, como el mismo se calificó cuando el Congreso pretendía que él encabezara el gobierno con el nombre de “Generalísimo”, así como sus auténticos ideales insurgentes, muchos de ellos inspirados en la Revolución Francesa y plasmados en esta efímera Constitución de Apatzingán, iban a sucumbir ante la superioridad del enemigo y el cúmulo de intereses oportunistas que mañosamente se sumarían a la “causa” de la Revolución de Independencia. Paradójicamente, el Congreso de Chilpancingo, al promulgar en Apatzingán en octubre de ese año la constitución que habían aprobado; dejaba sin poder al ejecutivo, maniatando al “Generalísimo”.

El mismo Congreso asumía un poder desproporcionado con las medidas estrictas que le facilitaba la nueva constitución; de modo que ahora éste nombraría a los otros dos poderes. Queremos pensar que tal vez se tomaron estas medidas con la mejor de las intenciones para salvaguardar los intereses del pueblo que supuestamente representaban, aunque con poca inteligencia y sin visión estratégica. Pero este Congreso ni siquiera representaba a ninguno de los estratos populares; sino sólo a una pequeña minoría de la clase media alta, dentro de la cual se suponía que estaban los que tenían la preparación necesaria requerida en estos menesteres: sacerdotes, abogados, etc. Los miembros de tan ilustre Congreso seguramente no conocían la historia de Roma cuando iniciada la República, en donde para resolver causas graves que ponían en peligro la estabilidad del Estado, se instituyó por ley la dictadura. Seguramente no conocieron tampoco la figura de Lucius Quincius Cincinatus. Porque lo que aquí se requería era concentrar todo el poder en una sola persona para tomar decisiones sin otros intereses que no fueran los de la nación en proyecto y sin dilación alguna. Esto le habría dado la oportunidad a Morelos, con la capacidad y honestidad que ya había demostrado; para controlar de mejor manera la situación de guerra y consolidar la República por la vía de la fuerza, que no había otra forma. Por el contrario, el Congreso diluyó a Morelos en un triunvirato. Y se le dio a escoger entre el mando político y el mando militar. Más tarde, Morelos, cercado por todas partes, tuvo que hacer frente a un enemigo muy superior y en mejores condiciones que él. Fue apresado, propiciando con esto, paradójicamente, que los miembros del Congreso pudieran escapar. Posteriormente fue sometido a la “santísima Inquisición” y como Hidalgo, degradado como religioso y condenado a muerte por herejía. Fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre de 1815. Paradójicamente Morelos fue siempre fiel a la religión católica, al grado de seguirla considerando como la religión oficial en sus proclamas para la nueva nación, sin comprender cabalmente que la llamada iglesia católica, en su alta jerarquía siempre estuvo al lado del opresor y nunca del oprimido.

El Congreso, que surgía así convocado por Morelos, en pago; lo marginaba y le quitaba el título de Generalísimo, mismo que él nunca solicitó. Tal vez por ignorancia, ineptitud y estupidez, mordieron la mano de quien los había alimentado. El mal agradecimiento es propio de la gente pequeña y vil, que cuando tiene un poco de poder se llena de soberbia y prepotencia. Pero probablemente, más que los mal agradecidos dentro del Congreso, que los había, el mal mayor fue la ignorancia de la historia, de la realidad y de la circunstancia que se estaba viviendo; cortaron las alas del Águila Real que ya no pudo remontar el vuelo, y propiamente la entregaron en manos de los enemigos de la nación mexicana que quería nacer mediante un nuevo orden, con verdaderos estadistas como sus guías. Morelos había aglutinado en torno a él una pléyade de grandes líderes de diversa personalidad como: don Hermenegildo Galeana, don Juan Álvarez, Vicente Guerrero, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria y muchos otros que amaban a México y tenían verdadera vocación de estadistas. Otra historia muy diferente tendría México si en sus inicios inmediatos sus guías hubieran sido verdaderos “siervos de la nación”, verdaderos estadistas, como sucedió con los Estados Unidos, y no ególatras con intereses diferentes a los de la nación mexicana, como Agustín de Iturbide y Antonio López de Santa Anna.

