Revolución mexicana

La Bola

Reflexiones sobre el movimiento armado de 1910 Por: Antonio Fuentes Flores

La revolución a la que el pueblo le llamó “la bola”; la bola de intereses mezclados, la bola de participantes con sus distintas motivaciones, la bola de ideas y estandartes, que como madeja se desordenan y enredan unos con otros; como los postulados de los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, por un cambio radical hacia el socialismo, los cuales se mezclaron con desventaja, con la actitud reformista de los llamados revolucionarios, paradójicamente de pensamiento conservador y pequeño-burgués, quedando al final todo revuelto dentro de una gran bola de polvo que difumina y hace confusas las siluetas, extraviándolo todo, confundiéndolo todo. Una bola que castigó a muchos inocentes, personas inermes que ni la debían pero sí la temían. Una bola que en pos de la justicia cometió grandes injusticias, que acabó con muchas fuentes de trabajo y de riqueza, que propició el despojo indiscriminado, principalmente del más débil, que dejó impunes a muchos criminales y saqueadores. Una bola que repartió las tierras para volver a acumularlas en los generales “victoriosos” que reclamaban su botín; una bola que, como en las fundiciones, hizo que la escoria subiera a las capas superiores que es donde permanece actualmente con el camuflaje de la vestimenta que proporciona la riqueza, aunque sea mal habida. Sin embargo, en cierta forma esto era necesario para romper con la inercia de tanta injusticia y que, al igual que en las fundiciones, también preserva o pretende preservar lo mejor que yace adentro; en las entrañas de México.

Así como en la etapa que se vivió con la lucha por la independencia, lo que pudo haber sido relativamente breve, también aquí en la llamada revolución, el movimiento armado no sólo se prolongaría por un período adicional de más de 10 años con un enorme costo social y económico, viciándose los principios y contaminándose los intereses legítimos, con los intereses más viles y corruptos. Los líderes e ideólogos honestos, que veían necesario e impostergable el cambio en México; se vieron marginados, ellos y sus ideas, por algunos con madera de líder o de caudillo que pudieron llegar a ser verdaderos guías nacionales, verdaderos estadistas; pero que sucumbieron a las tentaciones del poder y al final no se distinguieron mucho de los oportunistas y mercaderes de la política, adictos al poder, que vieron en el proceso social y político una gran oportunidad para hacer fortuna, sin que les importara, ni en forma mínima, la pérdida de vidas y el sufrimiento del pueblo.

Las dictaduras cuando no son por ley, suelen estar disfrazadas como democracias para guardar las apariencias sólo en la forma, porque en esencia y de hecho, ejercen un poder absoluto, despótico y tiránico. De esta forma, durante 34 años ejerció Porfirio Díaz el poder, con la única excepción del intervalo en el que momentáneamente le prestó ese poder a su compadre Manuel González, ya que no le quedaba otra opción si quería respetar su propia reforma constitucional. Posteriormente, con la complicidad de un congreso dócil, previamente designado por él, (como seria de aquí en adelante y hasta el fin del siglo XX) fue adecuando la Constitución hasta que le permitiera reelegirse cuantas veces quisiera. Aquí se encuentran las raíces del origen del sistema político unipartidista, priista, que como continuación de la dictadura, se apropió de hecho del poder político en México, a partir de marzo de 1929 y durante más de 70 años.

Díaz gobernó con mano de hierro, lo que en algunos casos no es malo si se respeta el derecho basado en leyes justas. Se dice que hizo mucho y así fue, hizo tanto como el trabajo de ocho presidentes juntos, ya que gobernó por más de 8 periodos presidenciales, incluyendo el de su compadre. Lo cierto es que los pueblos tienen que avanzar y lo hacen, incluso a pesar de sus gobernantes, más todavía si el pueblo estaba cansado de tanta lucha fratricida, si lo que quería era vivir en paz y con esto tener la oportunidad de trabajar y superarse. Sin embargo, hay que reconocer que en regímenes dictatoriales como el de Díaz, se pueden lograr avances materiales extraordinarios; durante el Porfiriato los ferrocarriles, iniciados durante la época de Juárez, crecieron al 12% anual, (todos los puentes internacionales del ferrocarril existentes actualmente fueron hechos en ese tiempo) la agricultura floreció, la producción de alimentos aumentaba a mayor ritmo que la población y la industrialización del país se inició con gran pujanza. A principios del siglo XX México contaba con más de 5,000 fábricas de diversos productos, las finanzas públicas también se vieron fortalecidas. Pero cuando el dictador no tiene límites, suele pervertirse el poder positivo del ejecutivo, que debería de ser exclusivamente  en beneficio del pueblo y se convierte en tiranía para beneficiar a un grupo reducido, en detrimento de la mayoría del pueblo.

Mucho tuvo que ver en todo este progreso material, el ánimo y la disposición del pueblo que desde su independencia y ya desde antes de lograrla no había hecho otra cosa que luchar, o cuando menos soportar el fragor de la batalla, además de sufrir las consecuencias directas e indirectas de los diferentes movimientos armados, y de los diferentes bandos que siempre cobran, forzosa e injustamente, un “impuesto” de guerra. Desde la “independencia” el pueblo estuvo sufriendo constantemente conflagraciones internas y el resto del tiempo luchando contra la invasión del extranjero. En estas condiciones casi no se habían tenido momentos de paz para construir la Patria, con excepción de la última etapa de Juárez, en donde una vez rechazada la agresión extranjera se aprovechó el tiempo para restaurar la Republica. El pueblo sabe intuitivamente que el progreso material no es lo más importante, sobre todo cuando se hace a costa del progreso social, de la libertad política y de la dignidad de la persona.

El pragmatismo político y económico, en donde el logro de lo propuesto es lo único que importa y todos los medios podían, no sólo explicarse sino justificarse plenamente si se lograba el fin buscado; fue la “filosofía” que animó al tirano con sentimientos de profundo aprecio y compasión por sí mismo, zalamero con el extranjero y adusto y severo con los propios, pronto al llanto mentiroso y conmovedor de mentes ingenuas y pueriles. Don Porfirio siempre fue un viejo zorro, astuto, de múltiples mañas y gran habilidad política. En materia de humanismo tampoco contaba con muchos escrúpulos, lo cual demostró  controlando eficientemente a malhechores y forajidos, (“mátenlos en caliente”) pero también reprimiendo injustamente a grupos indígenas como los yaquis de Sonora y permitiendo la explotación del trabajador en la ciudad y en el campo como se hizo durante la colonia, lo cual él y su clase veían como normal, (lo que sucede hasta la actualidad). Lo cierto es que sin ser él mismo un gran administrador se supo rodear de gente capaz y darles una cierta autonomía, estableciendo las reglas del juego y manteniendo un férreo control político, lo cual nunca sale sobrando en muchos casos del quehacer en el gobierno.

