CAPITALISMO Y SOCIALISMO

Estas tendencias ideológicas existen desde el origen de la humanidad y han evolucionado a través del tiempo; conocidas como izquierda y derecha, el nombre probablemente tiene su origen en la ubicación de las partes antagónicas en la Assemblée Nationale durante la revolución francesa. Por una parte, en el ala izquierda estaban los diputados del tercer Estado: el pueblo, liderados los moderados por Mirabeau e integrados aquí mismo los radicales jacobinos de Maximilien Robespierre y, por la otra, en el ala derecha estaban los del primer Estado: el clero; y los del segundo Estado: la nobleza. La burguesía, astutamente no se ubicaba en un sitio determinado.

Existen algunos conceptos que desde entonces se identifican con estas tendencias, como el «progresismo» entendido como la disposición y voluntad de cambio, identificado con la izquierda, con el socialismo; en contraparte están «los conservadores» identificados con la derecha, con el capitalismo, entendidos estos como los beneficiarios del statu quo y, por lo tanto, con la tendencia a conservarlo. El concepto de «Estado confesional», esto es, la liga indisoluble de la iglesia y el Estado, con una religión oficial y exclusiva, surgió a partir de finales del Imperio romano y se identifica con la derecha; en contrapartida está el concepto de «Estado Laico» por el que lucharon los liberales y tiende a preservar la libertad de pensamiento ideológico y religioso, surgió de las ideas que empezaron a manifestarse a partir del renacimiento y se consolidan con el surgimiento de los EU y la revolución francesa.

En la actualidad, en el siglo XXI, la fase del comunismo soviético ha sido superada y «el socialismo evolucionado» está por el Estado laico que utiliza el poder del Estado en beneficio directo de la sociedad. En cambio, el «capitalismo» pugna por mantener al margen al poder del Estado de la actividad económica de los particulares y pretende que esta sea regida solo por las libres fuerzas del mercado, concepto obsoleto que había sido plenamente aceptado por la derecha en calidad de dogma; sin embargo, ahora también el capitalismo actualizado tiende a aceptar la necesaria intervención del Estado en la normativa para evitar las prácticas monopólicas u oligopólicas; sin embargo y dentro de su evolución, el capitalismo ha degenerado en el neoliberalismo con gran desprecio de las personas a las, que considera como consumidores explotables, y del medio ambiente natural, al que sacrifica por el «desarrollo». Esto ha tenido como resultante el enorme deterioro ambiental y la gran desigualdad social.

Para el capitalismo, como razón filosófica, el capital es el remedio para todos los males; se piensa que fortaleciendo al capital mediante la creación de riqueza, sin importar quién la posea, se logra el bienestar de la sociedad en su conjunto. Esto podría ser cierto solamente para quienes poseen y disponen del capital, pero no para la mayoría de la sociedad. En los sistemas capitalistas tradicionales la mayoría suele ser sujeto de una explotación continua e indiscriminada, en donde los monopolios imponen su propia ley, además que la inmensa mayoría de la población no tiene acceso al capital en forma suficiente y a un precio justo. Y, de acuerdo a la filosofía del neoliberalismo en este tema, las personas y su remuneración económica solo cuenta como factor de oferta y demanda, sin importar el aspecto social.

En los sistemas capitalistas, nacidos del liberalismo clásico y ahora actualizados con este neoliberalismo, se dice que la acción del Estado a través de su gobierno debe ser solo la de un facilitador de los negocios económicos (laisser faire, laisser passer), otorgándoles plena libertad. Y que, en teoría, solo en teoría, el único controlador de la economía debe ser el mercado por medio de la libre competencia. En el capitalismo, la propiedad de los medios de producción «deben ser de los dueños del capital y nunca del Estado», porque aseguran que es incompatible la función pública con la actividad para realizar los negocios en la forma en que lo hace la empresa privada. Y no dejan de tener razón porque solo conocen la rentabilidad económica y no tienen la menor idea que también existe la rentabilidad social.

Para el socialismo, en teoría, la sociedad es el objeto del Estado quien se propone lograr su bienestar en su conjunto. En la práctica, en algunos casos se ha demostrado que la carga de la estructura burocrática socialista y su operatividad no solo no beneficia a la sociedad en su conjunto, sino que es una carga demasiado pesada, en donde los únicos privilegiados suelen ser la clase gobernante, quien, en forma clientelar, explota arbitrariamente a la mayoría para beneficio de la élite gobernante. El socialismo está por la economía en forma centralizada que funciona a través de las empresas del Estado; por lo tanto, la propiedad de los medios de producción «deberá ser preferentemente estatal» y la empresa una empresa pública que busque el bienestar de la sociedad, más que la rentabilidad económica. Sin embargo, con una economía globalizada como la actual esta teoría se vuelve obsoleta, ya que la comercialización se ha convertido en competencia mundial en función de un mercado global totalmente abierto en donde cada país equivocadamente lucha

todavía por incrementar su (PIB) a como dé lugar. Por lo tanto, ambos sistemas en su evolución se han tenido que adecuar a la realidad y hacer compatibles sus principios, quitando todo el aspecto dogmático y adecuando la teoría para poder operar en una economía de mercado globalizada y un mundo que ya no es tan fácil de engañar. Lo cual no deja de resultar paradójico y providencial, porque ninguno de los dos sistemas por sí solo, y menos en su forma ortodoxa, podría en pleno siglo XXI tener éxito y ser solución para ningún país.

