Cómo influyó la cultura romana en España y esta en la mexicana

Romulo y Remulo

El surgimiento de Roma está envuelto entre lo mítico y la verdad histórica. La explicación a esto es que la parte medular de la historia antigua de Roma, en lo que se refiere a sus orígenes, fue escrita por Tito Livio en base a la Eneida de Virgilio, encargadas ambas, tanto el poema épico como el relato “histórico” por el emperador Octavio Augusto, 700 años después de la fundación de Roma, cuando está ya era un imperio en ciernes. Octavio hizo esto para justificar a posteriori, con la ayuda de un poeta y un historiador; la nobleza del origen del Emperador y la misión hegemónica de Roma. Por lo tanto, había que explicar de dónde venía tanta magnificencia, al extremo tal de pretender convertir en semidiós a su fundador, cuando éste debió haber sido sólo un ser humano casi como cualquier otro de su tiempo, seguramente convertido en excepcional, gracias a la circunstancia y a sus cualidades intrínsecas apropiadas. Lo más probable es que no haya sido la tarea de un solo hombre, sino de un conjunto liderado por él y por quienes le siguieron en los comienzos de la trascendental tarea.

Los grandes periodos de Roma son: la Monarquía (753-509 a.C.), la República (510-27 a.C.) y el Imperio (27 a.C.-476 d.C.). 1229 años, de los cuales en más de la mitad (692) prevalece el dominio de Roma sobre Hispania.

En el principio, su estructura social estaba compuesta por patricios y plebeyos. Los patricios se originaron de los patres, jefes de los clanes, escogidos por su experiencia y sabiduría, y eran los que integraban la nobleza y la asamblea del pueblo, la “Comitia Curiata”, que en su comienzo estaba compuesta por treinta curias, diez por cada tribu, dando así origen al Senado romano. Es de notar cómo desde un principio, en la cultura romana, la familia fue la clave de la organización social. En el inicio, los plebeyos que eran todos aquellos no podían ser patricios, quedaban excluidos de la Asamblea; sin embargo, y como era de esperarse, con el tiempo fue creciendo desproporcionadamente su número en relación con los patricios y, con esto, su “peso específico” y la presión social por las crecientes demandas para lograr un trato más justo. Esto llegó a ser determinante en la composición social en ese tiempo y característico del proceso histórico de la cultura romana en la lucha de la plebe por lograr su reivindicación. Esto en cierta forma, también ha sido parte fundamental del proceso histórico de la humanidad.

Los siete reyes del periodo monárquico que ejercieron las tres tribus originales (etruscos, latinos, y sabinos) fueron: Rómulo (muy posiblemente etrusco, 753-715 a.C.), Numa Pompilio (sabino, 715-673 a.C.), Tulio Hostilio (latino, 673-641 a.C.) y Anco Marcio (sabino, 641-616 a.C.); les siguen los tres reyes de la llamada dinastía etrusca (aunque el segundo de ellos lo fuera solamente por adopción); el primero Lucio Tarquino Prisco (Lucumon) (616-578 a.C.), Servio Tulio (578-535 a.C.) y el tirano Tarquino el Soberbio (535- 509 a.C.), quien con su despótico proceder ocasiona el fin de la Monarquía.

El rey era el gran patriarca en toda la extensión de la palabra, toda vez que era el poseedor del imperium o poder político supremo y también el jefe espiritual, el que oficiaba los actos religiosos asistido por las sacerdotisas de Vesta, lo que le confería un “halo místico” y sagrado. Esta dualidad sería fundamental en el proceso político que dio origen al Imperio y posteriormente, al manejo de un poder político de dominio efectivo mediante la liga de la Iglesia y el Estado por medio de una religión oficial, exclusiva y obligatoria. Y si en sus inicios el rey era el sumo sacerdote del Estado romano, que atendía personalmente el culto de la diosa Vesta; el paterfamilia lo emulaba en su territorio doméstico, toda vez que llevaba el culto religioso a los dioses domésticos de la familia o “penates”, lo cual ayudaba también a la consolidación del poder matizado por la dualidad político-religiosa. Era ésta en sus inicios una cierta forma de teocracia primitiva muy bien estructurada, en donde todavía no se habían adoptado plenamente las deidades antropomorfas griegas y su panteón.

