LA CONQUISTA DE MÉXICO

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Hasta el palacio de Moctezuma Xocoyotzin llegaron las noticias de extrañas moles flotantes cruzando frente a la costa del mar por donde sale el sol. Corría el año de 1517, y lo mismo sucedió al año siguiente. Antes de Moctezuma, el gran Huey tlatoani Ahuitzotl, había ascendido al trono mexica en 1486, a raíz de la muerte de su hermano Tizoc. Fue electo por el consejo supremo que presidía todavía su tío Tlacaelel. Sería el último señor de los mexicas orientado y aconsejado por el gran Cihuacóatl. A este nuevo Huey tlatoani de los mexicas podría sin lugar a dudas dársele el nombre de el “Gran Ahuitzotl”, porque así como Trajano lo hizo con el Imperio Romano, (guardadas las proporciones), éste extendió a su máximo tamaño el imperio mexica, que cubría desde el norte medio de México (Estado de Durango) hasta el istmo de Panamá por el Sur, y desde lo que hoy es el Golfo de México al Pacífico, por el Oriente y Occidente respectivamente. De este modo cubría la totalidad de Mesoamérica y sus pueblos y reinos con algunas excepciones como los purépechas de Michoacán, en el centro y los mayas en el sureste, que aunque recibieron el proceso positivo de aculturación, nunca pudieron ser sometidos al 100%.

Ahuitzotl, octavo señor de los mexicas, se casó con la princesa Tiyacapantli[1], la hija mayor del tlatoani Moquihuix, último señor de Tlatelolco. Juntos engendraron a Cuauhtémoc, “Águila que desciende”, el último emperador de los mexicas. Es Ahuitzotl quien termina de edificar el Templo Mayor, al rematarlo en su cúspide con el doble altar adoratorio para Tláloc, dios de la lluvia, y para Huitzilopochtli, su dios principal. Se dice que al final de la campaña contra los huastecos, se sacrificaron en forma continua a miles de prisioneros en el Templo Mayor y en otros templos, durante cuatro días y sus noches, tanto a manos Ahuitzotl como de otros sacerdotes. Aun considerando que los sacrificios humanos eran parte fundamental del ritual religioso, y que tanto sacrificadores como sacrificados lo aceptaban en esos términos, no podemos dejar de reconocer que este acontecimiento fue un verdadero exceso que refleja un aspecto negativo en la personalidad de Ahuitzotl. Si bien hay que reconocer que este juicio es hecho desde nuestra propia concepción filosófica y ética. Por otro lado, este tlatoani deja un imperio fuertemente consolidado y en pleno esplendor, que ejercía su poder desde la Gran Tenochtitlán, la capital del imperio que representaba físicamente, la síntesis de lo más refinado de las culturas mesoamericanas a través del tiempo.

La cultura mexica fue sin duda una cultura ecléctica, del mismo modo que la española; éstas se nutrieron con lo mejor que quisieron y pudieron seleccionar y asimilar de las civilizaciones que las antecedieron durante 3,000 años, compuestas con virtudes pero también con vicios. A decir de los conquistadores españoles, la ciudad de México-Tenochtitlan era de un esplendor nunca visto, comparable solo con las más destacadas ciudades de la Antigüedad como Roma o Constantinopla, y por supuesto, con Venecia, con la cual encontraban un relativo parecido únicamente por su gran número de canales. La ciudad en la isla estaba trazada con un eje norte-sur, como la mayoría de los centros ceremoniales de Mesoamérica. Tenía grandes avenidas pavimentadas con una piedra clara parecida al mármol blanco sin pulir, con un trazo recto casi perfecto, adornadas con múltiples pendones de plumas multicolores (herencia tolteca); con un urbanismo notable y característico de las culturas mesoamericanas, estas calzadas se abrían a grandes explanadas o plazas definidas por grandes templos ceremoniales, jardines en floración continua y palacios de gran belleza y esplendor. Los pobladores circulaban por la ciudad, algunos en canoas de diferentes tipos, capacidades y funciones; los más iban a pie, ataviados de diversas formas y colores, desde los ricamente vestidos, como los de los pipiltin –algunos llevados en andas—, hasta los atavíos de los macehuales, más modestos pero, por lo general, tantos unos como otros, acicaladamente vestidos, cada quien dentro de sus posibilidades.