Fue Porfirio Díaz quien instituyó el “paternalismo” en la vida política nacional como uno más de los instrumentos de control político, basado en un profundo desprecio por la manera de ser del mexicano, o de lo que él creía que era la idiosincrasia nacional. Con esto nace la subestimación de la capacidad popular para determinar con libre albedrío su propio destino : “la sociedad mexicana no está preparada para gobernarse” y “no saben lo que quieren” (esta manera de ver las cosas fue utilizada por don Porfirio y por el sistema político que le siguió) Por lo tanto, Díaz sentía la obligación de perpetuarse en el poder y para esto contaba con la complicidad de las diferentes potencias representadas en México; las cuales aceptaban el régimen dictatorial ejercido por don Porfirio, mientras les favoreciera en sus intereses y grandes negocios.

Aquí nace también el presidencialismo mexicano que tiene sus raíces en la similitud de nuestra Constitución del 24, con la primera también de los EU., en 1787. Ellos han sido igualmente un país presidencialista, con la diferencia de que su presidencialismo en muchas ocasiones ha podido ser el instrumento de los mejores propósitos nacionales, lo cual demuestra que éste no siempre es malo. En cambio, el presidencialismo mexicano ha sido perjudicial, salvo en la época juarista cuando fue dignificado como institución de gran lealtad y seriedad, habiendo servido para salvar a la República. A partir del Porfiriato y durante el régimen unipartidista el presidencialismo se instituye como sinónimo de infalibilidad mediante un gobierno autoritaritario, sin importar que éste sea despótico, oprobioso e injusto. Y perdura hasta nuestro tiempo, cuando menos en el ánimo servil y abyecto de los cortesanos de siempre.

Europa, a través de Inglaterra principalmente, se interesó en México. La exploración, perforación y explotación del petróleo existente en el subsuelo mexicano, atrajeron a una serie de inversionistas extranjeros; esto ocasionó que los intereses británicos empezaran a competir “peligrosamente” con los estadounidenses. Porfirio Díaz inteligentemente y a propósito, trató de diversificar los intereses y la inversión extranjera en México, pero esto no le atrajo la simpatía de las compañías petroleras estadounidenses que veían amenazada la exclusividad de su “coto de caza”. El progreso material de las grandes compañías nacionales y extranjeras, de sus intermediarios, de la clase política en el gobierno y de la aristocracia ligada a la esfera cercana a don Porfirio; era público y notorio. Y aunque existía una clase media con aceptables condiciones de vida, esto no sucedía en las clases populares, que constituían desde la colonia la gran mayoría, especialmente los campesinos e indígenas que seguían siendo discriminados y explotados igual y en algunos casos peor como lo habían sido en la colonia por medio de las encomiendas. Sin embargo lo que mayor malestar causaba era la permanencia de la misma elite y su líder por tanto tiempo en el poder y la desesperanza de la mayoría.

La ley sobre deslinde y colonización de los terrenos baldíos fue promulgada a finales de 1883, creándose para esto “las compañías deslindadoras”. Éstas eran los únicos árbitros para establecer cuáles eran terrenos baldíos y, por lo tanto, susceptibles de apropiación. “Se afectaron las propiedades comunales indígenas, los manejos turbios crearon los latifundios, y un nuevo sistema de vida nació para el campo […] Fue del dominio público que personajes políticos se apoderaron de la tierra […] El dato más objetivo es que las haciendas en 1877 sumaban 5869, y en 1910 su número aumentó a 8431, pero en manos de un reducido número de personas”1. Los campesinos mantenían el mismo estatus de la época de las encomiendas, agravado ahora también, una vez más, con el despojo “legal” de sus tierras, al no poseer títulos “confiables”. Las tierras comunales despojadas a los indígenas fueron un platillo apetecible para muchos latifundistas. Las llamadas tiendas de raya de algunas haciendas representaban verdaderos instrumentos de opresión y esclavismo, que mantenían al peón y a su familia encadenados con la deuda y en la miseria. Vivían en una situación de explotación, indefensión e injusticia constantes, lo que se componía cada vez más una escenario insostenible. Desde entonces la migración de esta gente hacia los Estados Unidos, motivada por la desesperanza, comenzó a darse en forma sistemática, a pesar del trato discriminatorio y vejatorio que recibían allende el Bravo.

1 Jorge Carpizo, La Constitución mexicana de 1917 (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1980) 25. 2 El Porfiriato se había enseñoreado del país desde 1877.

Las condiciones estaban dadas, los factores externos y los internos se combinaban en una mezcla explosiva, el detonador lo dio la misma tozudez e intolerancia del dictador que se creía eterno. Como en la época de la independencia, las condiciones eran propicias para la insurrección del pueblo, que como paja seca solo esperaba el calor para ser encendido: el movimiento armado se dio y el tirano cayó.

Agotado por sí mismo y abandonado por los Estados Unidos, termina el Porfiriato2, más por el exilio de su líder que por la superación de sus vicios. La revolución de 1910 y el ideal Maderista, que fue el factor interno que terminó con el Porfiriato también terminan. A su paso dejan sin realizar el cambio radical para el bien de la vida nacional favoreciendo tanto a la persona como a la empresa y no solo al capital como hasta la fecha sucede. Al final se lograría sólo una acción medianamente reformadora y una efímera participación democrática de los mexicanos, pero a un enorme costo social y humano. El lema del Plan de San Luis y de la revolución maderista fue: “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Lema que al término de la revolución se usaba sin sentido alguno en toda la correspondencia oficial y que, por otro lado, entraña una grave contradicción, porque si el sufragio fuera efectivo, luego entonces ¿por qué la no reelección?

2 El Porfiriato se había enseñoreado del país desde 1877.

Durante mucho tiempo esta divisa3 sólo se logró por derecho en cuanto a la no reelección, toda vez que en la práctica y de hecho nunca respondió al espíritu de la ley. Si bien es cierto que legalmente estaba impedida la reelección de las personas, aunque con Obregón se dio la excepción, esto no impidió que un mismo grupo, un mismo partido, haya sido el que se perpetuase en el poder ejecutivo federal precisamente por ser nulo el sufragio efectivo que ellos prometieron. En realidad la dictadura continuó, aunque ahora de partido, y la llamada revolución resultó en una parodia que al final logró establecer un verdadero neoporfiriato por el resto del siglo XX.