Al caer la Monarquía, se instauraría la República aristocrática que tendría una duración de 472 años; a partir de la República y hasta el fin del imperio romano se estableció la institución del Consulado, eligiéndose dos cónsules, magistrados por periodos anuales. Se fortaleció la institución de la asamblea democrática mediante el Senado, y la plebe obtuvo muchas de sus reivindicaciones que habían quedado pendientes durante el periodo de la Monarquía. La República termina con Julio César, padre adoptivo de Octavio César Augusto, el primer Emperador, que responde a la nueva circunstancia de una Roma transnacional, en donde la estructura política de la República se vio totalmente rebasada. Por esta razón, Julio César, con visión de estadista y vocación imperial, dejó establecidas las precondiciones para la construcción y el establecimiento del Imperio.

Durante la República romana, la antigua magistratura única, el Magíster populi, es substituido por el Dictator, con carácter de magistratura extraordinaria. Surge así la dictadura, creada por ley, como una forma extraordinaria de gobierno y sólo ante una amenaza extrema al Estado, que demandaba la decisión, sin barreras legales, sin titubeos ni dilaciones, de una sola persona con poderes absolutos para ejercer el mando, pero por tiempo determinado (seis meses) y para un fin preciso y concreto. Para esto era electo por el senado y los dos cónsules de acuerdo a la ley ex professo de la dictadura romana. Los cónsules quedaban subordinados al dictador durante su encomienda; sus decretos surtían efectos de ley y de ser necesario suponía incluso la suspensión temporal de la legislación vigente.

Con el Imperio Romano y su dominio de Europa, el norte de África y Asia-Menor; se da el primer ejemplo de un mundo global, con estrategias políticas y económicas no muy diferentes a las actuales, durante más de 500 años y 82 emperadores, desde Octavio Augusto, el primer gran emperador, hasta Rómulo “Augústulo”, un imberbe a quien no quisieron llamar “Augusto”, la denominación de los emperadores romanos, sino utilizando su despreciativo: Augústulo.

Uno de los sitios y batallas más importantes del inicio de la conquista de Roma a Iberia fue el sitio de Numancia, defendida por el legendario líder lusitano, Viriato, que tiene mucha similitud con Francisco Villa, toda vez que orillado por la circunstancia había pasado de bandolero y abigeo a caudillo de los lusitanos en su guerra de independencia contra Roma. Viriato, originario de Lusitania Occidental, fue pastor montañés en su juventud y “con cualquiera competía en fuerza y sagacidad”. Fue un gran estratega en el combate; utilizaba hábilmente el conocimiento y dominio del terreno y ponía en práctica una especie de guerra de guerrillas. La batalla contra Vetilio en la serranía de Ronda se parece, en cierta forma, a la de Tierra Blanca, en Chihuahua, de Francisco Villa contra los federales, pues ambos, conocedores del terreno, llevaban al enemigo a pelear en donde a ellos les convenía. Viriato pacta el armisticio con Serviliano, otorgándole Roma el título de amigo y reconociéndolo como gobernante, sin embargo, los romanos quebrantan el tratado y atacan a Viriato en Numancia. Polibio, historiador y geógrafo, que presenció el saqueo de Cartago y la caída de Corinto, ambos en el 146 a.C., presenció también el sitio de Numancia del 134 al 133 a. C., donde estuvo con Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago, nieto adoptivo de Escipión el Africano (hijo del cónsul Emilio Paulo). Polibio nos habla de las minas de Cartago Nova, donde trabajaban 40,000 personas; también de lo esforzados y fieros guerreros que eran los celtíberos. Según Polibio, el sitio de Numancia lo realiza el ejército guiado por Escipión, compuesto por 20,000 romanos y 40,000 iberos.

Escipión Emiliano realiza un sitio inteligente y porfiado en Numancia, aunque totalmente desproporcionado. Los defensores no eran más de 4,000. Se dice que Escipión hacía ronda una vez al día y otra por la noche. Numancia se encontraba situada en un terreno elevado en las riberas de uno de los afluentes del Duero, cerca de Soria. Los romanos establecieron un cerrado cerco a la ciudad, y como los numantinos no habían accedido a capitular ante el conquistador y sabían lo que les esperaba, decidieron incendiar la ciudad y matarse unos a otros antes de ser vencidos por los romanos. El sitio de Mazada, en Israel, realizada por los mismos romanos, tiene gran similitud con el sitio de Numancia, ahí se llegó a comer hasta la piel de las bestias y a reglamentar el consumo de carne humana, sacrificando primero a los moribundos, débiles y enfermos. Los romanos castigarían a Numancia como a Corinto y Cartago, reduciéndola a cenizas.