La gran Tenochtitlán tenía una presencia urbana impresionante; por la altura y disposición de sus templos, edificios, palacios, jardines, plazas y su gente. Con gran policromía y magnificencia que reflejaba su refinada cultura. Sin embargo, algo en lo que los españoles no repararon en un principio sino hasta después, quedando altamente impresionados, fue la gran cantidad de sacrificios humanos que se realizaban ritualmente en lo alto de los templos. La ciudad estaba rodeada por las aguas del lago y por el sistema de canales de circulación interna y chinampas[2] que, dispuestas en forma reticular y ancladas al lago por parte de su misma vegetación, se conectaban también por los canales principales para facilitar la circulación y aumentar la superficie de tierra cultivable en la isla. Las chinanpas estaban siempre verdes produciendo una gran cantidad y variedad de flores y legumbres. De este modo, la ciudad poseía un carácter urbano único, enmarcada por un medio ambiente natural exaltado en excepcional. En la zona existían otras ciudades no tan grandes y espectaculares, pero no menos interesantes, y todas formaban un conjunto armónico interconectado, integrando una especie de megalópolis.

El paisaje natural del lago, de sus riberas y de la ciudad, era espectacular. Escuchemos a Bernal Díaz del Castillo [3]:

Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Ixtapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadis [4], por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé como lo cuente: ver cosas nunca oídas ni aún soñadas, como veíamos.

La gran Tenochtitlan debió haber tenido en ese tiempo una población superior a los 100,000 habitantes en una superficie aproximada de 1,000 hectáreas, misma que incluía el sistema de canales y chinampas perimetrales utilizadas para el cultivo de alimentos. Aunque debió haber tenido también una población flotante equivalente a otro tanto, suposición que podemos fundamentar si nos atenemos a las descripciones hechas por Cortés de la muchedumbre que asistía al mercado de Tlatelolco: “Discurren por ella (la plaza del mercado) diariamente -quiere hacernos creer- sesenta mil hombres cuando menos”, nos dice Alfonso Reyes, parafraseando una explicación de Cortés sobre el mercado, que aunque le pareciera exagerada, esto ya nos da una idea [5].

La isla estaba comunicada con tierra firme a través de tres calzadas donde había instalados, estratégicamente, sistemas de puentes móviles: al sur, Iztapalapa; al poniente, Tlacopan o Tacuba; y al norte, Tepeyac. Por la calzada de Tacuba transcurría el acueducto con el agua dulce de Chapultepec, que Tezozómoc, gran señor de Azcapotzalco, le había concedido 100 años atrás a su nieto Chimalpopoca.

México-Tenochtitlán fue fundada en una isla, flanqueada por otras islas menores que con el tiempo quedaron unidas, incluida la de Tlatelolco. Juntas formaron un solo conglomerado urbano que, como hemos dicho, estaba dividido en cinco grandes barrios. A la venida de los españoles el gran cuerpo lacustre ocupaba una superficie aproximada de 600 Km.2

En ese entonces, Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Axayácatl, era la cabeza del imperio mexica y señor de la gran Tenochtitlán. Él era quien había sucedido a Ahuitzotl en 1502 como el noveno emperador de los mexicas y líder de la Triple Alianza. Como siempre, el Huey tlatoani había sido electo por la asamblea, cumpliendo así con el protocolo tradicional del visto bueno de la Triple Alianza con los señores de Texcoco y Tacuba. Además de ser miembro de la dinastía de Acamapichtli, Moctezuma II se había distinguido en su juventud por su bravura y valentía, razón por la cual el consejo supremo no dudó de sus méritos al elegirlo.

La costumbre del ejercicio del poder absoluto y del disfrute de un ambiente de grandeza heredada, así como las alabanzas continúas y cotidianas de los más cercanos y de sus cortesanos, enfermaron de soberbia a Moctezuma II. Y ya sin tener un Cihuacóatl como Tlacaelel –muerto a finales del siglo pasado— que lo orientara y no le permitiera perder el contacto terrenal, el Huey tlatoani se convirtió en un monarca absoluto y engreído como ninguno de sus antecesores; estaba prohibido mirarle a los ojos, y los pocos privilegiados que tenían acceso a él, debían saludarlo diciéndole “Señor, mi Señor, Gran Señor”, y retirarse de su presencia caminando hacia atrás sin darle nunca la espalda. Estas actitudes e ínfulas no son ajenas en algunos funcionarios del actual Sistema Político Mexicano (SPM) (y no únicamente de los primeros niveles), quienes como Moctezuma II son candil de la calle y oscuridad de su casa, muy solícitos y hasta serviles ante los extranjeros y prepotentes; adustos, extremadamente serios y muchas veces hostiles ante los propios gobernados y subalternos.