La forma extrema de ambas tendencias es caracterizada por un factor negativo común que identifica a las dos: el fascismo. Surgido con Benito Mussolini y Adolfo Hitler, previo a la segunda guerra mundial; caracterizado por la discriminación racial, el desprecio total de la vida humana, de la dignidad de la persona y del humanismo; por la sumisión total de la voluntad y la razón a los designios del Estado totalitario. Estas formas extremas también se caracterizan por el chovinismo, por el dogmatismo político, por el nacionalismo y el autoritarismo en sus formas de gobierno. Las formas extremas de las dos tendencias ideológicas se identifican con los movimientos terroristas y no son muy diferentes del fundamentalismo religioso. Por otra parte, el problema con el capitalismo es la oligarquía a la que siempre ha servido y el problema con el socialismo es la burocracia, y además la misma oligarquía que no deja de existir también en su ámbito y a la cual engrosa la alta burocracia (la élite del poder). Tanto en el caso de la aristocracia como en el de la burocracia, cuando no existen los caminos legales para la protección de la sociedad (un verdadero Estado de derecho), estos se convierten en parásitos insaciables.

La «ideología política partidista», sin dejar de reconocer su diversidad, se podría decir que se divide en estas dos grandes corrientes, llamadas aquí también: «la izquierda» y «la derecha». En términos generales la sociedad no se identifica con ninguna de las dos, en primer lugar porque no tiene claro qué significa cada una y, por otro lado, porque cuando más o menos se logra entender qué es lo que comprende cada una de las dos, la ideología de una misma persona puede estar de acuerdo o en contra de algo en cada una de ellas, sin necesariamente estar en contra o a favor con ninguna en particular. En realidad, estas dos grandes tendencias en el mundo en la actualidad han evolucionado y se han vuelto mucho más complejas, con inclinaciones orientadas, la derecha hacia la izquierda y viceversa. Para esto ambas tendencias tratan de quitarse dogmatismos, radicalismos y posturas extremas, hasta casi llegar a coincidir en algunos aspectos.

Sin embargo, en América persisten todavía algunos radicalismos en las dos tendencias. El problema en toda América Latina es que en ambas tendencias se puede caer en radicalismos extremos: los «ultras» que agravan las cosas y a nadie benefician. Se ahonda la brecha de la desigualdad social y surgen actitudes demenciales, características de estos extremos, que no conducen a nada positivo sino a la violencia. Ambos extremos son anarquistas en el peor sentido del concepto; en la izquierda extrema podrían surgir los émulos de Maximilien Robespierre (en su etapa final) o de Stalin, en la derecha radical surgirían los conservadores redivivos, el Ku Klux Klan, los neofascistas o supremacistas blancos con ejércitos paramilitares para evitar cualquier cambio. Y en muchos países la derecha podría incluir su deseo por la vuelta al Estado confesional. Ambos extremos provocarían el reinado del terror y el regreso a épocas ya superadas.

Por otro lado, en ambas tendencias existen quienes exaltan sus ideologías como banderas de lucha irreconciliable con sus oponentes, no tanto porque crean fervorosamente en ellas o que así sea la realidad, sino porque la experiencia en la mercadotecnia electoral les ha enseñado que de esta manera adquieren mayor clientela, se fortalecen y benefician «política» y económicamente (en forma personal, artificial y poco digna). Se podría decir que, en teoría, ambas ideologías evolucionadas son positivas; siempre y cuando las dos, por caminos distintos, busquen lo mismo: el bienestar de la sociedad, o cuando menos eso es lo que debe estar implícito en sus propósitos. En ambas tendencias (no en los extremos) han existido auténticos líderes, pensadores convencidos de su ideología, gente de bien.

Esperamos que la inteligencia, la razón y el buen juicio prevalezcan en ambas tendencias y unan esfuerzos para el bien de la sociedad en su conjunto. Esto no se dará por arte de magia, sino mediante un gran esfuerzo nacional de conciliación y reconocimiento de la realidad plural de la sociedad, anteponiendo el interés común sobre el particular; para que entre todos se puedan establecer las precondiciones que lo propicien, como la renovación en la base constitucional de la sociedad para crear y hacer funcionar el verdadero Estado de derecho. Pero ante todo ejerciendo a plenitud el poder que la sociedad democráticamente les confiera, para hacer realidad ese Estado de derecho al que siempre se ha aspirado. En pleno siglo XXI existen pruebas, ejemplos en el mundo, tales como Australia (capitalismo) y Finlandia (socialismo) en los que ambas tendencias evolucionadas han tenido el propósito de beneficiar a su población y lo han logrado con éxito.

Tomado del libro «Ideas y Conceptos Para vivir mejor» de «Antonio Fuentes Flores»

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.