La misma actitud tímida y medrosa que se dio en la época de la Independencia cuando se luchaba en contra de la Corona, al plantear la posibilidad de que gobernara en México alguien de la casa de Fernando VII, ahora se volvía a dar; “el apóstol de la democracia”, Francisco I. Madero, en su libro “La sucesión presidencial de 1910”, sugería que podría continuar gobernando don Porfirio y que sólo se eligiera al Vicepresidente, actitud ingenua, que ya presagiaba las consecuencias que al final se dieron. Al igual que en el inicio del movimiento insurgente de independencia; en la revolución maderista los hechos de guerra exitosos se sucedieron si no con facilidad, sí con relativa rapidez. En escasos 6 meses ya se había logrado la renuncia del dictador. Indudablemente que fue factor decisivo la participación de líderes guerreros como Pascual Orozco y Francisco Villa en el norte, y Emiliano Zapata en el sur, quienes lucharon con denuedo, animados por un ímpetu reivindicatorio, más que de cambio social,.

Al triunfo de la causa, Madero fue demasiado clemente y magnánimo con el enemigo, y exageradamente escrupuloso en cuanto a la legalidad de los actos. Llegó al grado de, como vulgarmente se dice, “dejar al lobo a cargo del rebaño”, al permitir que un porfirista recalcitrante se hiciera cargo, en forma interina, de la Presidencia de la República. Habiendo renunciado el Presidente, por ministerio de ley le correspondía el cargo al Secretario de Relaciones Exteriores. Pero no se daba cuenta, o no quiso comprender, que él mismo había iniciado un proceso pretendidamente revolucionario, que debería llevar a cambios radicales, y que él había ganado y podía y debía fijar las condiciones. Sin embargo de acuerdo a lo aceptado en el tratado de C. Juárez, Francisco León de la Barra, quien tenía como uno de sus lugartenientes a Victoriano Huerta, asume la primera magistratura de la nación con todas las prerrogativas que el cargo implica y únicamente con las limitaciones del interinato, para convocar a elecciones democráticas por primera vez en muchos años. Sorprendentemente Madero le encomendaba a quienes él había derrotado; el control del poder y del ejército, y a sus generales que lo habían llevado al triunfo de la causa, les ordenó terminantemente: licenciar, desarticular y despachar a su casa a las fuerzas revolucionarias vencedoras. La sorpresa y descontento fueron mayúsculos, ya no tanto de los jefes revolucionarios que se sentían con sobrada razón traicionados, sino del pueblo en general que creía haber derrotado a sus opresores y ahora los veía con azoro continuar en el poder con nuevos bríos y el mismo autoritarismo. Madero, con estas acciones aberrantes, le confiaba su seguridad personal y la seguridad nacional; nada menos que al ejército federal que él había derrotado. ¡Verdaderamente increíble!

El 7 de Junio de 1911, don Francisco I. Madero hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México. En ese mismo año se realizan las elecciones resultando él electo Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Ni pudo ni quiso consolidar un gobierno fuerte y absolutamente leal, como le aconsejaban sus colaboradores más cercanos y preclaros, como su propio hermano Gustavo Madero, Luís Cabrera y Serapio Rendón, gentes de gran lealtad.

La tarea más grata y la que más ocupaba su tiempo y atención eran Las reformas que Madero como Presidente de México estaba realizando en todos los ámbitos de la vida nacional, principalmente en el campo agrícola, en donde muchas de ellas, aunque sin ir afondo en forma radical restituyendo las tierras a los campesinos que fueron despojados, si acababan con las prebendas y privilegios de los diferentes grupos, que asociados con el poder político se habían convertido, a través de las diferentes épocas, en los dueños en turno del país. Sin embargo, estas reformas también eran la principal causa para su eliminación por parte de los intereses ilegítimos de nacionales y extranjeros mezclados en la oligarquía de siempre.

No es posible hacer gran cosa, ni mucho menos realizar los cambios estructurales necesarios, si cuando se gana el poder se mantiene intacto el aparato burocrático viciado y corrupto y, aún más, se conserva a los pillos y asesinos que lo han manejado. Y además, por un acto de fe, de confianza exagerada, por no decir de ingenuidad, y por una justicia que nadie reclamaba se les confiere el poder y el mando, se les vuelve a dar autoridad. Esto naturalmente resulta suicida. El trabajo de León de la Barra fue de sabotaje, centrando su acción no solo en el distanciamiento de Zapata y Madero sino tratando de provocar su enfrentamiento, utilizando a Victoriano Huerta y al general Blanquet con tal efectividad que a escasos 20 días de haber asumido Madero la Presidencia, Zapata, apoyado intelectualmente por Antonio Díaz Soto y Gama, proclama el Plan de Ayala. Éste establece que se levantaran en armas contra el supremo gobierno y solo las dejaran cuando los pueblos despojados recuperen sus tierras, que había sido el motivo del levantamiento armado en apoyo de Madero.

El resto de los grupos revolucionarios que vieron licenciadas sus tropas y se sentían marginados, también mantenían latente el descontento y la frustración por haber fracasado; porque una revolución que claudica, sin imponer sus condiciones; es una revolución que fatalmente está perdida. Algunos de ellos, como Pascual Orozco, se sublevaron en el norte porque no les pareció suficiente el botín logrado por su “sacrificio”. Incluso los del bando contrario, en forma oportunista, como Bernardo Reyes que se levantó en Nuevo León porque creía que él era el verdadero heredero de don Porfirio y porque sentía que contaba con amplia experiencia como gobernante y “no como los nuevos que acababan de llegar” y Félix Díaz, sobrino del dictador, oportunista que se levantó en Veracruz. Ambos fueron momentáneamente dominados y apresados.

Toda esta efervescencia y malestar en contra de Madero, era aprovechada por quienes habían venido socavando la solidez del nuevo régimen como; los hacendados, los ricos empresarios, “las plumas vendidas” de siempre, de la prensa ligada a los intereses económicos y los militares que Madero había equivocadamente encumbrado; como Victoriano Huerta, apoyados y orquestados por el embajador de los EE. UU., que consideraba inconvenientes las reformas de Madero sobre la explotación petrolera, para los intereses de las compañías estadounidenses. Todos estos conspiradores se veían ampliamente ayudados por la misma actitud del Presidente, que ensimismado no alcanzaba a vislumbrar la realidad nacional, la cual estaba plagada de verdaderos peligros a tal grado que se podría semejar al tránsito del Presidente por un campo minado y teniendo por guías, mal intencionados, a los mismos que plantaron los explosivos.

La intervención injusta, vil y contradictoria del embajador de los EU., Henry Lane Wilson, aliado a las fuerzas más oscuras de la política en ese tiempo, encabezadas por Victoriano Huerta, Félix Díaz y Bernardo Reyes, para planear y ejecutar en 1913 el asesinato del Presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suárez; dos hombres de Estado que por primera vez en 35 años, habían sido electos democráticamente por el pueblo de México; son un ejemplo digno de análisis, para que no se vuelva a repetir. Estos hechos son prueba de cómo una clase identificada por intereses económicos y políticos de gran corrupción y codicia, con una actitud servil hacia los EU., y el representante de un país extranjero, de la misma calaña que los traidores con los que se asoció, que con prepotencia y desprecio, excede sus funciones; causaron un daño irreparable a la nación mexicana. Lo cual resulta paradójico, sobre todo viniendo de un país que se proclamaba como abanderado de la democracia.