Más tarde, en 1817, cuando la rebelión insurgente estaba casi dispersa, se da un raro paréntesis con el desembarco en Soto la Marina de don Francisco Javier Mina, liberal idealista y soñador, al mando de un puñado de mercenarios. El liberal español había sido desterrado a Inglaterra por la monarquía y había entrado en contacto amistoso e ideológico con don Servando Teresa de Mier. Este polémico escritor y ex religioso dominico, sostenía desde Londres que por la invasión francesa; al no existir ya el rey de España, la Nueva España adquiría automáticamente su independencia, toda vez que los antecedentes históricos y los preceptos legales establecidos por la Corona, volvían a las colonias dependencias directas del rey. Tesis original y difícil de contradecir. Sin embargo, no sería en el terreno del derecho en donde habría de dirimirse tal asunto. Don Servando y don Javier emprendieron juntos la aventura por la causa de la independencia, pero lamentablemente su movimiento no logró prender y fueron derrotados y apresados. El primero fue exiliado, y el segundo, ejecutado.

La mejor carta de los ex realistas y ahora otra vez realistas, para sus nuevas aspiraciones; ahora sí de “independencia”; era Agustín de Iturbide, general realista, distinguido por su encono contra la insurgencia. Lo consideraban como un militar exitoso, por sus batallas ganadas en contra de los insurgentes, y como alguien digno de la confianza del alto clero y de la aristocracia, y con capacidad y “méritos” suficientes para encabezar el nuevo gobierno. Ya que en realidad era el mejor líder de los intereses realistas. Había luchado en contra de Morelos y combatió a los últimos reductos de la insurgencia encabezada por don Vicente Guerrero.

A principios de 1820, los liberales en España obligaron al Rey Fernando VII a promulgar la Constitución española del 19 de marzo de 1812, con lo que se volvían vigentes todos sus postulados y se eliminaba el virreinato. Naturalmente, a los peninsulares y criollos hasta ese momento realistas, ahora no les convenía estar sujetos a esta legislación, por lo que urdieron la que posteriormente fue conocida como la “conspiración de La Profesa”. En un principio, se pretendía dar otro golpe de Estado, pero ahora no similar sino al contrario de lo que se dio contra el virrey Iturrigaray. Ahora si querían la independencia, pero a la medida de sus intereses. Sin embargo, discurrieron con astucia, que no debería tener el plan otro propósito que el de lograr hacerse ellos del movimiento de independencia para desligarse de España, y así conservar el poder y seguir gozando de los privilegios, políticos, económicos y  religiosos. Que hasta ahora habían tenido con la forma de gobierno absolutista. En estas condiciones, don Matías Monteagudo, director de la casa de “ejercicios espirituales” ubicada en la calle del Templo de La Profesa, y el Dr. Don José Tirado, ministro de la Inquisición, fueron los principales conspiradores. Uno de los acuerdos más importantes para lograr sus propósitos fue precisamente apoyar a don Agustín de Iturbide para hacer que fuese nombrado comandante de los ejércitos realistas del sur, y fortalecerse así  para derrotar a los últimos reductos de auténticos insurgentes y en estas condiciones; poder lograr ellos firmar la independencia y quedar en la primera plana del nuevo gobierno.

Agustin I

Agustin I

Iturbide y sus adeptos, todos ellos miembros de la aristocracia, preocupados; no por la nueva nación mexicana, sino por cómo conservar sus privilegios y aprovechar la oportunidad que se presentaba de obtener adicionales; pusieron todo su empeño y diligencia en vencer a los insurgentes. Sin embargo, tras verse imposibilitados a derrotarlos, Iturbide envió una serie de cartas a los diferentes líderes insurgentes donde los halagaba y les sugería la posibilidad de aliarse y de otorgarles el indulto, que rechazaron en forma terminante. Sin embargo consiguió concertar una entrevista con Vicente Guerrero en Acatempan; después de no lograr embabucar a Guerrero para que aceptara el indulto que se le ofrecía por deponer las armas, vio la conveniencia de pactar con el líder de los insurgentes, ya desgastados y debilitados, a quien con labia y engaños convenció para que juntos proclamaran el “Plan de Iguala” de las Tres Garantías: religión católica, unidad nacional e independencia de España, como algo benéfico para todos y para no derramar más sangre, razón por la cual los Insurgentes aceptaron.

