TEOTIHUACAN

La ciudad de los dioses

La ciudad de los dioses

En idioma náhuatl, Anáhuac significa “cerca del agua”. Con este nombre se conocía al Valle que comprendía a las riberas del gran lago compuesto por muchos cuerpos lacustres que llevaban diferentes nombres: Chalco, Xochimilco, Texcoco, Xaltocán y Zumpango. Juntos formaban una gran superficie de agua dulce en algunas partes, y salobre en otras, rodeada de una agradable y variada vegetación con un clima de eterna primavera, sin duda el lugar más agradable y bello del Valle de México en el Altiplano. “La región más transparente del aire”, como la llamaría Alfonso Reyes.

En el nororiente del Valle de Anáhuac, cien años a.C., comienza a darse un asentamiento humano en el mismo sitio en que después estaría Teotihuacán. Si bien las riberas del Lago de Texcoco no estaban lejos, los pobladores del asentamiento escogieron este lugar por la abundancia de manantiales que garantizaban durante todo el año la permanencia de aguas puras y cristalinas que además potencialmente podían regar una extensa plataforma de ricas tierras aluviales buenas para la agricultura. Las montañas circundantes propiciaban el abasto más que suficiente de madera y leña, y existían en el lugar importantes yacimientos de obsidiana, utilizada para la fabricación de instrumental cortante, también había piedra caliza, tezontle y alabastro. Con una temperatura media templada, el lugar era espléndido, sólo superado por las riberas del sur y del poniente del valle, en donde abundaban también los manantiales y el agua del lago era dulce.

Al sur del Anáhuac, y desde mediados del primer milenio a. C., se desarrollaron varios asentamientos humanos como Tlapacoya, Copilco y Cuicuilco entre otros, con influencia olmeca y zapoteca que debieron acumular durante siglos un importante acervo cultural. Cuicuilco llegó a tener un centro ceremonial en donde uno de sus templos está construido a base de plataformas circulares en talud de piedra acomodada, con una escalera central y alfardas. La base de este templo circular es de aproximadamente 150 metros de diámetro. Actualmente se pueden observar sus vestigios al sur de Ciudad Universitaria, en la Ciudad de México.

Con relación al origen de Teotihuacan, es de considerarse la siguiente hipótesis: con las erupciones del volcán Xitle, que comienzan durante el primer siglo de nuestra era. Los habitantes del Anáhuac cercanos al volcán, entre ellos los de Cuicuilco, invadidos por la lava y atemorizados por las continuas erupciones y por el avance incontenible de la masa ígnea incandescente, que en algunas partes cubrió totalmente las poblaciones, debieron haber buscado refugio en otros lugares, entre ellos en el lado nororiente del valle; en aquel asentamiento en donde surgiría Teotihuacan y que ya tenia mas de un siglo de desarrollo. De esta forma su migración contribuyó con una importante aportación cultural para la ciudad que llegaría a ser con el tiempo la más grande e importante del Altiplano y posiblemente de Mesoamerica: Teotihuacan.

A partir del inicio de la era cristiana se consolida la cultura teotihuacana, que prevalece durante casi 750 años, imponiendo su hegemonía tanto teocrática como guerrera a las civilizaciones circundantes, tales como la totonaca, la huasteca, las del Valle del Anáhuac, Tlaxcala, y a los pueblos llamados chichimecas, así como a los principales reinos de Mesoamérica, aun a los más alejados como los mayas. Al convertirse Teotihuacán en un verdadero imperio, sostiene una red tributaria que hace posible la edificación de su grandeza y la transmisión del conocimiento científico y la riqueza cultural que llegaron a poseer. Pero un imperio no se puede descuidar, porque los pueblos dominados acaban con el imperio que los dominó, lo cual seguramente sucedió durante el declive de esta gran cultura, a la que los mexicas, casi mil años después de la existencia de su apogeo cultural, la calificarían como: “la cuna de los dioses”, “el origen de Quetzalcóatl”, de los Macehuales y de la cultura con la cual se inició el Quinto Sol. Fueron los mexicas quienes la llamaron Teotihuacán; la “Ciudad de los Dioses”. Así como los romanos tomaron de la Grecia de Alejandro de Macedonia la inspiración para el diseño de su imperio, así probablemente los mexicas se inspiraron también en los teotihuacanos para la construcción del imperio mexica de México-Tenochtitlán.