Si a la personalidad difícil de Moctezuma Xocoyotzin le agregamos que era fiel creyente de la mitología heredada de los toltecas, que establecía el regreso de Quetzalcóatl en un año Ce-Acatl, coincidente con el año del arribo de Hernán Cortés; entonces podemos comprender por qué consideró a los españoles como “teules”, como dioses. Quizás también esto explica cómo Cortés pudo emprender rápida y exitosamente, al frente de tan solo un poco mas de 400 españoles, la conquista del Imperio mexica, el más poderoso y temido por los reinos de Mesoamérica. La otra parte de la explicación de la rapidez de la conquista; fue la perspicacia de Cortes cuando se dio cuenta a través de sus primeros contactos en Veracruz con los zempoaltecas y posteriormente con los tlaxcaltecas, al ver cómo los emisarios de Moctezuma eran recibidos por los pueblos dominados; con rencor por las humillaciones y temor por la prepotencia, entonces Cortés pudo conocer las debilidades de su rival y el inmenso potencial que significaban algunos de los reinos dominados. Se dio cuenta, además, de la alta posibilidad que existía para establecer alianzas con estos reinos. Cortés y sus hombres realmente solo motivaron y encabezaron a grandes ejércitos de reinos tributarios no solo descontentos sino hastiados del trato que recibían de los mexicas. Lo cual no resta mérito a la hazaña de Cortes .

A partir de la fundación del Ayuntamiento de la Villa Rica de la Veracruz, a mediados del mes de agosto en 1519, se inicia propiamente la conquista de México, que tuvo una duración de aproximadamente dos años. Aliados primeramente con los cempoaltecas, la primera gran batalla que tuvo lugar fue contra los más de 50,000 guerreros tlaxcaltecas de Xicoténcatl. Previamente Cortés ya había enviado avanzadas de zempoaltecas para proponerles una alianza similar en contra de los mexicas. Estos dudaban, pero además se encontraban divididos entre sí y en cierta forma atemorizados al considerar la posibilidad de que los españoles realmente fueran teules. Esta idea se acentuaba al ver con ellos animales que no conocían, como los caballos que, montados por el hombre formaban ante sus ojos un ente desconocido; o los lebreles, que les parecían tigres o leones de montaña al servicio de estos extraños y mágicos personajes con truenos mortíferos. Los españoles ganaron esta batalla con el apoyo de los zempoaltecas, estableciéndose de inmediato un armisticio y la alianza propuesta en un principio. Este hecho sirvió para darles gran fama y respeto no sólo entre los tlaxcaltecas; la noticia llegó rápidamente hasta Moctezuma quien, impresionado, les envió una embajada con ricos presentes de oro (error craso) y la invitación para que fueran a la gran Tenochtitlán, misma que los españoles aceptaron de inmediato.

Cortés se dirigió enseguida a Cholula, donde le sería tendida una emboscada, que pudo evitar gracias al aviso oportuno de los mismos zempoaltecas y al apoyo de sus recientes aliados tlaxcaltecas. Todo esto aumentaba su fama de seres extraordinarios. Y la posibilidad de que verdaderamente fueran los emisarios de Quetzalcóatl fue algo que influyó determinantemente en el ánimo del señor de la gran Tenochtitlán. Cortés avanza hacia el corazón del imperio mexica guiado por los zempoaltecas y los tlaxcaltecas, cruzando a través de la imponente grandeza y belleza natural de los volcanes –el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl– teniendo uno a la siniestra y el otro a la diestra, desde donde divisa la “tierra prometida”, el valle de Anáhuac y su área lacustre. La increíble belleza natural y material de lo descubierto motiva y alienta cada vez más la empresa que se han propuesto. En esta forma los españoles al mando de Cortés arriban al valle de Anáhuac y hacen su entrada triunfal en la gran ciudad, la Gran Tenochtitlan, en donde fueron recibidos por el propio y legendario emperador del imperio más grande y poderoso de América. Como atestigua Bernal Díaz del Castillo, aquello parecía cosa de ensueño; lugares nunca vistos de una belleza inenarrable, poblados de personajes ricamente vestidos que, como salidos de un cuento de fantasía, los recibían como si ellos fuesen seres sagrados.