Lo cierto es que Vicente Guerrero y los demás jefes como don Guadalupe Victoria, no veían otra salida, por lo tanto tuvieron que aceptar el plan que se les proponía. Se dice que al final, hipócritamente, Guerrero fue abrazado por Iturbide; en esta forma “el lobo se convertía en el pastor de las ovejas” y para colmo, Iturbide seria el firmante en caso de que se lograra la independencia de España. Paradójicamente el mismo plan pedía que viniese a gobernar a la nueva nación; Fernando VII (con toda seguridad por sus “excelentes méritos”), o alguien de la casa real. O esta fue una estratagema para acelerar la firma de las partes por la independencia, o los exrealistas  estaban pésimamente mal informados, o su ingenuidad, servilismo y complejo de inferioridad no tenían límites. Nunca lo sabremos.

Los Diputados de la Nueva España ante las Cortes españolas apoyaron el Plan de Iguala, pero lo más que lograron fue que mandaran a un nuevo virrey o a su equivalente ya que no existía más esta figura. En estas condiciones se envió a don Juan O’ Donojú, en calidad de “Jefe político superior de la Nueva España”, una persona inteligente, con sentido común, bonhomía y sobre todo de pensamiento liberal; quien pronto se daría cuenta de la gran demanda popular por la independencia, de lo importante que resultaba la  unión de realistas e insurgentes y que no le convenía a la Corona prolongar una situación insostenible o tener un rompimiento radical, ni era este el momento para ello. Por lo tanto, y de acuerdo con el Plan de Iguala, el 24 de agosto de 1821 lo firmó con Agustín de Iturbide mediante el Tratado de Córdoba (los Tratados de Córdoba), que concedía, después de 300 años de dominio español, la independencia a la Nueva España. Pero creándose para esto el “Imperio Mexicano”, con la pretensión de que lo encabezara el mismo Rey de España Fernando VII de Borbón o alguien de su descendencia directa. ¡Bonita independencia! Don Agustín, una vez obtenidos los propósitos deseados y contando con el apoyo incondicional de la alta jerarquía de Iglesia Católica, a quien “había salvado” y lo consideraban como su héroe y paladín; ahora, ni “tardo ni perezoso”, ve para sí la gran oportunidad y toma a su cargo encabezar el nuevo gobierno.

Agustín de Iturbide Integró de inmediato una Junta gubernativa de la cual injustamente, excluyó a los auténticos insurgentes, traicionándolos y traicionando el pacto de unidad nacional establecido en  del Plan de Iguala. Y a continuación se hizo nombrar regente, y como recibiera el trato de Alteza Serenísima; adoptó una actitud de “acendrado patriotismo”, y razona: ¿por qué ha de venir a gobernarnos Fernando VII?, ¿por qué no un mexicano? ¿Por qué no yo? Y como si se vivieran los tiempos actuales; hace que sus allegados preparen una manifestación popular encabezada por un tal sargento Pío Marcha, para presionar y lograr el voto favorable del Congreso. Previamente hace que una comisión de notables encabezada por la alta jerarquía eclesiástica le venga a pedir que se “sacrifique” por la patria, porque él y nadie más que él deberá ceñir la Corona del Imperio Mexicano, aunque ni él ni los redactores de “los tratados de Córdoba” tuvieran la mínima idea de lo que era o significaba un imperio.

De esta manera los realistas, en contra de quienes se había iniciado la Revolución de Independencia; ahora se convierten, para efectos prácticos, en la nueva clase política Mexicana encumbrada, compuesta principalmente por el alto clero, los peninsulares, algunos criollos, la burguesia y la “nobleza” en ciernes, conformada fundamentalmente por los realistas, la aristocracia ya existente y algunos otros nuevos, dentro de los cuales se improvisaron títulos nobiliarios, en esta forma se vivió, durante las ceremonias de coronación de Agustín I, un paroxismo tal que hizo la alta sociedad,  olvidarse, de la verdadera situación de México. En primer lugar porque no conocían la cruda realidad mexicana, ni tenían posibilidades de darse cuenta debido a su estilo de vida. El cual, ellos pensaban que iba a mejorar sustancialmente por los privilegios y canonjías que en su nueva calidad de cortesanos miembros de la aristocracia y ahora de la “nobleza”, les correspondería.