La influencia recíproca de las culturas mesoamericanas se hace patente en aquellas que surgen a principios de la era cristiana, principalmente en la civilización teotihuacana, que deja ver la impronta proveniente de la cultura zapoteca y al mismo tiempo influye en Monte Albán y en el Tajín, el soberbio centro ceremonial de la cultura totonaco-huasteca, y en las civilizaciones mesoamericanas anteriores y posteriores como la maya. Una prueba de esto es el uso del tablero y el talud en la arquitectura de sus templos, el cual se generaliza a partir de la cultura teotihuacana en todo Mesoamérica. De igual forma, aunque no es factible precisarlo, es muy posible que en Teotihuacan se haya consolidado el uso del idioma náhuatl y que, debido a su influencia, se haya generalizado en la mayor parte de Mesoamérica.

Cuando aún era de noche,

cuando aún no había día,

cuando aún no había luz,

se reunieron,

se convocaron los dioses

allá en Teotihuacan.[1]

Grandeza espiritual y una concepción mística y poética, pero también de dominación guerrera, fueron necesarias para crear una gran ciudad Estado como Teotihuacan, capital de un extenso imperio que llevó sus dominios sobre gran parte de los reinos mesoamericanos. Esta cultura y su ciudad reflejan una teogonía que concedía a los dioses proporciones inconmensurables, pero que también reconocía en los hombres el poder intelectual suficiente para expresarse con generosidad en la creación del ámbito terreno de los dioses y de los hombres, a través de la monumentalidad y la belleza de sus templos y edificios, y en la gran riqueza y presencia de un espacio urbano como el de Teotihuacan. “Es frecuente que se imagine a todas las sociedades prehispánicas como tiranías en las que un grupo inmensamente rico sometía a comunidades de productores a un trabajo extenuante con un férreo control político, y ciertamente no eran democracias, pero su estructura interna era más compleja y justa de lo que sugiere el prejuicio.

En Teotihuacan hay datos arqueológicos suficientes para comprender, al menos, cuatro asuntos básicos relacionados con la estratificación social: 1] La base de la sociedad estaba formada por grupos corporativos, a manera de clanes, que adoptaron la forma de barrios urbanos. 2] Estos clanes tenían una diferenciación interna; había algunas familias más ricas que otras. Los conjuntos habitacionales en donde vivían los jefes solían ser algo más amplios y ricos que otros de su mismo barrio. Los restos de los individuos de más alto rango dentro de cada barrio recibían un tratamiento funerario especial. 3] Los barrios de artesanos, agricultores y otros trabajadores contaban con una infraestructura urbana (calles, acceso al mercado, drenaje, vivienda sólida y duradera) que nos impide definirlos como una masa empobrecida. Dicho en otros términos: la vivienda popular urbana en general no era de una calidad sustancialmente distinta de la vivienda de los sectores dirigentes. 4] Efectivamente hay edificios cuya rica decoración mural y amplias habitaciones los delatan como vivienda de una clase noble. Los conjuntos situados al este de la Pirámide de la Luna y al norte de la Pirámide del Sol, parecen haber sido la morada de dirigentes políticos y militares. También hay algunos conjuntos habitacionales que parecen haber albergado a monjes, dedicados por completo a las tareas religiosas.”[2]

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La riqueza del espacio exterior, la armonía y magnífica disposición de la estructura urbana, que aprovecha un medio ambiente privilegiado integrándose a él, que lejos de sufrir demérito es exaltado por la acción del hombre, ponen en evidencia características extraordinarias de esta cultura por medio de su urbanismo magnificente y refinado, con gran expresión artística. En la primera etapa de Teotihuacán (0 al 150 d.C.), la ciudad empieza a construirse a lo largo de un eje rector. La traza urbana de Teotihuacán es reticular y sigue el eje Norte-Sur 15° 25’ al Este y una orientación Este-Oeste de 16° 30’ al Sur con una variación 1° 2’ del ángulo recto. Han sido encontrados petroglifos que pudieron haber servido para el trazo de la ciudad, considerándose que éstos datan del principio de la era cristiana. La ciudad se desarrolla al sur del Cerro Gordo, que fue su principal fuente de abasto de agua potable y está situado convenientemente al Norte, con manantiales a un nivel superior al de la ciudad, lo que le daba la posibilidad de conducir por gravedad el agua a todas sus partes. En esta época se construyen la Pirámide del Sol y de la Luna, denominadas así más tarde por los mexicas; la Pirámide del Sol, con una altura aproximada de 63 metros y un basamento cuadrado de aproximadamente 50,600 m2, es el templo más importante del complejo urbano y fue edificado sobre uno de los manantiales existentes. Fue construido originalmente a base de cuatro grandes plataformas en talud recubiertas de piedra, superpuestas una sobre otra con un ángulo aproximado de 47°, aunque en la reconstrucción llevada a cabo a finales del Porfiriato ,por Leopoldo Batres, le hayan resultado cinco plataformas.