Confirmando la creencia del emperador de que los españoles eran teules, estos fueron alojados en la calidad reservada para los más altos niveles de la jerarquía imperial: en el palacio de Axayácatl, padre del Emperador, que tenía grandes estancias, huertos y jardines, que los visitantes disfrutaron durante cuatro días continuos, gozando además del trato especial correspondiente a la jerarquía, no a la que en realidad tenían, sino a la jerarquía que les habían asignado por órdenes de Moctezuma. Después de este placentero descanso, Cortés solicitó visitar el Templo Mayor; el Emperador accedió y quiso adelantarse para recibir a los españoles en la parte superior del Templo. Cortés aprovechó la oportunidad para visitar los principales lugares de la gran metrópoli, tales como el impresionante mercado de Tlatelolco, los principales palacios y templos con sus explanadas y jardines en floración continua que proporcionaban un agradable marco y una adecuada perspectiva para la apreciación de adoratorios y edificios. Recorrieron parte de la gran Tenochtitlán, en una caminata libre e informal durante una espléndida mañana de las que suelen darse en el valle de Anáhuac; caminaron por donde ellos quisieron, guiados por acompañantes asignados por el emperador, a través de plazas y calzadas admirablemente pavimentadas con baldosas blancas en condiciones de gran pulcritud, se admiraron del orden de la actividad cotidiana, del trafico por los canales y en derredor de la isla por medio de canoas de diferentes tipos y tamaños, del barullo de la gente con vestimenta vistosa diferente y del gran colorido predominando el blanco. Y de la magnificencia y policromía de los edificios, adornadas las calzadas con pendones de plumas, multicolores. Los españoles se encontraban verdaderamente sorprendidos y asombrados sobremanera.

Después del recorrido previsto, llegaron a la plaza frente al Templo Mayor, una explanada inmensa rodeada y definida por otros templos y palacios, que lucían impresionantes al reflejar su vívido colorido y su riqueza arquitectónica, en esa mañana de sol brillante. Circundaba a la plaza y al centro ceremonial un gran muro (de gran extensión) adornado con serpientes de piedra policromada. A pesar de la larga caminata y el sol, los españoles todavía no sentían calor; tenían solo una rara sensación, mitad incertidumbre, tal vez temor, y mitad admiración. No se sentían muy seguros de sí mismos y estaban ahí, parados frente a la gran escalinata del Templo Mayor flanqueada por alfardas, que tendrían que subir hasta la cúspide. Después de haber ascendido trabajosamente los 114 peldaños, Cortés encontró en lo alto del Templo Mayor, al Emperador vestido con sus mejores galas, con su gran penacho de plumas de quetzal de fulgurante color verde esmeralda que el viento acariciaba y en donde el sol se reflejaba con intensos destellos dorados provocados por la orfebrería de su imperial tocado. Moctezuma estaba rodeado con su séquito y sus principales sacerdotes, ricamente ataviados, quienes les mostraron desde lo alto, con mucho comedimiento y cortesía, sin ningún dejo de presunción, una espléndida vista del valle de Anáhuac; con todas las ciudades vecinas que con la gran metrópoli lacustre como centro, constituían una vasta megalópolis. Tenochtitlan estaba comunicada con tierra firme por tres grandes calzadas las cuales se observaban claramente, incluyendo a lo lejos la vista del albarradón de Nezahualcóyotl. Todo este paisaje estaba enmarcado en lontananza con la bella silueta de los volcanes nevados y el azul añil profundo del cielo de “la región más transparente del aire”, como la llamaría trescientos noventa y seis años después Alfonso Reyes.

En la parte superior del Templo Mayor, y como razón de ser del mismo, se encontraban los dos adoratorios que eran los recintos de las principales deidades mexicas: Tláloc, dios de la lluvia, y Huitzilopochtli, dios de la guerra y principal deidad mexica. Los ídolos estaban cada uno en su respectivo recinto, y aunque el espacio estaba ricamente decorado con piedras preciosas y finos trabajos de oro, a los españoles les impresionó profundamente el hecho de que ahí mismo se realizaran sacrificios humanos de prisioneros tomados en batalla, en los que (se enterarían posteriormente) se les extraía el corazón a las víctimas aún con vida, quedando los vestigios de la sangre esparcida en muros y pisos. Naturalmente era imposible que otras culturas que no fueran similares a la mexica aceptaran costumbres y rituales como estos.

Cortés aquí comete un error de diplomacia y de sentido común elemental, al proponerle a Moctezuma la construcción de una cruz y de un altar para la Virgen María en la cúspide del Templo Mayor, una especie de sincretismo religioso que el Emperador y sus sacerdotes rechazan con prudencia pero enérgica y categóricamente. Los españoles abandonan el Templo, impresionados por lo que habían visto y ahora sí sumamente cansados por el esfuerzo que habían hecho al subir y por el trajinar durante el día. El Emperador y su séquito se quedaron haciendo oración y sahumando a los dioses con el aromático copal en desagravio de la ofensa recibida con la propuesta del extranjero.