La realidad era, que con la guerra de Independencia el país había quedado destrozado: más de medio millón de mexicanos en edad productiva habían muerto, lo que representaba a casi la mitad de la población económicamente activa, una gran proporción de la población había quedado ya desde antes, como resultado de la colonia, con una gran desigualdad en condiciones precarias y de desamparo, lo que la hizo, en el mejor de los casos, presa más fácil de la explotación. En el aspecto económico naturalmente la producción se desplomó estrepitosamente. Se puede decir que la nación mexicana nace con una deuda pública de varias decenas de millones de pesos, cuando el presupuesto de gastos del erario, en 1822, era de trece millones de pesos.

Antonio López de Santa Anna, comandante de las fuerzas realistas en Veracruz, persona joven, temeraria, osada, oportunista y acomodaticia como ninguna, que aunque sabía del acuerdo del Plan de Iguala y del armisticio entre realistas e insurgentes; siguió batiendo a todo grupo insurgente que se encontrara desinformado y sobre todo desprotegido, con el único propósito de acumular méritos para su ascenso, aunque tuviera que asesinar a “unos cuantos”. Con esta trayectoria moral logra ser nombrado Comandante General de la provincia de Veracruz por el emperador Agustín I. don Antonio acude puntual a la ceremonia de “besa manos”, que desde entonces quedaría como un paradigma del protocolo político mexicano, practicado fervorosamente por gente vil, como Santa Anna, aunque en esta ocasión de nada le sirviera. Santa Anna, por más que lo intentaba y aun valiéndose de interpósitas personas, no lograba que lo integraran dentro de los cortesanos allegados a la “familia real”.

Antonio López de Santa Anna, después de practicar todas sus artes y no avanzar en sus intenciones, estaba desconsolado y angustiado con la sola idea de la posibilidad de quedar marginado de la corte imperial. En estas condiciones discurrió un plan que lo pintaría de cuerpo entero, que identifica desde entonces a muchos “políticos” mexicanos que no tienen escrúpulos, ni dignidad, ni principios, capaces de sacrificar a su familia y hasta su propia madre, si fuera preciso, para lograr sus propósitos. En esta ocasión no llegó a tanto. Resulta que se dio cuenta de que una de las hermanas del emperador estaba soltera y casualmente ¡él también! Doña María Nicolasa, ahora princesa de Iturbide, podría ser para don Antonio, no sólo el pasaporte para ingresar a la corte del emperador, sino para poder llegar a ser un miembro de la nueva dinastía imperial. Y con sus dotes de malabarista y trapecista en el circo de la política y sin principios que respetar, no le sería muy difícil llegar a la cúspide. No importaba que él tuviera sólo 28 años y la desgraciada Nicolasa pasara de los 60.

“Era bastante fea doña María Nicolasa y los años se le notan. Pero el que se case con ella será príncipe, Gran Cruz de la Orden Imperial de Guadalupe, Excelentísimo y Grande del Imperio. Las damas de honor de la emperatriz tendrán que contestar a su saludo con una reverencia y los mayordomos de semana o gentiles hombres de cámara no podrán pasar altaneros o indiferentes a su lado. Santa Anna determina arrostrar el ridículo.

Cada vez se insinúa más, retiene por más tiempo la mano de doña María Nicolasa al besarla. Cuando encuentra ocasión, le ofrece el brazo para pasear por los salones y la invita a ver la ciudad y la noche desde algún apartado balcón. Ella no se muestra del todo desagradada. A veces, alguna frase picante de su joven galán la obliga a cubrirse el rostro marchito con el abanico. No es ya la edad para sentir rubores, pero hay que fingirlos, cuando menos.