La parodia de la presidencia de Victoriano Huerta y de su pelele Pedro Lascuráin (presidente sólo por minutos), protegidos del embajador norteamericano, se topó con la dignidad nacional. Algunos de los gobernadores de los Estados, convocados por el gobernador de Coahuila, don Venustiano Carranza, formaron el Ejército Constitucionalista mediante el plan de Guadalupe. Y retomaron la lucha armada. Ésta habría de terminar, en su primer parte, con la caída del usurpador, a quien la rectificación de los Estados Unidos le dio la puntilla.

Digna de profundo respeto y reconocimiento fue la valiente intervención del doctor don Belisario Domínguez, político chiapaneco de gran valor e integridad, que llegó al Senado como Senador suplente a la muerte del titular. Este personaje excepcional, actúo como un verdadero tribuno, como un verdadero Senador de la República, que a la hora de la verdad y en representación de los chiapanecos y de todo el pueblo de México, fue la excepción en un Congreso mayoritariamente servil y oportunista. Se enfrentó al usurpador, costándole el martirio y la vida misma.

A la lucha continua se incorporan nuevos protagonistas, como los sonorenses Álvaro Obregón, Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles. Gente de Coahuila que venía con Venustiano Carranza, como Eulalio Gutiérrez, y de varios estados de la República, como el artillero Felipe Ángeles, Roque González Garza y otros ya conocidos como Francisco Villa, Pablo González y Emiliano Zapata en el sur, este último, con cierta justificación, nunca reconoció a Carranza, lo que terminó por costarle la vida. Y muchos otros de todo tipo que se iban sumando al proceso, desde los bien intencionados por la causa, hasta por supuesto, los que utilizaban la causa nacional para su propia “causa”. De inmediato se crearon diferentes facciones, que en cierta forma constituían verdaderos frentes de batalla. El principal estaba encabezado por el jefe del ejército constitucionalista, don Venustiano Carranza. Otra facción estaba liderada por el “Centauro del Norte” y jefe de la división del norte, Francisco Villa. Álvaro Obregón tenía la suya propia en el occidente. En el sur estaba a la cabeza Emiliano Zapata, el “Caudillo del Sur”, y en el oriente, Pablo González. En un principio participaron activamente algunos intelectuales que trataban de darle orientación y congruencia a la lucha armada, tales como Luis Cabrera, Antonio Villarreal, Juan Sarabia, José Vasconcelos y Antonio Díaz Soto y Gama, entre otros. Ricardo Flores Magón había emigrado hacia los EU., en donde murió más tarde encarcelado, su delito había sido promover internacionalmente el socialismo anarquista.

Durante una de las batallas más importantes, la toma de Zacatecas, las fuerzas constitucionalistas estaban perdiendo terreno y hubieran perdido esa batalla si Francisco Villa, desobedeciendo órdenes de Carranza, no hubiera dejado Torreón y llegado muy oportunamente con la División del Norte a reforzar al general Pánfilo Natera en la toma de los cerros del Grillo y de la Bufa con gran intuición y determinación. Así fue como se ganó la batalla que marcaría la derrota definitiva de Victoriano Huerta. Otra vez Francisco Villa como en la toma de Ciudad Juárez junto con Pascual Orozco, desobedecieron las ordenes de quienes carecían de intuición estratégica y lograron el triunfo. En estas condiciones, después de la firma de los Tratados de Teoloyucan, el 20 de agosto de 1914, hizo su entrada triunfal a la ciudad de México don Venustiano Carranza al frente del Ejército Constitucionalista y, de acuerdo al Plan de Guadalupe asume la Presidencia de la República. En 1914 al pretender Carranza ser ratificado como Presidente interino, es rechazado por las otras dos facciones de zapatistas y villistas, que pedían que el nuevo presidente fuera electo democráticamente en una convención de las fuerzas revolucionarias; el mismo Carranza acepta que esa convención se lleve a cabo en Aguascalientes. Sin embargo se les va de las manos y la misma Convención de Aguascalientes, el 10 de octubre de ese mismo año, desconoce a Carranza como Presidente y nombra a Eulalio Gutiérrez. Posteriormente, la misma Convención, dando bandazos, desconoce a Eulalio Gutiérrez y nombra en su lugar a Roque González Garza como Presidente de la República, a quien más adelante substituye Francisco Lagos Cházaro, personaje poco conocido. Mientras tanto las diferentes facciones pelean unas contra otras, y la facción de la Convención de Aguascalientes mantiene en su poder a la capital de la República.

A principios de 1915 Venustiano Carranza que se había trasladado a Veracruz, nombra al general Álvaro Obregón jefe de los ejércitos constitucionalistas, y en menos de un mes toma la Ciudad de México. Acto seguido, combate y derrota a la facción villista que estaba en el centro de la República, aunque le costaría la pérdida del ante brazo derecho y casi la vida. Esto, aunado a que el 19 de octubre de ese año los Estados Unidos convocando a gran parte de los gobiernos de América; reconocen como legítimo al gobierno de Venustiano Carranza. Esto trae como consecuencia que las aguas se asienten y tomen otra vez su cauce. Sin embargo y mientras tanto, cuando Francisco Villa se entera del reconocimiento de los EU., para el gobierno de Carranza, reacciona de inmediato y, enfurecido como bestia rabiosa, manda fusilar a 5 inocentes ciudadanos norteamericanos que hacían el viaje por ferrocarril de Chihuahua a Ciudad Juárez, no pierde oportunidad de vengarse con gente inocente y finalmente llega al extremo de cometer un acto descabellado, injusto y bárbaro al llevar a cabo un ataque en contra la pequeña población de Columbus, situada en la frontera, en los EU., a principios de marzo de 1916, asesinando y saqueando por doquier. Esto fue lo que motivó la expedición punitiva del ejército estadounidense a cargo del general Pershing, que penetró a territorio mexicano (con autorización de Carranza) en busca de Villa, sin poder encontrarlo después de más de 2 meses.