Cortés solicitó a Moctezuma la posibilidad de construir un altar para sus oficios religiosos en el Palacio de Axayácatl, a lo cual Moctezuma accede. Esto da pie para que por casualidad, detrás de un muro tapiado recientemente, los españoles descubrieran una cámara con el tesoro de Axayácatl, el cual consistía, según sus mismos descubridores, de un cuantioso número de piezas labradas en oro y multitud de piedras preciosas y objetos de arte de gran valor. Astutamente, y por supuesto traicionado la confianza y la lealtad debida a quien les habían brindado su hospitalidad; no dan aviso del hallazgo y deciden dejarlo discretamente como estaba para sus planes futuros. Con esto demuestran los españoles cuál era su verdadero interés y propósitos. Los tlaxcaltecas, aliados de los españoles, les habían prevenido y ahora les confirmaban que los planes de los mexicas era hacer que tomaran confianza como sus huéspedes para después matarlos a todos. Tras la emboscada de Cholula, en donde la prevención y la ayuda de los zempoaltecas y tlaxcaltecas los había salvado, esto hacía que ahora confiaran en ellos. Aunado a esto, se dio un hecho lamentable que en cierto modo confirmaba como justificado el ambiente de sospechas: les informaron que Juan de Escalante, el lugarteniente de Cortés y seis españoles más que componían el destacamento dejado en la Villa Rica de la Vera Cruz, habían sido muertos por los mexicas, quienes seguían cobrando tributo a los zempoaltecas a través de sus aliados totonacas.

En esta forma, Cortés y su gente no ven otra salida inmediata que tomar a Moctezuma como rehén, medida temeraria que si no hubiese sido por la actitud pasiva y amedrentada del Emperador, nunca les hubiera dado resultado. Cortés fue hasta el palacio de Moctezuma; entró con engaños, y luego puso como pretexto el acontecimiento reciente en la Villa Rica de la Vera Cruz para tomar de improviso a Moctezuma. Éste, en lugar de alertar a sus guardias, mintió a los suyos explicando que iba a acompañar a los españoles y pasar unos días con ellos en el palacio de su padre Axayácatl, desde donde seguiría gobernando. El cautiverio de Moctezuma en la gran Tenochtitlán fue sui generis, toda vez que aparentemente, como hemos dicho, éste seguía siendo el Huey tlatoani de los mexicas e incluso seguía haciendo prácticas rituales en el Templo Mayor en honor a Huitzilopochtli con el consentimiento de Cortés. Sin embargo, esto no era nada bien visto por los demás señores de la Triple Alianza; que empezaban a cuestionar y reprobar fuertemente esta situación, despertándose entre ellos mismos la inquietud por el poder de la gran Tenochtitlán y por ende por el futuro de la Triple Alianza.

Cacamatzin, señor de Texcoco, empezó a urdir la liberación de Moctezuma mediante el ataque masivo y frontal a los españoles, lo cual hubiera sido relativamente fácil a no ser porque “el Emperador” se enteró y se lo comunicó a Cortés. Éste solicitó a Moctezuma que desautorizase esta acción, a lo cual el Emperador procedió de inmediato. Al rebelarse Cacamatzin, el todavía emperador lo hizo traer a su presencia, lo tomó preso y lo destituyó. Esta acción injustificable y arbitraria reflejaba el poder que todavía tenía sobre su pueblo, lo que le facilitaba al máximo su desempeño vergonzoso como el emperador que todavía lo era. Además, hay que considerar que estaba tan convencido del carácter divino de sus captores; que no era difícil que Moctezuma Xocoyotzin creyera fielmente que su dios Huitzilopochtli deseaba que él permaneciera preso de los españoles en la gran Tenochtitlán.

Al ver esto los señores mexicas, y sus aliados de Texcoco y Tacuba y sin saber si lo de su señor preso era cobardía, verdadero comedimiento con sus dioses o simplemente desquicio mental, se plantearon que precisamente eran sus dioses quienes les ordenaban la expulsión o destrucción de los invasores. Lo anterior fue comunicado a Moctezuma, y lógicamente éste se lo comunicó a Cortés quien, sorprendido y preocupado, por toda respuesta solo explicaba que necesitaba tiempo para volver a construir las naves necesarias, pues en las que había venido habían quedado inservibles. En realidad, lo que Cortés pretendía era ganar tiempo para urdir su estrategia primero de supervivencia y en seguida de escape. Y una vez logrado esto, tener suficiente tiempo para preparar la conquista de tan codiciado imperio, plan que estaba seriamente amenazado por la ultima reacción de los nobles mexicas.

