ANQUILOSAMIENTO DEL SISTEMA POLITICO MEXICANO

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GUSTAVO DIAZ ORDAZ

Al final de la década de 1960, particularmente en el 68 y con el régimen de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), se llega a la evidencia de los estragos del “desarrollismo”. No solo en México sino en la mayor parte del mundo, se empezó a cuestionar principalmente en Europa y en los EU. el desarrollo al que se había llegado, es decir, de qué sirve el desarrollo o a quién sirve éste: sí la resultante es la destrucción del medio ambiente natural y la afectación negativa de la calidad de vida, si se sacrifican las condiciones de vida en busca de sus satisfactores. He aquí la gran paradoja. En esta época se siente en México la absoluta necesidad de participación, y para esto se demanda la vigencia de la democracia, de poner un “hasta aquí” al autoritarismo de los regímenes políticos emanados del sistema unipartidista, de hacer valer el Estado de derecho que pretendidamente debía ser México. A tal grado se dejó sentir la necesidad del cambio; que en el mismo partido oficial (PRI) se dio un movimiento en busca de la renovación de éste para lograr la democracia interna, encabezado por el político tabasqueño Carlos Madrazo, al cual veladamente tratan de responsabilizar del movimiento del 68. Madrazo es nulificado por el sistema y destituido, por no decir destruido o asesinado.

El clima creado por la demanda creciente de reivindicaciones sociales, ocasionado por la toma de conciencia de la realidad mexicana en contra del autoritarismo e intolerancia del régimen; la reacción ante los movimientos en Europa y Norteamérica, particularmente entre los jóvenes alentados por la posibilidad de participación positiva; fue como un chispazo, un detonador que en cierta forma el régimen o más bien la secretaria responsable de la seguridad ya estaban esperando para capitalizarlo a su conveniencia. Lo que demuestra que el inicio de los disturbios del 68 fueron mayoritariamente provocados ex professo, ya que lo único que sí se sabía y más que saber se sentía, era que las cosas no marchaban bien en México, como en tantas otras partes del mundo.

La situación en México se complicaba más por la “responsabilidad” de celebrar las Olimpiadas del 1968 y por la proximidad de las elecciones presidenciales, lo que dio pie para que se hiciera creer con más fuerza que el movimiento tenía como objetivo, entre muchos otros aviesos, no solo el boicot de las Olimpiadas, sino la misma desestabilización del país. Ocasionando así, como hemos visto, que se estimulara el enfrentamiento entre los estudiantes preparatorianos y entre el gobierno y la sociedad. Que tras varios meses (2.5) de provocaciones, primero entre los mismos estudiantes, luego entre las diversas ideologías, astutamente estimulado y manipulado para servir a los intereses electorales para el ejecutivo federal; desembocó en la matanza del 2 de octubre de ese año, en la cual no entraré en detalle porque ya se ha escrito mucho y muy bien acerca de ello. De lo que podemos estar seguros es que la masacre fue una acción premeditada, para crear una situación de emergencia política. Pero al mismo tiempo fue precipitada, irracional, brutal e injusta, porque cobró una cuota de sangre que la sociedad mexicana no estaba dispuesta a pagar y que no tenía por qué hacerlo. Como hemos visto, esto no sucedió espontáneamente, sino que fue perversamente inducido. Nada en la política mexicana es obra de la casualidad, sino más bien de la causalidad; todo tiene una razón de ser y un resultado lógico, que si se le busca, se le encuentra.

Por otro lado, las dos grandes obras materiales en la Ciudad de México bajo el mandato de Díaz Ordaz fueron: el inicio de las obras del drenaje profundo en 1967, y la construcción del Sistema Metropolitano de Transporte Colectivo de la Ciudad de México, “el metro”, inaugurado el 4 de septiembre de 1969, dando una solución inteligente al problema de la movilidad en el Área metropolitana de la ciudad d e México. Se logró un crecimiento sostenido del PIB superior al 3% y el más bajo índice de inflación (inferior al 3%); se realizó una importante inversión en materia de infraestructura hidráulica, carretera y de telecomunicaciones; se construyeron 60 aeropuertos en los puntos más importantes del país; se hizo el levantamiento aéreo fotogramétrico del territorio nacional; se dio un manejo adecuado de la economía que estuvo a cargo, otra vez, de Antonio Ortiz Mena, lo que hizo que se hablara del milagro mexicano.

Con Gustavo Díaz Ordaz el sistema político mexicano (SPM) llega a un grado de esclerosis múltiple crónica, anquilosado en una época en donde en el entorno mundial esta cambiando y se cuestionaba la miopía política que llevó al mundo al “desarrollismo” con la afectación negativa de la calidad de vida. En donde su gobierno autoritario se cerró absolutamente a cualquier cambio; demostrado esto en la intolerancia a la renovación y democratización dentro de su propio partido. Enrique Krauze nos dice: “Asumió la investidura presidencial (la «majestad», diría él) no solo con un sentido de poder absoluto, sino con una aura de infalibilidad, de inaccesibilidad, de intocabilidad casi teocrática. Sin la caballerosa suavidad de Ávila Camacho, el cinismo práctico de Alemán, la ironía maquiavélica de Ruiz Cortines, el desapego bohemio de López Mateos, Díaz Ordaz creía religiosamente que el sistema político mexicano era el heredero de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Y en lo alto el sistema, como en la cúspide de una pirámide prehispánica, dominando la historia, la moral, la razón y el futuro, se hallaba él, el tlatoani presidente. Semejante figura podía conceder algunas gracias, pero no ceder un ápice de autoridad sin perder su identidad”[1].

Al haber asumido Díaz Ordaz “íntegramente la responsabilidad” por los acontecimientos del 68, en su Quinto Informe de Gobierno, dejaba libre el camino hacia la presidencia a su Secretario de Gobernación, quien no solamente era el corresponsable con el Presidente por estos actos, sino presuntamente el verdadero responsable que, al final del sexenio y por los mismos acontecimientos y el necesario ejercicio del control para paliar las consecuencias de la emergencia política provocada por él mismo, quedaba; en su calidad de Secretario de Gobernación, como la mejor carta del Presidente para la sucesión. Así, a Luís Echeverría le habían resultado bien sus planes y empezaba a mostrarse, como amo y señor del manejo maquiavélico (con el perdón de Niccolo).

Textos tomados del Ensayo “México y su Realidad” 3a Edición de Antonio Fuentes Flores

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[1] Enrique Krauze, La Presidencia imperial (México: Tusquets, 2004) 398.

[2] Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, Posdata, Vuelta a El Laberinto de la Soledad (México: Fondo de Cultura Económica, 1986) 281- 282.

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