Más tarde en septiembre de 1916 se convoque a un Congreso Constituyente para elaborar la nueva Constitución, este Congreso Constituyente se integró con representantes de todos los Estados de la República y del Distrito Federal. De acuerdo a su población se asignaron: un diputado y un suplente por cada 60,000 habitantes o fracción que pasara de 20,000. Éstos ideológicamente resultaron tanto de pensamiento conservador o de derecha, como de ideas progresistas o de izquierda; sin embargo en la integración de las comisiones prevalecieron los de ideas progresistas. Lejos de aprovechar la oportunidad de una nueva Constitución para concretar los cambios radicales que se persiguen con una revolución, en realidad, el proyecto enviado por Carranza era una tímida modificación, solo en la forma, de la Constitución de 1857. Lo que dejaba claro que nunca fue una revolución lo que él pretendía. Debido a esto, las comisiones tuvieron que revisarlo y modificarlo a fondo tratando de plasmar en la nueva Constitución cuando menos los principios y bases jurídicas fundamentales que respondieran a las causas que habían motivado el movimiento social y la lucha armada del pueblo de México.

Intelectuales y políticos de toda la República participaron con sus ideas en la conformación de la nueva Constitución, con el objeto de establecer reformas jurídicas que fueran verdaderas reivindicaciones por las injusticias que habían prevalecido en la vida nacional afectando el desarrollo equilibrado del pueblo de México. En estas condiciones se puso especial énfasis en el tema agrario y de la propiedad, por medio del artículo 27, en el del trabajo a través del artículo 123, y el de la soberanía popular quedó consagrado en el artículo 39 constitucional de la nueva Carta Magna. En el artículo 3o establecieron la obligación del Estado para proporcionar educación laica y gratuita. Así mismo se logró la inclusión del importante tema sobre las garantías individuales. Por otro lado, se subsanaba el error de la primacía del poder legislativo sobre los otros dos y se ratificaron las reformas constitucionales de Lerdo de Tejada, con la inclusión del Senado como cámara alta representativa de los Estados de la República. Se fortaleció al ejecutivo con un presidencialismo positivo, estableciendo la autonomía entre los poderes del gobierno, mediante su división, separación y el respeto entre los mismos.

De esta forma, la movilización de la sociedad civil con la participación popular y de los intelectuales patriotas bien intencionados, fue lo que al final logró algunos cambios que sin llegar a ser radicales si fueron sustanciales. El movimiento armado culminó con la Constitución de 1917, plasmando en instrumentos jurídicos los anhelos de libertad, justicia y democracia del pueblo de México. En este gran movimiento social se sacrificaron más de un millón de vidas en una guerra fratricida por un México mejor, pagando así su cuota de sangre, esperemos que para siempre. Sin embargo, los mejores ideales que dieron origen al movimiento armado, continuarían siendo letra muerta por mucho tiempo aunque el derecho los preservara, o incluso traicionados con los hechos de gobierno por el mismo grupo emanado de la lucha armada que se autoproclamaría “revolucionario”.

Un ejemplo temprano de la traición con los hechos del gobierno revolucionario, fue el movimiento agrario encabezado por Zapata, que llevaba como lema “Tierra y Libertad”, el reclamo era que se restituyera el despojo que habían sufrido las comunidades de campesinos durante el Porfiriato mediante el gran fraude de las compañías deslindadoras. Éstas les habían arrebatado a los campesinos, principalmente indígenas, los terrenos de su propiedad por diversos medios, los más injustos y a la fuerza, por no haber podido comprobar documentalmente a satisfacción de los expropiadores, la tenencia de las tierras comunales, que desde tiempo inmemorial les pertenecían. Emiliano Zapata, tal vez el caudillo agrario más auténtico de la Revolución Mexicana, terminaría víctima de su propia intolerancia y del mismo grupo pretendidamente revolucionario, ahora hecho gobierno, que lo engaña y lo asesina con saña y cobardía. Los gobiernos autoproclamados “revolucionarios” siguieron con la misma tónica. Mas tarde en la época de López Mateos asesinan a Rubén Jaramillo y a toda su familia acribillando su choza, continuaron con muchos otros como los de Aguas Blancas y tantos y tantos mas. Y para simular tuvieron que constituir organizaciones campesinas comparsas como la CNC del PRI, por ejemplo.

Al final de su mandato, Carranza cometió un error garrafal al querer imponer a su sucesor. Escogió para esto al Ing. Ignacio Bonillas, quien en ese entonces era el embajador de México en los Estados Unidos y casi un desconocido. Olvidó que la lucha del pueblo de México había sido precisamente por imposiciones políticas arbitrarias como la que ahora él pretendía, pero además agravó su error al subestimar y pretender marginar del proceso al héroe del triunfo armado de la revolución, al general Álvaro Obregón, quien lo había apoyado y llevado al poder. Seguramente las intenciones de Carranza eran buenas. Durante el movimiento armado, pero sobre todo al final, la corrupción del grupo revolucionario era escandalosa, principalmente entre los generales. Tal vez la acción de Carranza se pudiera explicar, que no justificar, como un doble intento del Presidente por acabar con la corrupción y con la continuidad de los generales. Sin embargo, su decisión de llevar a la Presidencia a un civil cuando todavía no era tiempo y al haberlo manejado con torpeza política, le costó la vida.

Al inicio de la década de 1920, “la familia” de Sonora ya estaba integrada: la encabezaba el héroe militar de la revolución, el general Álvaro Obregón, el Ministro de Guerra Plutarco Elías Calles, y el propio Gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta. Además, este grupo ya había esbozado su plan para perpetuarse en el poder, ocupándolo alternativamente por ellos mismos o por personas designadas por ellos. Lo que hizo Carranza involuntariamente con su pretendida imposición, fue darles el pretexto para quitarlo de en medio y consolidar su plan. El 23 de abril de 1920, el grupo Sonora lanza el plan de Agua Prieta, que desconoce al presidente Carranza y nombra al C. Adolfo de la Huerta, jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista. El presidente Carranza, ante esta circunstancia, consideró que si continuaba en la Ciudad de México estaría en grave riesgo por el avance del ejercito comandado por Adolfo de la Huerta; por lo que decide salir de la capital y dirigirse a Veracruz, sin embargo esto no dio resultado, porque de inmediato fue seguido por el ejército obregonista. En la sierra de Puebla cercaron al Presidente y a las pocas tropas que le quedaban, no le presentaron batalla pero planearon su asesinato. Éste ocurrió en una triste cabaña desvencijada, en el poblado de Tlaxcalantongo, en medio de la noche helada y de una lluvia torrencial, aprovechando la espesura del bosque, cobardemente acribillan la cabaña en donde se había refugiado el Presidente, rodeado de su gente más leal. La operación estuvo a cargo de las tropas al mando del general Herrero, un mercenario que el grupo utilizaría más tarde en otras encomiendas.