La corte murmura. Se comienza a perder el respeto a la princesa de Iturbide. Las damas que antes no ponían la mirada en el brigadier con letras, se fijan en él irónicamente. Y alguien, quizá el obispo don Antonio Joaquín, habla al oído del emperador. Primero risa. Después, indignación. Orden terminante sobre el desvergonzado galanteador: -Que se vuelva a Veracruz ¡inmediatamente!”[4]

Iturbide había clausurado el congreso y esto fue “la gota que derramó el vaso” y colmó la paciencia de los insurgentes. Desgraciadamente, el habilidoso y frustrado cuñado del Emperador, el hábil “trapecista político”, el tránsfuga, don Antonio López de Santa Anna, astutamente capitaliza el descontento y con toda desfachatez se une a Guadalupe Victoria, quien tenía el propósito de restablecer el Congreso, y mediante el plan llamado de Casa Mata se dirigen, el 1º de febrero de 1823, en contra de Iturbide. El Emperador, que ya se temía la reacción airada y justa de los verdaderos insurgentes hechos por él a un lado, viendo a su gobierno ya sin el aval de las Cortes españolas, habiendo perdido la confianza de casi todos, debido a lo hueco de un imperio sólo de nombre, con un congreso disuelto y, principalmente, por la situación económica que no le había resultado lo que él esperaba, resuelve, para no complicarse la vida y negocia su abdicación y destierro en buenas condiciones económicas.

Santa Anna, con una gran desvergüenza, pero haciendo gala de su habilidad, proclama nada menos que la República. Así, paradójicamente un realista proclamó la Independencia de México y otro realista de igual calidad, proclama la Republica, más adelante se apropiarían una vez más del movimiento republicano, como ya había sucedido con el Plan de Iguala durante la Independencia. La impunidad para el poderoso, un vicio heredado, desgraciadamente ha prevalecido desde el principio en el Estado mexicano como cultura política negativa, contaminando a los sistemas judicial y legislativo, y viciando la impartición de justicia.  De esta forma, el surgimiento del Estado mexicano y la auténtica lucha por la emancipación del pueblo de México nacen contaminados.

México sigue encadenado

México sigue encadenado

 

[1] Actualmente ubicada frente al Palacio de Minería en la Ciudad de México.

[2] Josefina Zoraida Vázquez, Interpretaciones de la Independencia de México (México: Nueva Imagen, 1997) 18-19.

[3] Actualmente expresado en el Artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos

[4] Rafael F Muñoz, Santa Anna. El dictador resplandeciente (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1983) 49.

Texto tomado de “México y su Realidad” 3a Edición de Antonio Fuentes Flores.

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6 pensamientos en “Cómo fue la independencia de México

  1. ESTIMADO TOÑO:

    HACE ALGUNOS AÑOS LEI EL LIBRO DE MARIO MOYA PALENCIA : ” EL ZORRO ENJAULADO “, EN EL CUAL SEGUN LA CRONICA, REALIZO ESTUDIOS DE INVESTIGACION HISTORICA POR VARIOS AÑOS RELACIONADOS CON LA VIDA DE HIDALGO.
    LO QUE ME LLAMO LA ATENCION, FUE CUANDO AFIRMA QUE ALLENDE TOMA PRISIONERO AL CURA EN SU RUTA ( O HUIDA ) HACIA EL NORTE DE MEXICO BUSCANDO EL REFUGIO DEL VECINO PAIS.
    PREGUNTA : ¿FUE HIDALGO REHEN DE LOS INSURGENTES PARA GARANTIZAR LA SEGURIDAD DE LOS ALTOS MANDOS ? O ES SOLO UN MITO HISTORICO…
    UN ABRAZO, I. QUIÑONEZ

    • Hidalgo nunca fue rehén de los insurgentes. “Él, y el grueso del ejército que quedaba, se dirigieron hacia el Norte. Al llegar a Saltillo, se decidió que Ignacio López Rayón quedaría al mando del ejército insurgente, mientras que a Hidalgo lo marginaban del mando militar”.Como lo digo en la publicación de hoy. Esto nos da una idea del costo del error cometido por Hidalgo al no atacar a la ciudad de México después de la batalla del monte de las cruces.
      Saludos

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