La Pirámide de la Luna, en el extremo norte, de menor altura, tiene su cúspide coincidente con la Pirámide del Sol por el declive del terreno. Desde lo alto de las dos pirámides se tiene una magnífica vista; en la lejanía y hacia el sur, aparece el Valle de Anáhuac con su gran lago, que debió conformar desde Teotihuacan un bello paisaje natural, digno de los lienzos de José María Velasco, que captaron, más de mil seiscientos años después, la mágica belleza del Valle de México. Algunas versiones de la investigación arqueológica estiman que en la segunda etapa, que va del 150 al 250 d.C., la ciudad inicia su expansión hasta lograr su máxima extensión territorial. Seguramente esto sucede posterior al final de la etapa que va del 250 al 450. Al inicio de este periodo, se construyen la Plaza de la Ciudadela y el Templo de Quetzalcóatl, éste último con tableros ricamente decorados con figuras de gran belleza y policromía, representando cabezas de serpientes con plumas de quetzal y caracoles esculpidos en piedra. Las últimas excavaciones hechas en este templo han revelado la posibilidad de prácticas rituales relacionadas con los sacrificios humanos, realizados desde entonces por los teotihuacanos. De igual forma se han encontrado algunas evidencias que suponen la existencia de incendios en templos y palacios alrededor del 550.

De acuerdo también con la investigación arqueológica, existe una etapa de reconstrucción de la ciudad. Teotihuacán empieza a crecer sobre sí misma; algunos templos son recubiertos por estructuras superpuestas. Esto tal vez suceda al final de su época de esplendor, probablemente a finales del siglo VI, toda vez que los trabajos de restauración, hechos por Manuel Gamio en el Templo de Quetzalcóatl a principios del siglo XX, demostraron que la estructura inferior era superior en calidad y refinamiento escultórico a la superpuesta.

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En el 450, Teotihuacan era ya una ciudad estructurada con conjuntos habitacionales integrados con barrios intercomunicados por calzadas y callejuelas pavimentadas con piedra. En estos barrios no era excepcional encontrar pequeños templos oratorios. No se sabe si los teotihuacanos tuvieron dioses domésticos como los “penates” de los romanos. En la ciudad existían infinidad de plazas interiores, jardines y palacios; la ciudad contaba con una extensa red para canalizar el agua potable así como las redes adecuadas de alcantarillado que hacían de esta una ciudad limpia y bella, con gran cantidad de jardines y flores variadas. En esa época la ciudad tenía más de 15 km2 de extensión y aproximadamente 65,000 habitantes. Teotihuacan alcanza su máximo esplendor probablemente del año 400 al 600; en ese tiempo, la metrópoli seguramente superaría a los 100,000 habitantes permanentes más una importante población flotante o itinerante; su superficie posiblemente rebasaría las 2,000 hectáreas. Estas cifras son por supuesto aproximadas, pues existen diferentes versiones de diferentes investigadores, pero en promedio y por los hechos, podemos calcularlas conservadoramente en esta forma. Ya en esta época es de suponerse que tanto la actividad humana, como por supuesto la agrícola, absorbían la mayor parte del agua de los manantiales del Cerro Gordo.

La teotihuacana era una sociedad bien estratificada en diferentes clases; sacerdotes, guerreros, artistas, constructores, artesanos, comerciantes, agricultores, peones, etc. Una sociedad en armonía dedicada a la adoración de los dioses, al dominio de los reinos mesoamericanos, a la producción agrícola, al comercio, a la producción artesanal, al entretenimiento, a la observación de los astros y al disfrute de la gran ciudad por medio de una vida urbana sofisticada y de gran esplendor. Existían barrios especializados e identificados por las diferentes regiones o reinos del imperio. Y por otro lado se encontraban, de manera muy importante y característica de la ciudad, las áreas dedicadas al entrenamiento de guerreros y juegos rituales, como parte importante de la necesidad de sojuzgar y controlar a sus tributarios por medio del poder impuesto por la fuerza.