Por supuesto, en el asesinato de Carranza como en los asesinatos similares que el sistema sabe perpetrar cuando tiene que eliminar a alguien, “no se sabe” a ciencia cierta quiénes son los autores intelectuales, incluso en esta ocasión se pretendió que había sido un suicidio. Y en cierta forma puede ser que lo haya sido, pero de la misma manera que no se le puede llamar suicidio al asesinato de Salvador Allende perpetrado por Pinochet en Chile, tampoco a la muerte de Carranza en la sierra de Puebla. Aquí se inaugura el asesinato en la política como medida drástica pero sistemática, tanto para deshacerse de los oponentes o enemigos, como para mandar un claro mensaje a los demás (“cabestrean o se ahorcan”). La etapa del grupo Sonora en la historia contemporánea de México significa, en cierta forma, la etapa de transición del final del movimiento armado al inicio de la etapa de la consolidación de las instituciones, a la luz y bajo la consolidación del llamado sistema político mexicano, que partiendo de las enseñanzas del Porfiriato y asimilando y continuando con todos sus vicios; manejaron en el discurso lo que el pueblo quería oír, pero hacían lo que al grupo le convenía. Para controlar las acciones, consolidaron la hegemonía política y se mantuvieron en el poder a toda costa, principalmente para el beneficio político y material de ellos mismos.

Muerto Carranza, Adolfo de la Huerta, de acuerdo al Plan de Agua Prieta, asume la Presidencia de la República en forma interina, y prepara el terreno que habría de propiciar el advenimiento de Álvaro Obregón a la Presidencia por un período constitucional de 4 años. A de la Huerta se le hizo la promesa de que volvería a la Presidencia, ahora en un nuevo período de 4 años. Posteriormente le tocaría a Calles ocupar el cargo de Presidente de México. Fácil, como un juego de niños se repartían el País: “ahora te toca a ti y después a mí, ¿he?” Ciertamente no era un juego de niños, ni siquiera un juego. Este grupo integrado por gente sencilla, sin mucha preparación académica, pero con grandes habilidades y mucha astucia, que habían surgido al escenario político en forma modesta a partir de la Revolución de 1910 y con más importancia a partir de la revuelta orozquista y del levantamiento en contra de Victoriano Huerta; resultó ser un grupo verdaderamente maquiavélico y visionario, (con el perdón de mi admirado Niccolo). A partir de varios triunfos que lo hicieron destacar y llegar por supuesto a ocupar posiciones estratégicas del nuevo gobierno, el grupo guiado por su jefe Álvaro Obregón supo hacerse respetar y urdir hábilmente un plan a largo plazo, allegándose y utilizando a destacados intelectuales, primero para posicionarse y luego para llevar a cabo la transformación por la que se había luchado. Demostró en cada una de sus acciones que no “se andaban por las ramas” para conseguir lo que querían, incluso la “depuración” entre ellos mismos.

Adolfo de la Huerta, aunque brevemente, desempeña un gobierno de verdadera transición. Logra conciliar a los diferentes grupos y facciones, y momentáneamente los pacifica, prepara el camino para el advenimiento de Obregón. Además, otorga una amnistía a Francisco Villa que había tomado Sabinas Coahuila para presionar a su gobierno y lograr un armisticio. Villa depone las armas y en premio le otorgan la hacienda de Canutillo, cerca de Parral Chihuahua, y suficientes recursos para que se retire “en santa paz”. En materia cultural y educativa logra avances significativos, convoca a elecciones, las cuales gana su compañero, jefe del grupo y amigo. El 1 de diciembre de 1920 toma posesión Álvaro Obregón como Presidente de la República. Con el grupo Sonora y precisamente con el Gobierno de Obregón, se inicia la consolidación de un grupo y un sistema político que ya no dejaría el poder, y que prevalece hasta nuestros días (solo que ya no en forma unipartidista). La personalidad de Obregón es la de un verdadero caudillo, un hombre sumamente inteligente y carismático, con una memoria privilegiada; era un tipo simpático, con sentido del humor y un aura de semidiós por sus “ocho mil kilómetros en campaña”. Con cinismo (con el perdón de Diógenes) y tomándolo a broma reconocía que le gustaban los centenarios4, sobre todo los ajenos, y creía que en el medio político no había quien pudiera resistir un “cañonazo de cincuenta mil” (mil centenarios).

Obregón inicia su mandato con una dualidad que, para bien y para mal, marcaría el inicio del sistema que prevalecería durante el tiempo. Por un lado encarga la cartera de la nueva Secretaría de Educación Pública a José Vasconcelos, quien impulsa la educación de manera notable y promueve un desarrollo artístico y cultural excepcional. Se preocupa por consolidar la identidad nacional y dar participación y promoción a una pléyade de valores de excepción. Impulsa el florecimiento de las artes, principalmente en el muralismo con figuras como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Sequeiros y el humanismo en todas sus expresiones. Por otro lado, está la cara opuesta de la moneda; el manejo del poder a manera de un caudillo que no paraba en miramientos ante nada ni ante nadie para lograr sus fines. En estas condiciones, asocia a su grupo al sindicalista Luís N. Morones, líder de la Confederación Regional Obrera Mexicana, CROM, fundada por Carranza y antecesora de la CTM que crearía Cárdenas en 1936. A partir de aquí, la CROM será muy útil al gobierno como uno de tantos instrumentos que ha utilizado el sistema para controlar y mediatizar al movimiento obrero. Lo ha hecho a través de líderes corruptos que han propiciado que el sector de los trabajadores en México sea uno de los más desfavorecidos, traicionando así uno de los principales postulados revolucionarios.

4 Monedas de oro con valor de 50 pesos oro nacional, emitidas por Porfirio Díaz para conmemorar el centenario de la guerra de independencia

Otra de las grandes preocupaciones de Obregón y que también es una constante del actual sistema, aunque de diferente manera; fue el reconocimiento de su régimen por parte de los Estados Unidos. Por lo que se entablaron pláticas con funcionarios del gobierno de los EU., Promovidas por Alberto J. Pani, Secretario de Relaciones Exteriores, en un edificio por las calles de Bucareli, dando así nombre a los tratados que de allí surgieron. Que en términos generales se circunscribieron oficialmente a la formación de dos convenciones; la primera para los reclamos de los ciudadanos norteamericanos por daños sufridos durante las guerras de revolución de 1910 a 1920. La segunda convención por las mismas causas pero de 1868 a la fecha, excluyendo las anteriores, y un acuerdo extra oficial (de los llamados por debajo de la mesa) que se centraba en que los gobiernos “revolucionarios” se comprometían a mantener como letra muerta el artículo 27 constitucional. Todo esto se acordó el 13 de agosto de 1923, logrando el reconocimiento de los EUA, 18 días más tarde.