Poco a poco y cada vez más, Moctezuma se convence de que sus captores son verdaderos teules y es manejado por éstos en el gobierno del imperio que admirablemente seguía ejerciendo, a tal grado que les concede todo lo que piden y lo hacen reconocer al emperador Carlos V como su señor y abjurar de sus propias creencias religiosas a favor de las de los españoles, no sin antes verter, cobardemente, abundantes lágrimas por la congoja que todo aquello le producía. Por su parte, los nobles mexicas no podían dar crédito a toda la pesadilla que estaban viviendo, y ya no veían el momento para sacudirse al Emperador que ya no lo era, y al invasor que era la causa misma de su desasosiego.

Otra gran y audaz decisión de Cortés fue la construcción de tres bergantines, pequeños barcos que podían navegar impulsados por velas o por remos, para poder salir de la isla con todo lo necesario. Para esto, comisionó a un hábil constructor con experiencia en los astilleros de Sevilla, a don Martín López, a fin de que revisara el diseño y dirigiera la construcción. Se obtuvo de Moctezuma la madera y materiales necesarios, incluyendo el calafateo por medio de chapopote y brea, abundantes en los dominios mexicas. La construcción de estos primeros bergantines inspiró y dio origen a la construcción de otros más que serían de gran ayuda en el asedio y sitio de la gran Tenochtitlán, hecho que más tarde sería definitivo para el dominio español.

Diego Velázquez, que no perdonaba a Cortés por haberlo traicionado, envió una expedición con 18 barcos y alrededor de 1,300 soldados que desembarcó en abril de 1520 en San Juan de Ulúa al mando de Pánfilo de Narváez, para combatir y apresar a Cortés. Éste al ser enterado dejó la ciudad de México-Tenochtitlán de inmediato y a su rehén imperial en manos de Pedro de Alvarado. Y salió acompañado del ejército tlaxcalteca a combatir a Pánfilo de Narváez, venciéndolo y dejándolo muy mal herido. Tras la victoria, Cortés se quedó con la gente de Pánfilo, armas y bastimentos, con los que regresa a la ciudad. Ésta se encontraba en pie de guerra, debido a la matanza de nobles mexicas que durante su ausencia encabezó Pedro de Alvarado con una actitud prepotente y un fanatismo que lo llevó a creerse el arcángel San Miguel, asesinando casi impunemente –le habían matado a 6 soldados— a una gran cantidad de nobles mexicas que hacían sacrificios rituales a sus dioses, en desagravio por tan vergonzosa situación. Estas actitudes seudoreligiosas de conquistadores como Alvarado, respondían al gran cargo de conciencia que tenían por su mezquindad y codicia; que ellos bien sabían era lo que realmente los movía. Y en este caso lo podía hacer casi impunemente porque los mexicas sabían que proceder en contra de ellos era como proceder en contra de su Emperador.

Al regresar Hernán Cortés con los refuerzos que le había quitado a Pánfilo de Narváez, ya no encontró la ciudad igual; desde su llegada a Texcoco, notó gran frialdad y los extrañamientos que le hacían y, al pretender entrar a la gran Tenochtitlán, la encontró desolada, sin entender la causa; pensó que tal vez era en señal de duelo por la muerte de los nobles. Manifestando una soberbia y prepotencia estupida y fuera de lugar, le enfureció que el mercado de Tlatelolco estuviera cerrado, porque quería enseñárselo a las gentes de Pánfilo de Narváez que venían con él. Le pidió a Moctezuma que lo abrieran de inmediato. Este sugirió que fuera con él un noble allegado a él mismo, acompañándolo con las gentes de Pánfilo de Narváez; Cortés escogió a Cuitláhuac, hermano de Moctezuma y señor de Iztapalapa, que había sido apresado por los españoles. Dicen que el que se enoja pierde, y Cortés perdió, porque la ira no le dejó ver que a quien estaban liberando era nada menos que al líder más importante de los mexicas y, por supuesto, su enemigo acérrimo. Sin embargo, para Cuitláhuac significó obtener el imperio pero también la muerte.