Es importante señalar que la forma como Roma pudo conquistar y dominar tantos territorios y sus pueblos, fue a través de una inteligente disyuntiva que planteaban a los contrarios antes de la lucha: ésta era la deditio y la soci. En la deditio, (similar a la señal hecha con el dedo por el emperador o el que presidía, en la arena del Coliseo para dar muerte y acabar con un gladiador), el pueblo que era vencido tras oponer resistencia era propiamente borrado de la faz de la tierra y perdía todas sus pertenencias y tradiciones; y en la soci, que era una virtual capitulación sin lucha, se daba una especie de asociación en la que les respetaban a sus autoridades, sus mismas estructuras de gobierno y sus propiedades. Pero debían adaptarse a la forma y al derecho romano y pagar tributo a Roma, a cambio conservaban cierta autonomía y su identidad cultural. Esto le daba al Imperio Romano la posibilidad de controlar a estos pueblos conquistados sin necesidad de imponerles nuevos gobernantes y, aunque les respetaban sus tradiciones y costumbres, los integraba totalmente a Roma y a su cultura. Esta es la explicación de cómo el imperio romano pudo abarcar y controlar tan extensos territorios. Más tarde, incluso se les concedió a todos los habitantes de las nuevas provincias, la ciudadanía romana y la posibilidad de acceso a los más altos niveles de gobierno, incluyendo a la misma figura del Emperador.

Julio César derrotó en la batalla de Munda, en el 45 a.C., a los hijos de Pompeyo Magno, acompañándolo en esta lid su hijo adoptivo Octavio, que sería el primer Emperador de Roma y el primero en llevar el nombre de Augusto. Después de Numancia, la lucha se extendió hacia el norte, en donde se encontraron con la férrea resistencia de los cántabros. Más tarde, Augusto da el mando a Cayo Antístio, quien junto con Agripa logran el dominio de los cántabros, la pacificación de los territorios y la consolidación del Imperio Romano en todo el territorio de Hispania en el año 19 d.C., después de 199 años. La presencia romana en la Península Ibérica se prolongaría hasta el siglo V de la era cristiana.

La conquista romana de Hispania es el factor que por primera vez unifica a los pueblos de Iberia; los romanos dividen a la Península Ibérica en dos: la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior. A la Hispania Citerior se le da el nombre de Tarraconense y a la Ulterior, la dividen en Bética y Lusitania. Esto se da sólo para el control administrativo de Roma en cuanto al Emperador y el Senado; sin embargo, de esta forma, toda Hispania es una sola dentro del Imperio Romano. Se podría afirmar que los antecedentes más antiguos de España como unidad geopolítica nacen propiamente con el Imperio Romano, en el cual tuvo Hispania gran influencia y trascendencia dentro del mismo Imperio, ya que 4 de sus grandes emperadores, Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio, fueron originarios de Hispania, ya fuera en forma directa o indirecta, del mismo modo grandes pensadores como Lucio Anneo Séneca, entre otros.

Las aportaciones de la cultura romana a Hispania, y por este medio a la cultura mexicana, fueron determinantes y de gran trascendencia. El derecho romano, que es fuente original del derecho mexicano, adquirió en el 533 d.C., con el Código de Justiniano, la unidad y consistencia que lo hace vigente todavía en la época actual; como base de la ciencia jurídica. Por otro lado, en la época de Diocleciano (284-305), se realizó una necesaria e inteligente reestructuración del basto Imperio Romano: el Emperador subdividió las provincias y estableció 12 diócesis regionales, para lo cual trasformó el poder de los vicarii, que pasaron de substitutos extraordinarios del prefecto del pretorio, a ser ahora los encargados de las diócesis. Por ejemplo, la diócesis de Italia se dividía en dos partes: las regiones al norte de los Apeninos dependían del vicarius italiae, que residía en Milán, y las del sur, incluyendo a las islas y a Sicilia, quedaban sometidas al vicarius in urbe Roma, mientras Roma era administrada por el perfectus urbi. El ejército estaba dividido en alrededor de 500 legiones, conformadas cada una por 1,000 hombres. La jerarquía eclesiástica del cristianismo, la llamada Iglesia Católica, aún siendo perseguidos por Diocleciano, en cierta forma con astucia adoptaron esta misma estructura, lo que les valió en tiempos de Constantino y, posteriormente de Teodosio, no solo la posibilidad de su reconocimiento y utilización política por el imperio, sino su asimilación al imperio mismo.