Anticipándose a las mafias de Chicago, Obregón manda fusilar al último jefe carrancista siempre fiel a don Venustiano, el general Francisco Murguía. También, ese mismo año asesinan en Parral, Chihuahua, a Francisco Villa. Y cuando deciden que el siguiente en la Presidencia será Calles, Adolfo de la Huerta se levanta en armas en Veracruz. Derrotado el ex presidente de la Huerta emigra a los EU. Calles naturalmente es electo y toma posesión como Presidente de México el 1 de diciembre de 1924.

Calles asume la Presidencia como un potencial estadista y, contra todos los pronósticos no se convierte en alguien que puedan manejar a su antojo los Estados Unidos y los intereses estadounidenses. Es más, no respeta del todo la parte oculta de los Tratados de Bucareli y reglamenta las concesiones petroleras, al punto que el gobierno mexicano es calificado por los capitalistas conservadores estadounidenses, como bolchevique, sin saber que Calles tenía una cierta aversión al comunismo. Inicia la reconstrucción del país dando un gran impulso a la infraestructura carretera. En materia económica tiene la gran ayuda de Manuel Gómez Morín, con quien funda en agosto de 1925 el Banco de México, una de las instituciones que ha prevalecido con mayor seriedad e independencia hasta nuestros días (siempre que las circunstancias lo han permitido). El gobierno de Calles se caracterizó por el fortalecimiento de las instituciones post-revolucionarias, fue un gobierno inteligente.

Contrastan los inicios de un gobierno inteligente del Presidente Calles con los arrebatos autoritarios del mismo Calles por la cuestión religiosa. Por declaraciones a la prensa por parte de miembros del clero que criticaban a su gobierno y llegaban a exigir nuevas leyes en materia religiosa y de educación, en 1926 Calles, azuzado servilmente por Morones el de la CROM, llegó a una situación ridícula, con los auspicios oficiales para la creación de una Iglesia Apostólica Mexicana, una iglesia “nacionalista” independiente de Roma. A pesar de que la revolución y la Constitución de 1917 habían consagrado el Estado laico. Paradójicamente, por ignorancia y oportunismo, un gobierno emanado de la “revolución”, aparecía ahora tratando de establecer una Iglesia oficial. Tal era el grado de la costumbre al paradigma del Estado confesional. Pero tal vez también porque sabían que la Iglesia y la religión, siempre han sido un fuerte instrumento político para la manipulación de las conciencias. (De otra forma no se podría explicar tan aberrante medida).

Por declaraciones controversiales y acusaciones cruzadas en la prensa por parte del clero y del gobierno, el Presidente reacciona con el estómago y no con la cabeza. Ordena a todos los gobernadores aplicar rigurosamente el artículo 130 constitucional cerrando escuelas y culto religioso, por medio de una intolerancia religiosa a ultranza. Por ambas partes se calientan los ánimos y se estimulan irresponsablemente posiciones radicales y fanáticas. Se inicia una vez más la lucha armada, (la Guerra de los Cristeros) pero ahora por causas religiosas; fue un enfrentamiento cruento, irracional, cargado de fanatismo religioso y actitudes jacobinas intolerantes y revanchistas. Al igual que todas las confrontaciones violentas, la Guerra Cristera ocasionó un sinnúmero de muertes y miles de víctimas inocentes. El enfrentamiento no terminaría sino hasta 1929 con una gran cantidad de bajas por ambos bandos (no encontré datos históricos fidedignos), gracias a la conciliación prudente del gobierno interino del Presidente Emilio Portes Gil.

Lo que resulta paradójico y absolutamente incomprensible; es que después de haber cometido un imperdonable error por parte de las autoridades eclesiásticas de ese tiempo, actuando totalmente en contra de los principios de la doctrina de Cristo, ahora se quiera tratar como mártires a los que ellos mismos mandaron al matadero imbuyéndoles un espíritu fanático suicida. Y luego se les pretenda canonizar por la misma iglesia.

En 1927, el general Álvaro Obregón, decidió volver a presentarse para la Presidencia de la República, manipulando previamente las reformas constitucionales necesarias en acuerdo con el presidente Calles y haciendo caso omiso del principio de no reelección por él que se había luchado, asesinando además a sus principales oponentes. “Ganó” las elecciones, pero una soleada y tibia tarde de verano, fue asesinado a su vez por José de León Toral el 17 de julio de 1928, mientras comía en un acto público que le era ofrecido en el parque La Bombilla en San Ángel, al sur de la Ciudad de México. Sin habérselo propuesto, de León Toral, fanático religioso, cortó de tajo una nueva etapa del caudillismo mexicano, eliminando a un nuevo dictador en potencia que, paradójicamente, tenía una actitud hacia la Iglesia católica mucho menos radical que la del propio Calles.

Por decisión del general Calles, la presidencia que dejó Obregón, fue sustituida por el político tamaulipeco Emilio Portes Gil, mediante su designación oficial por parte del Congreso, para que en forma interina asumiera el poder Ejecutivo el 1 de diciembre de 1928, período que terminaría el 5 de febrero de 1930. Emilio Portes Gil había sido un excelente abogado y demostrado ser buen político, lo cual puso de manifiesto durante el breve lapso que le tocó presidir la República, actuando conciliadoramente, respetando el papel que había asumido Calles como “Jefe Máximo de la Revolución”, pero sin descuidar su responsabilidad administrativa. Por su parte, Calles había aprendido bien la lección del legado del Porfiriato y él también ordenaba que “mataran en caliente” a todo aquel que se le opusiera o que pudiera representar un obstáculo; ejemplos sobran: ahí están los asesinatos de Serrano y del general Gómez, previos a la elección de Obregón. Incluso se especuló que el mismo asesinato de Obregón pudiera haber tenido la misma factura. Este solo hecho y la forma de ejercer el poder; lo alejan para siempre de la posibilidad de haber sido uno de los estadistas que tanto necesitaba el país y lo ubican como monarca absoluto, cliché que han querido repetir muchos de sus sucesores, que ante la imposibilidad constitucional de seguir en la Presidencia, al final transformaron el sistema en una virtual dictadura de partido.

Por la experiencia última de Obregón, Calles se convenció de que no era viable ni aceptable que procediendo como Porfirio Díaz, mediante series de reformas constitucionales ad hoc, pudiera perpetuarse en el poder como él lo hubiera querido. Muerto Obregón, se niega a dejar el poder; pero para guardar las apariencias, se hace designar “Jefe Máximo de la Revolución”, para de esta manera seguir controlando el poder, que sólo en la forma ejercerían los tres subsecuentes “presidentes”, convirtiéndose en el gran elector y por ese medio seguiría controlando el gobierno de la República en sus tres poderes.