Entre Moctezuma y Hernán Cortés había surgido una fuerte relación afectiva, una simbiosis en donde Moctezuma sacó la peor parte; “es la mujer de los españoles”, decían sus más fieros críticos, Lo cierto es que ya no le tenían ningún respeto y, de hecho, lo habían desconocido. Cuitláhuac, después de abrir el mercado acompañando a los españoles recién llegados y al verse libre, procedió de inmediato a organizar a los mexicas para tomar el Palacio de Axayácatl y el Templo de Texcatlipocatl, en donde se encontraban los españoles, aún a costa de su propio hermano, el Emperador, quien ya no era considerado como tal por muchos de ellos y lamentaban profundamente su comportamiento desquiciado que ya no correspondía al de un Emperador mexica. Esto sucedía a finales del mes de junio de 1520.

Después del regreso de Cortés, los españoles pretendieron tomar el palacio de Moctezuma y el Templo Mayor, pero fueron contra atacados, ahora si por miles de guerreros mexicas al mando de Cuitláhuac que, de no ser por los tlaxcaltecas, los hubieran aniquilado. Moctezuma trató de defenderlos, hablándole a su pueblo desde la terraza del Palacio de Axayácatl, en donde se encontraba con los españoles que lo guardaban, pidiéndoles enfáticamente que no los combatieran. Todo fue inútil; una lluvia tupida de proyectiles caía sobre el palacio. El propio Emperador, quien indudablemente era uno de los objetivos, recibió tres heridas de piedra, una de ellas mortal, que le hundió el cráneo. La muerte del Emperador suspendió momentáneamente la agresión.

El cuerpo de Moctezuma fue entregado a los mexicas para las honras fúnebres que, dadas las circunstancias, ya no correspondieron a las exequias de un Huey tlatoani mexica; simplemente lo incineraron sin mayor trámite. Contrastaba enormemente aquel despojo humano, solo, abandonado, siendo consumido por las llamas rodeadas del chisporrotear de la leña, con la silueta del otrora déspota al, que ni siquiera se le podía mirar a los ojos y ahora era consumido por el fuego implacable.

Es posible que los mexicas hayan elegido a Cuitláhuac nuevo emperador de México-Tenochtitlan, aún antes de la muerte de Moctezuma, por las mismas presuntas causas por las que fue depuesto y ejecutado Chimalpopoca 108 años atrás. Cuitláhuac tuvo un desempeño fiero y valeroso y a pesar que ya se encontraba enfermo de muerte lucho con plena entrega hasta el final. El breve contacto con los españoles traídos por Pánfilo de Narváez y venidos con Cortés ocasionó que se contagiara de la terrible enfermedad de la viruela, propagada recientemente en Cuba, y contra la cual no existía en América ni cura efectiva ni resistencia en los organismos. La viruela, junto con la tos ferina y el tifo, también traídas por los españoles, causarían enormes estragos y miles de bajas entre los indígenas. Sin proponérselo, paradójicamente los conquistadores fueron los primeros introductores de “armas biológicas”. También trajeron otros males más dañinos; como la codicia la corrupción y el fanatismo que siguen haciendo estragos hasta el presente.

Para evitar una derrota total, a principios de julio, Cortés decide abandonar sigilosamente la Gran Tenochtitlan bajo el resguardo de la noche. Se dirigió hacia tierra firme por la Calzada de Tacuba; llevaba con él lo más indispensable, pero también lo más preciado para ellos: el oro. Habían previsto la colocación de vigas de madera en los puentes que habían sido levantados; estas las habían obtenido desmantelando los techos del Palacio de Axayácatl. Llevaban el oro que les había regalado Moctezuma, y también del que se habían apropiado robando el tesoro de Axayácatl. Se dice que cargaron una yegua con oro para el emperador Carlos V. A los caballos les habían envuelto las pezuñas con trapos para amortiguar el ruido y poder salir con el mayor sigilo. Cortés iba a la vanguardia y Pedro de Alvarado a la retaguardia, cada uno de los españoles iba cargado, en lo personal con el oro que se había apropiado.

Apenas fueron sentidos; los mexicas salieron por millares en pie de guerra, atacándolos en la Calzada por los flancos en cientos de canoas y, por la retaguardia, con arqueros que dejaron caer sobre sus enemigos una verdadera andanada de flechas, abundantes piedras y proyectiles lanzados con hondas. Fue una cruenta huida la de los españoles y sus aliados tlaxcaltecas; perdieron mucha gente y caballos, a tal grado que los huecos de los puentes móviles se llenaron de cadáveres de personas y bestias. Los cargamentos que al final no pudieron llevar también sirvieron de relleno, así, muchos de los que lograron salir tuvieron que pasar sobre este macabro puente improvisado.