Sobre Constantino, Hans Kung nos dice: “Para regocijo de los cristianos en el año 313 d.C., este taimado maestro de la Real-politik, junto con Licinio también Augusto, garantizó [mediante el edicto de Milán] una libertad religiosa ilimitada para todo el imperio. [Medida verdaderamente trascendente que validaba oficialmente y por primera vez al cristianismo y que también restituía a los cristianos sus propiedades]. En el 315 se abolió el castigo de la crucifixión y, en el 321, se introdujo el domingo como festividad oficial y se aceptó que la Iglesia disfrutara de patrimonio. En el 325, Constantino se convirtió en el emperador único del Imperio Romano y convocó al Primer Concilio Ecuménico, que se celebró en su residencia de Nicea, en el este de Bizancio.”[1]

Otro de los actos más trascendentes, aunque posiblemente inconveniente, tanto para el imperio como para la Iglesia Católica, fue la unión de la Iglesia y el Estado, aunque todavía no en forma exclusiva, toda vez que se consentía la continuidad de los ritos paganos y, ante la no existencia de una religión única dentro de las históricas tradicionales, Constantino escogió el Cristianismo, por conveniencia circunstancial; el principio de San Pablo de “la emanación divina del poder” le venía como anillo al dedo para sus propósitos, haciendo que se le reconociera el título de Dominus. Todo lo relacionado con el Emperador fue considerado desde entonces sagrado, así como había sido desde el principio de la monarquía. Sin embargo esto mismo desconectó al señor, de su pueblo; como sucedió en el caso de Moctezuma Xocoyotzin, no cualquiera podía ver de frente al Emperador, y verlo era un verdadero privilegio sólo para unos cuantos. A Teodosio I la Iglesia Católica lo llamó “el Grande”; su mérito, para recibir tal calificativo, fue consolidar la unidad religiosa del Imperio al imponer el Catolicismo como religión oficial del Estado, dando lugar a una situación verdaderamente trascendental para la cultura occidental; al crear con esto el Estado confesional, que se prolongaría durante el tiempo hasta el siglo XIV, con el Renacimiento y más tarde cuando las ideas surgidas del pensamiento de la Ilustración y del movimiento liberal crearon el concepto de Estado moderno y laico. Tema este, que con el surgimiento del Estado mexicano, por ignorancia y prejuicios religiosos causó gran controversia y provocó la guerra civil.

El idioma latino de los romanos dio origen al castellano. La arquitectura y la ingeniería, con la cúpula, la bóveda de cañón, el arco de medio punto, y sus grandes puentes y acueductos, vinieron a significar también una valiosa aportación romana. Para evitar la manipulación arbitraria de las fechas, Julio César dispuso una revisión y precisión del calendario; hizo venir de Alejandría al astrónomo Socígenes, para crear el calendario llamado juliano en su honor, que más tarde, y en el proceso de hacerlo más preciso, motivó el surgimiento del concepto del punto decimal y se transformo en el Calendario Gregoriano. La organización política y el pensamiento filosófico heredado de Grecia, ahora con el neoestoicismo de Marco Aurelio y el neoplatonismo de Plotino, conformaron una nueva manera de entender la realidad. El concepto de municipio, que es la base de la organización territorial y política en México, fue una de las grandes aportaciones de Roma. En fin, Roma aportó todo lo que conocemos como la gran cultura latina, y fue la creadora de la estructura de la organización política y sus instituciones como las conocemos ahora.

Roma origen de la cultura Latina

[1] Hans Kung, La Iglesia Católica (Barcelona: Debate, 2004) 61.

Textos tomados de México y su Realidad e-book de Antonio Fuentes Flores

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