Después de todas las previsiones tomadas por el Maximato de Calles para estabilizar la gobernabilidad, éste preparó hábilmente el camino para la solución de uno de los grandes problemas pendientes, tal vez el más grande de todos: el de las antiguas y nuevas facciones de grupos armados en toda la República, que amenazaban con encender, otra vez, la lucha cruenta generalizada en busca del poder por el poder mismo. Surge así una medida política para lograr consolidar el poder en el grupo llamado revolucionario, y darle a cada facción o grupo de poder parte de éste, o la ilusión de tener acceso al poder político pero sí al beneficio material que este conlleva y en esta forma lograr que la actuación política del grupo fuera a través de un partido político que los uniera e identificara a todos. Esta nueva organización tendría el objeto de consolidar la hegemonía política, para ser utilizada como pieza clave de un nuevo sistema político que tendría como misión salvaguardar y conservar el poder a toda costa. Así, en 1928, es concebido por Plutarco Elías Calles el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que surge a la vida nacional en marzo de 1929, durante la administración de Emilio Portes Gil, como el primer antecesor del PRI.

El PNR se estrena con las elecciones presidenciales de finales de 1929, en donde se enfrentaba el ingeniero Pascual Ortiz Rubio, candidato de Calles y del PNR, buen político michoacano, a José Vasconcelos, el ex Secretario de educación de Obregón, quien como hemos visto, había hecho una magnífica labor en bien de la educación y la cultura y por supuesto era el candidato de los intelectuales a través del Partido Nacional Anti reeleccionista. Por supuesto, el Jefe Máximo aunque reconocía su capacidad, no iba a permitir nunca que un candidato opositor le ganase al partido de la revolución recién inaugurado. Y después de una elección de resultados no muy claros y muy discutidos, “ganó” el candidato del PNR. De ahí en adelante, sería la misma historia en casi todas las elecciones presidenciales durante los próximos 70 años. Se iniciaba así una maquinaria política “invencible” que se decía democrática sin serlo y que se adueñó del poder político y del país, aliándose al poder económico de muchos empresarios que veían en él el mejor instrumento de progreso económico y de “paz social”, en pocas palabras: la mejor garantía para el éxito de sus negocios. Y subyacentemente, aliado también al otro poder; el del alto clero de la iglesia católica, (ya que no pudieron crear la propia), de la cual nunca se han desligado y siempre han pactado tras bambalinas.

Los verdaderos orígenes del sistema político mexicano que seguimos sufriendo los mexicanos debemos ubicarlos en el Porfiriato, ya que el sistema político unipartidista que le siguió fue una autentica continuación, caracterizado por el autoritarismo del partido único. Lo que significa de hecho, una verdadera traición a la revolución que nunca fue y que tantas vidas y sufrimiento costó al pueblo de México en su lucha armada. La mejor prueba de lo anterior es que la gran mayoría de los vicios e injusticias que se dieron durante el Porfiriato y que fueron la causa del movimiento armado; siguieron prevaleciendo, agravados con males peores; como la liga del sistema político unipartidista con la delincuencia organizada.

De hecho y el mismo sistema político en muchos de sus grupos, se ha organizado también de la misma forma que la delincuencia organizada y con igual propósito; para explotar cotidianamente y por múltiples formas al pueblo de México a través de miles de concesiones, la mayoría otorgadas mediante la corrupción, pero todas para explotar cotidianamente al pueblo de México. Otro ejemplo son los trabajadores entregados al esclavismo sindical mediante la clausula de exclusión en contubernio entre el sindicalismo corrupto y los empresarios que lo utilizan, para señalar solo algunos entre múltiples ejemplos, que han tenido como resultado la migración de casi medio millón mexicanos que cada año arriesgan su vida buscando en los EU., lo que aquí no pueden encontrar: mejores condiciones de vida y un futuro digno para sus familias.

Increíblemente y a pesar de las primeras elecciones presidenciales ganadas por “la oposición” en el 2000, este mismo sistema político perdura hasta nuestros días con todos sus vicios ahora magnificados, porque la oposición que por decisión democrática del pueblo de México tomó el poder; ha traicionado a su pueblo dejando intacto el mismo sistema político , y a sus peores exponentes, aliándose con los más viles, lo que ha sido origen y causa de todos los males y el atraso que sufre nuestro país, sumido actualmente en la injusticia, la inseguridad, la corrupción y la impunidad. Una situación peor a la que privaba antes de la revolución de 1910, ahora agravada constantemente por la falta casi absoluta de autoridad, nulificando al Estado de derecho, que de cualquier manera es inexistente por el cumulo de legislación viciada hecha por el sistema, a la medida de intereses particulares ilegítimos.

Los nuevos gobernantes, tanto el nuevo Presidente, electo en el 2000, que aportó para la antología política a “La Pareja Presidencial”, así como el actual presidente, de una manera inexplicable, que lo menos que denota es ingenuidad, trataron de congraciarse con el sistema y se aliaron con figuras de muy negro historial pensando que serian guiados por ellos en los laberintos de la política nacional y los habilitarían en las “artes” electorales para ganar elecciones “democráticamente”; curiosamente sin importarles mucho los procedimientos éticos que su partido en un principio defendió, ni el costo político y económico; sin darse cuenta que en realidad los estaban, lógicamente, utilizando. Faltando así a su único compromiso que es con la Nación y con nadie más. Aquí se repitió otra vez, aunque en diferentes circunstancias y consecuencias, la misma historia, el mismo error que Madero cometió en 1910.

Por lo tanto también en este caso como en el de la independencia de México no hay mucha razón para celebrar.

¿Qué celebraríamos? ¿el tiempo perdido?

A 19 de noviembre de 2011

 

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6 pensamientos en “Revolución mexicana

  1. Mi estimado Antonio:
    Este ensayo histórico y político, es de los mejores que he leído sobre la vida nacional de estos últimos 100 años.
    Hay algo de parcialidad en mi apreciación sobre el tema, y se debe a que comparto plenamente tus juicios.
    Espero que tengas la oportunidad de analizar el momento actual, y la debacle moral que lo acompaña.
    Triste es la historia de la patria, tachonada de traiciones, ambición e ignorancia.
    Esta vorágine de corrupción que presenciamos, no distingue género, colores, partidos o religiones. Como dice el tango “cambalache”: siglo XX, que osadía, ahora resulta que es lo mismo, el que trabaja y es honesto. Que el que roba, el que mata y está fuera de la ley.

    Felicitaciones.
    Raúl Cadena

    • Muchas gracias Raúl, me da gusto que compartamos nuestros puntos de vista, con relación al momento actual lo tengo actualizado aunque de manera muy breve en la 2a Edición de “México y su Realidad”. La puedes bajar de mi pagina Web, esta en dos formatos: el formato PDF o el formato e PUB. (yo recomiendo este ultimo formato sobre todo si tienes iPad o tableta). Como tu sabes mi pagina es: http://www.planeacionestrategica.net sólo le das click y entras.

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      Recibe un cordial saludo.

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