Una constante en las culturas mesoamericanas fue también la observación sistemática del movimiento cíclico de los astros y sus efectos en los fenómenos naturales relacionados con la agricultura. Teotihuacan continuó el trabajo de investigación de las culturas que le antecedieron. Seguramente cada templo podía ser utilizado en las prácticas ceremoniales, rituales y teocráticas, y además, como un punto fijo en la cúspide, propicio para la observación y medición astronómica, convirtiéndose de esta manera en virtuales observatorios del movimiento celeste. Esto, combinado con el dominio de las matemáticas y el manejo de los calendarios, les proporcionaba una valiosa herramienta científica aplicable a la agricultura y a la prevención de los fenómenos naturales. A partir del 650, y durante un siglo, se da la declinación de la cultura teotihuacana hasta casi su total desaparición en el 750, no sin antes transmitir a las civilizaciones posteriores su influencia cultural expresada en su manera de vida, su agricultura, su teogonía, su concepción cosmogónica de plenitud y grandeza en la vida terrena y de trascendencia después de la muerte. La extinción de la influencia teotihuacana en Mesoamérica dio posibilidad al surgimiento y florecimiento de nuevas culturas como la tolteca.

Como una pintura

nos iremos borrando,

como una flor

hemos de secarnos

sobre la tierra,

cual ropaje de plumas

del quetzal, del zacuán,

del azulejo, iremos pereciendo.

Iremos a su casa.

 Aún en estrado precioso,

en caja de jade

pueden hallarse ocultos los príncipes:

de modo igual somos, somos mortales,

los hombres, cuatro a cuatro,

todos nos iremos,

todos moriremos en la tierra.

Nadie esmeralda,

nadie oro se volverá,

ni será en la tierra algo que se guarda:

Todos nos iremos

hacia allá igualmente:

nadie quedará, todos han de desaparecer:

de modo igual iremos a su casa[3].

Como herencia de Teotihuacan quedó un valioso legado de múltiples y variadas facetas: su mitología transmitida a las culturas posteriores, su panteón de dioses, el nacimiento de Quetzalcóatl y de la gente del Quinto sol, y de su inicio mismo. Sus vestigios arquitectónicos, su gran complejo urbano, la calzada de los muertos, sus grandiosas pirámides del Sol y de la Luna, la Ciudadela, el Templo de Quetzalcóatl, el Palacio de Quetzalpapalotl y tantas otras maravillas como sus barrios habitacionales, alimentados de agua potable corriente, convenientemente drenados y generosamente estructurados, sus jardines en floración permanente, su armonía y limpieza urbana y sus calzadas pavimentadas. Y en suma, todo ese gran complejo urbano que debió haber sido en su época de esplendor; una apoteosis de luz y de color bajo un cielo azul añil, expresión física de una gran cultura, con una concepción mística y generosa de la vida y de la muerte, que dejó su impronta indeleble y trascendente en todo Mesoamérica. Como hemos visto, la vocación imperial se dio también en América, aunque con otra concepción mucho más espiritual, mística y teocrática. Si bien sobre bases similares de expansión guerrera y dominio político, usufructuando mediante el tributo el esfuerzo de los pueblos dominados y, con cargo a ellos, la edificación de la grandeza del imperio.

[1] Miguel León Portilla, “Textos indígenas del mundo náhuatl del siglo XVI”, Los antiguos mexicanos (México: Fondo de Cultura Económica, 1961) 25.

[2] Pablo Escalante Gonzalbo, ed. Nueva Historia Mínima de México: El México Antiguo (México El Colegio de México, 2005) 27-28.

[3] Nezahualcóyotl, “Como una pintura nos iremos borrando”, Traducción del padre Garibay, Nezahualcoyotl, vida y obra, por José Luis Martínez (México: Fondo de Cultura Económica) 203-204.

Tomado de “México y su Realidad” Tercera Edición, de Antonio Fuentes Flores.

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