En su huida, Cortés se dirige hacia Tlaxcala, pero Cuitláhuac envía a su Cihuacóatl a seguirlo y acabarlo. En los llanos de Otumba le dan alcance y le presentan batalla muy desigual, ya que mientras los españoles se contaban por cientos, muy fatigados y heridos, con aproximadamente 20 caballos, más otros cientos de guerreros tlaxcaltecas aliados, el ejército mexica se contaba por miles. Durante varias horas pelearon con furia. Cortés, al divisar a lo lejos y sobre una colina al Cihuacóatl, rodeado de los capitanes mexicas con grandes y vistosos penachos y estandartes, sin darse por vencido y como acción desesperada, junto con varios de sus lugartenientes a caballo, se les echan encima a galope tendido y con tal determinación que matan a los principales y al Cihuacóatl mismo, eliminando así al estandarte que orientaba a los guerreros. Los escuadrones mexicas al ver desaparecer los estandartes, se sorprenden y se repliegan desconcertados cuando tenían el triunfo asegurado. Esto le da oportunidad a Cortés de un importante respiro mientras llegan los refuerzos tlaxcaltecas con miles de guerreros, logrando escapar así, de una muerte casi segura.

Muerto Cuitláhuac por la viruela, los mexicas con el visto bueno de Texcoco y Tlacopan, eligen señor de México-Tenochtitlan a Cuauhtémoc, hijo del gran Ahuitzotl, con la encomienda de defender la capital del asedio de los invasores. Cortés no da margen para la acción; de inmediato solicita y obtiene el apoyo urgente de los tlaxcaltecas con miles de guerreros adicionales. Por su parte, los mexicas no pueden recurrir a sus antiguos súbditos porque son repudiados por ellos y además éstos solo esperaban aprovechar la situación que se da ahora que los ven en condiciones difíciles.

Cuauhtémoc, de la familia real mexica, miembro también de la dinastía de Acamapichtli, de conducta impecable y educado con gran esmero y en el Calmécatl –la escuela para los nobles— con una férrea disciplina personal, valiente y noble guerrero, respetuoso del ritual ceremonial y de sus dioses, hizo honor a su estirpe. Pero el destino estaba escrito. Por más esfuerzos, sacrificios y fiero desempeño como el gran guerrero que era, al final sucumbió ante la adversidad y el invasor, y en agosto de 1521 es capturado. El décimo primer y último emperador mexica termina su imperio al ser detenido en el lago por uno de los bergantines de Cortés cuyos guerreros navegantes no podían creer que se tratara del mismísimo Emperador de los mexicas. De esta manera, se cumple la premonición que encerraba el significado de su nombre y con él, también la caída del imperio mexica. Sin embargo, con su descenso se incubó el germen que 300 años más tarde también acabaría con la vigencia del otro imperio y daría nacimiento, en más largo plazo a una nueva Nación.

Todo esto pasó con nosotros,

Nosotros lo vimos:

en los caminos yacen dardos rotos,

destechadas están las casas,

enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por plazas y calles

Rojas están las aguas, están como teñidas…

Golpeábamos los muros de adobe,

y era nuestra herencia una red de agujeros.

Con escudos fue defendida la ciudad,

pero ni con escudos pudo ser ya sostenida….

 

Antiguo poema náhuatl,

escrito muy poco después de la Conquista.[6]

Tomado de México y su Realidad Tercera Edición

de Antonio Fuentes Flores

[1] Carlo Coccioli, Yo, Cuauhtémoc (México: Secretaría de Educación Pública) 33.

[2] Parcelas flotantes utilizadas en el cultivo de vegetales

[3] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera

[4] Se refería Bernal Díaz del Castillo al Amadís de Gaula, que había sido editado en Sevilla en 1519, paradigma de los libros de caballería tan en boga en ese tiempo.

[5] Alfonso Reyes, Visión de Anáhuac (México: Fondo de Cultura Económica) 16.

[6] Miguel León-Portilla, Micro historia de la Ciudad de México

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Un pensamiento en “LA CONQUISTA DE MÉXICO

  1. Excelente relato de la caida de Tenochtitlan, como casi todos los imperios que caen porque son gobernados por seres humanos que llegan a creerse dioses, despreciando a los demás, los Mexicas crearon su destrucción por el maltrato a los pueblos como los Tlaxcaltecas.

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